Señores Obispos

Ni entendí, ni jamas me llamó la atención, la por algunos colegas tan codiciada expresión clerical bíblica de que “qui episcopatum desiderat, bonum opus desiderat”. El episcopado no fue jamás para un servidor tentación que apareciera en los horizontes profesionales o pastorales de ninguna clase. Completar mi actividad sacerdotal con el añadido de periodista, en tiempos y ocasiones tan apasionantes como los que contribuyen a conformar tan decisivamente los medios de comunicación social, me sugestionaron de tal forma, que cualquier otra meta la di por desechada, lo mismo cívica que religiosamente. Subrayo la decencia y honestidad de mi confesión, en evitación de que piensen algunos que la perseverancia en el tratamiento de temas episcopales pueda encubrir indeterminadas y ociosas frustraciones.

. Y es que el momento episcopal que vive la Iglesia en España es, para muchos, ciertamente desolador. Con no lejanas referencias a los tiempos del Nacional Catolicismo, por otra parte, con tantas razones para su denostación también en estas esferas eclesiásticas, los obispos que rigieron las diócesis, aún con los “derechos de presentación” político- religiosos establecidos por el Concordato, dieron la frecuente impresión de estar dotados de estatutos de libertad más amplios y operativos que los actuales, para ejercer su actividad pastoral y profética. Pudo haber sucedido que la preparación intelectual y humana de los mismos, al margen de cualquier otro tipo de ponderaciones, incluidas las políticas, prevalecieron sobre las posibles limitaciones, y su voz evangélica y comportamientos pastorales, los hicieron ser críticas y relevantes y, a la, vez noticias.

. Hoy, y en tiempos democráticos ya, es raro que los obispos en España sean noticias, y más y expresamente, por la originalidad, decisión, atrevimiento u oportunidad, de cualquiera de sus actividades o iniciativas pastorales o sociales. Tanto a nivel nacional, como autonómico o local, los obispos aparecen con sus capisayos en los noticiarios, nada más que en sus entradas solemnes, traslados o defunciones y participando, o presidiendo, algún acto cívico- social- religioso, sin descartar su presencia ulterior en los “colorines” en bodas, bautizos o entierros.

. Por lo que se refiere a los nombramientos episcopales es perentoriamente exigible revisar los procedimientos que se aplican en la actualidad, a la vista de los resultados, con expresa mención a las alusiones inanes al Espíritu Santo, ante el temor de que se incurran en irreverencias, graves a veces. No es impiadoso ni sacrílego, tener que reconocer que en los nombramientos o traslados de los obispos, así como en la concesión de grados o títulos, como los revestidos de la “sagrada púrpura cardenalicia”, las politiquerías para su consecución recorran pasos y gestiones parejos a los propios de otros cargos, “dignidades”, “beneficios” u oficios en las áreas civiles o “profanas”. Las prácticas o procedimientos son parejos, a excepción de que en la terminología al uso se hacen a veces leves referencias a la “voluntad de Dios” expresada por el “Santo Padre el Papa”, quien por cierto jamás conoció, ni oyó hablar siquiera, del prelado en cuestión.

. En los nombramientos de los obispos actuales en España, su “línea pastoral” ha de coincidir con exactitud con la cercana a la del Nuncio de SS. y colaboradores más próximos, -léase Opus-, con el visto bueno o inspiración, y a veces limpia y plana propuesta, de algún “eminentísimo” miembro cardenalicio de la Conferencia Episcopal Española. Haber ejercido larga y comprometidamente de informador activo en tareas religiosas le aporta verosimilitud a estas afirmaciones, por otro lado ni clandestinas ni reservadas, sino al alcance del observador.

. La Iglesia en España necesita obispos, nada más y nada menos, que “normales”, es decir, que antes ejercieran su sacerdocio en contacto directo con el pueblo y sus realidades temporales. Los decididos, valientes, intrépidos, emprendedores, osados, servidores del pueblo, en contacto con Dios y con el prójimo, lo más exentos posibles de derechos, signos externos y atuendos episcopales, adultos “hechos y derechos”, y no patológicamente jerárquicos ni jerarquizados, libres –con la libertad de los hijos de Dios- , desclasados… son –debieran ser- los únicos candidatos a obispos hoy en España. Mientras esto no ocurra, el grado de funcionariado ascenderá en la Iglesia con pretensiones flamantes. No es lícito pasar por alto que la fatuidad también es pecado episcopal de frecuente confesión.

. Es de lamentar que en el episcopado español actual no se registre un solo miembro que sea conocido en la Iglesia universal por sus aportaciones bíblicas o teológicas, por su excepcional testimonio de vida, por sus obras sociales, y ni porque el día de mañana pueda incoarse su causa de beatificación o canonización. En otros colectivos –profesional, cívico, político o social- hay personas con mayor relevancia.
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