El Sermón de los Homosexsuales

Cristianos y no cristianos, españoles y extranjeros, estuvieron, están y estarán mayoritariamente en desacuerdo con las palabras pronuncias por el obispo de Alcalá de Henares en relación con la homosexualidad. Su descalificación y condena “en el nombre de Dios”, en el marco de las celebraciones de la Semana Santa, y en un medio de comunicación social público como TVE. financiado por los contribuyentes, le añade al hecho singular relevancia. Esto no obstante, y comprobado que algunos de los comentarios fueron exculpatorios para el obispo complutense, creo necesario poner
el acento en las reflexiones siguientes.

. Las referidas palabras episcopales ni estuvieron ni están en contradicción con el pensamiento moral de la Iglesia. Tal es, y no otra, su doctrina oficial. A su luz, los que son y serían dignos de recusación, censura y reprobación por la Iglesia, no habrían de ser otros que quienes en cartas pastorales, encíclicas, declaraciones, homilías, sermones, conferencias, ejercicios espirituales, catequesis y demás prédicas, silencian esta doctrina, o la contradicen de alguna manera.

. En este caso, y en otros, sobre todo de carácter teológico- moral, la catequesis oficial de la Iglesia clama a voz en grito por una revisión, en fiel consonancia con los tiempos actuales, pensamiento, comportamientos generalizados, descubrimientos médicos, psicológicos y biológicos y tantos otros avances de las ciencias antropológicas y de la sociología, literalmente en abierta incompatibilidad con las enseñanzas de la Iglesia oficial. Al menos en teoría, tal situación y estado “religiosos” comportarían el reconocimiento de que la totalidad de los cristianos vivieran sistemáticamente en pecado grave, con la convicción de que ni en esta vida ni en la otra la felicidad habría de ser su asignación y destino. La convicción del contenido de la frase del Dante “abandonad toda esperanza”, es y será herencia y patrimonio personal y de los suyos, lo que constituiría una afrenta a la divinidad y al sentido común.

. Ya está bien. Sobran argumentos divinos y humanos para justificar una revisión en profundidad de las enseñanzas y preceptos “oficiales” en la Iglesia fundada por Cristo Jesús, esencialmente al servicio de nuestra salvación y felicidad en esta vida y en la otra. El fracaso de la humanidad en esta tarea habría de compartirlo el mismo Jesús, Salvador, en virtud de su propio nombre y de los sobrenombres con los que lo invoca su propia Iglesia.

. Una vez más, procederes y conductas se pretenden vivir al dictado de falsedades y fingimientos inspirados por hipocresías farisaicas, que con bíblica frecuencia son perceptibles en el ejercicio de profesiones, situaciones y actitudes que se intitulan “religiosas”. En este orden de cosas, increyentes y ateos se mueven y funcionan por la vida con mayores y más nobles ventajas.

. La revisión-reforma exigida ha de ser seria y profunda. Por supuesto que a la luz de la fe y en conformidad exigente con la voluntad de Dios. Sin mediadores, si estos se sometieron o someten con facilidad, fruición e indulgencias, a intereses propios o ajenos de cualquier signo, aun cuando lo hicieran con buena voluntad y hasta con la seguridad de que así es como cumplirían preceptos divinos, siendo ellos los primeros lacerados y desafortunados.

. La correcta información, y la conciencia limpia, respaldada por la virtud de la prudencia, avalan cualquier decisión y conducta al recorrer estos caminos. Al cristiano-cristiano adulto lo descalifican, y confunden, cuantos consejos recibe, que puedan compartir con los “párvulos a perpetuidad”. La Iglesia necesita de personas adultas y, como tales, estas deben saber, y saben, por ejemplo, qué es eso de la homosexualidad y qué responsabilidad moral, -si tienen alguna-,ante Dios y ante los hombres, es la que les
corresponde a sus poseedores.
. Una buena parte de la reflexión anterior es de aplicación obligada a situaciones y caso como el recientemente delatado de “los niños robados” por monjas. La certidumbre de que madres o adúlteras jamás podrán darles “buena educación y ejemplos cristianos” a sus propios hijos, aún contra la ley, justificaría su entrega-compraventa a matrimonios “de reconocida fe y condición religiosa”.
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