Miret repite más que el pepino. Qué se callen los obispos que ya estoy yo para hablar.

Desde que hace mucho tiempo se produjo su "conversión" que más bien fue una desconversión, Miret representa perfectamente la divisa del que fuera cardenal Ottaviani: Semper idem.
Ha venido diciendo exactamente lo mismo en los últimos cincuenta o sesenta años. Nadie ha dado la imagen del disco rayado como él. Sus artículos en Triunfo tuvieron cierto eco porque entonces eran novedosos y rompedores. Pero cuando la novedad dejó de serlo y ya todo estaba roto, comenzaron a ser pesados. Y cuando ya nadie sigue esa más que obsoleta novedad y a la vista están sus penosos resultados, la insistencia repetitiva resulta insoportable.
En aquellos días en los que tantos clérigos salieron del armario ideológico, Miret era la guinda seglar que daba al cocktail un tinte pintoresco. Porque los laicos fueron los grandes ausentes en el derrumbe de la Iglesia española. Bastantes, que no eran nadie y nadie les conocía, se apresuraron a pasarse a posiciones marxistas con militancia sindical o política que anuló todo lo que de católico podían tener. Y que estaba tan prendido con alfileres que se desmoronó en segundos.
Rovirosa, con mucha más personalidad, llegaba muy tarde. Su vida estaba ya agotada. Alfonso Carlos Comín, también de mucho más peso que Miret, se fue muy joven. Ruíz Giménez, de quien nunca entendí como le pudieron llamar Sor Intrépida porque de intrépido no ha tenido nada, se hundió él solo en el olvido que buscó a conciencia. No supo, no pudo y no quiso. Creo que todavía vive pero nada se sabe de él. Y en agosto cumple noventa y cuatro años. Aranguren, de mucho más fuste que Miret, ya ha desaparecido, en posiciones tan de frontera como las de este químico que se dice teólogo pero habiendo tomado muchas más distancias eclesiales. Marías fue seguramente el caso más contrario al de Miret. Mientras éste se alejaba del núcleo a la periferia, y pienso que la rebasaba ampliamente, el discípulo de Ortega se acercaba cada vez más al núcleo y falleció en una feliz vivencia de la fe católica.
Tuvo Miret Magdalena una efímera y menguada popularidad. Los medios anticatólicos le prestaban tribuna porque con ello socavaban la Iglesia. Pero era una popularidad estéril pues todo el mundo sabía que su mercancía era averiada y que si la propaganda se la hacían los adversarios del catolicismo su crédito era nulo.
Luego estaban esos grupos que se dicen eclesiales aunque todos nos preguntemos el por qué. Ahí no es que tuviera eco pero le utilizaron. Llegó a presidir la Juan XXIII. Hasta que la edad le hizo imposible.
La inmensa mayoría de sus amigos ya han dado cuenta a Dios de sus vidas. Que Él les haya sido misericordioso. Miret está en puertas. Ojalá tenga un momento de lucidez y vuelva a los que fueron ideales católicos de su juventud. Me alegraría por él. Eclesialmente ya no es nadie. No interesa a nadie. Ese libro de artículos lo veremos pronto en la cuesta de Moyano vendido como saldo editorial. Será la constancia de un inmenso fracaso. El catolicismo de hoy no mira a Miret. No sabe quien es Miret. Si hiciéramos una encuesta en la Gran Vía preguntando a los transeúntes quien es el personaje seguro que no uno de cada cien, o de cada mil, tal vez uno de cada diez mil, y creo que exagero, serían capaces de reconocer su persona.
Todos estamos en manos de Dios. Y no sabemos el día ni la hora. Puede ser que yo me anticipe en el tránsito a Enrique Miret. Pero, si así fuere, no iba a ser por mucho. Rezo, y os pido que recéis, por su vuelta. A la feliz y confiada pertenencia a la Iglesia Católica. Tal como es. No a una inventada, inexistente y contraria.