El señor de la fotografía, de aspecto torvo y tosco, aunque estoy seguro que no faltará quien me diga inmediatamente que es el puro retrato de la simpatía, acaba de ser nombrado Asistente jesuítico de Europa Meridional.
Don Joaquín Barrero, a quien supongo le fastidiará le llamen Padre Barrero y además a mí no me da la gana de llamárselo, puede tener un aire con un conserje del Ayuntamiento de Pozuelo o con un conductor de la empresa de transportes que une mi pueblo con Madrid. Personas dignísimas ambas y que seguro que desempeñan ejemplarmente sus funciones.
Pero, ¿qué quieren que les diga? Cuanto más veo su fotografía menos encuentro el más mínimo parecido con la imagen que tenemos de San Ignacio, San Francisco de Borja, San Francisco Javier y todos los demás santos de la Compañía. Es que no los recuerda nada.
Y sin remontarnos al siglo XVI. Ni el menor parecido con el P. Rubio, el Hermano Gárate, el P. Tarín, el P. Arnáiz...
Tampoco con los que yo conocí: Aldama, Guerrero, Caballero, Ceñal...
Incluso el P. Nicolás tiene otro aspecto. También más simpático.
A mí no me tienen que explicar la fisonomía de mis paisanos de los Ancares y sus estribaciones. Pero Don Joaquín la exagera.