Decir adiós

Decir adiós
Sin dudarlo en la vida de cada uno se van quedando grabados acontecimientos de todas clases, unos nos llenan de la alegría, deseamos compartir nuestra felicidad con quienes están cerca y quisiéramos no ver desaparecer nunca del rostro de las personas amadas el brillo de sus ojos y la sonrisa de sus labios.

Sin embargo sabemos y experimentamos bien que en la vida no todo son alegrías, sino que muchos hechos llenan nuestro corazón de tristeza, y nublan nuestros ojos con la pena y el dolor, parece como si el sol se hubiese puesto en nuestra vida. Y aunque el paso del tiempo paliará el dolor, el alma de cada uno queda como herida por esa tristeza difícil de superar.

El momento más intenso de ese dolor nos llega con algún acontecimiento irreversible como es la muerte de una persona querida. Algo en el corazón de los que quedan muere también, y si como creyentes tenemos la esperanza firme del reencuentro en Dios, la fe no alivia el llanto.

Las lágrimas derramadas se tiñen de distinto significado, porque a medida que pasa el tiempo, el dolor de la separación va presentando tintes nuevos, quizás más pausados, pero seguramente más intensos porque aumenta la objetividad ante el vacío que la muerte ha generado.

La vida para los que quedan ya no es igual, ni volverá a serlo, es como si en el tejido de la historia de cada uno se hubiese roto un hilo de la trama que se borda a lo largo de toda la vida. El recuerdo permanece, y poder repensar a la luz del Señor cuanto Él nos envía, ayuda a profundizar nuestra fe y nuestra seguridad en el goce de la Pascua eterna para todos los que esperamos en su manifestación final. Texto: Hna. Carmen Solé.
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