En el evangelio de San Juan hallamos el texto tan conocido del milagro que Jesús realizó de la
multiplicación de los panes, para aliviar a quienes le seguían.
La generosidad de un joven, un muchacho, que no se echa atrás para poner a disposición de Jesús cuanto tenia, hizo posible que la dificultad se convirtiese en una fiesta. Pudieron sentarse todos, pudieron comer todos y de donde parecía que no había comida para nadie,
sobró para muchos.
El evangelio nos enseña que cada uno deberíamos aprender a aportar cuanto el Señor nos ha dado para paliar la necesidad de otros. Quizás mi aportación puede ser muy pequeña, pero nunca sabemos lo que el Señor puede desarrollar a partir de ella. Por otra parte, deberíamos también
saber valorar las aportaciones que cada persona puede hacer en bien de los demás, saber suscitar estas aportaciones es una gracia y puede llegar a ser el inicio de un milagro. Podríamos así todos sentirnos colaboradores de los demás,
podría crecer aun más nuestra solidaridad y nuestra compasión.
Los días de verano, quizás mejor que los de invierno son una
invitación al compartir. Que el Señor nos enseñe a saber poner a disposición de los otros aquello que Él mismo nos ha dado para que podamos también ofrecerlo.
Texto: Hna. Carmen Solé.