Jesús lo miró, él se alejó pesaroso

Jesús que conocía el interior del que se le presentó sabía que estaba apegado a sus riquezas. Era cumplidor de la Ley pero faltaba alma a este cumplimiento. Seguro que lo miró con cariño para ver si su mirada penetrante y amorosa le ayudaba a dar el paso para ser bueno como él definió al Maestro -“Maestro bueno”-, y se desprendía de sus muchas riquezas. Pero la mirada amorosa de Jesús no movió el corazón para decidir al rico, estaba demasiado apegado a su riqueza.
Luego, Jesús, vuelve a mirar; esta vez a sus discípulos, y dijo: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Al oír esto sus auditores se extrañaron y Jesús vuelve a repetir lo mismo: “Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!” Jesús mira para hacer hincapié ante sus seguidores de la dificultad del amor a la riqueza para conseguir la vida eterna. Ellos se espantan. ¿Por qué se espantan? Creo que porque en todos, más o menos, existe el deseo de poseer.
Estar aferrados a la riqueza nos priva de libertad, no somos capaces de ver otra cosa que la riqueza sin saber ver lo que ocurre a nuestro alrededor. Es lo que ocurre en la parábola del pobre Lázaro. El rico no es capaz de darse cuenta de que en la puerta de su casa hay un pobre hombre con hambre y lleno de heridas. Texto: Hna. María Nuria Gaza.