Maletas

En el barrio en el que vivo cuando salgo a la calle siempre tropiezo con gente, turistas en su mayoría, que van arrastrando sus maletas de un lugar para otro. Casi todos caminan contentos con su equipaje a cuestas, aunque es fácil darse cuenta de cómo cuesta arrastrarlas, vienen a pasar unos días en la ciudad y posiblemente han planeado desde hace tiempo sus vacaciones.
Las maletas siempre me llevan a pensar muchas cosas, hay muchas clases de maletas, distintas, no solo por su calidad, su tamaño y su colorido, sino por su contenido y significado.
Las que veo cerca de mi casa en su mayoría las califico como maletas “alegres”, han sido preparadas con ilusión, con expectativas de diversión y de descanso, en ellas imagino que cada uno lleva aquello que utilizará durante los días vividos fuera de su lugar habitual, hay quien durante estos días de vacaciones toma como otra personalidad, seguramente modifican incluso su modo de vestir diferente del habitual. Estas maletas contienen sólo una parte, seguramente muy reducida, de cuanto se ha quedado en la casa.
Hay maletas “tristes”, las que llevan aquellos para quienes la vida resulta difícil y han de dejar su casa para buscar en otros lugares expectativas de una vida mejor. En estas maletas hay todo cuanto uno tiene, y en las maletas cabe bien poco.
Hay maletas de niños, de jóvenes y de todas las edades, todas bien características, respondiendo a la personalidad de sus dueños.
En la vida cada uno llevamos nuestra maleta, como un lugar que vamos llenando con recuerdos, éxitos o fracasos que tejen la vida, acumulamos así experiencias y tesoros de los cuales a veces no llegamos a comprender todas sus posibilidades. En esas maletas guardamos tesoros quizás antiguos pero que pueden contribuir a la felicidad de todos, si sabemos utilizarlos para el bien. Son como regalos que Dios nos ha dado y que hemos guardado para compartir un día con aquellos que tenemos más cerca. Texto: Hna. Carmen Solé.