“Permaneced en mi amor…”

Era un día esperado, deseado y llegó la hora el pasado 25 de Enero de 2008 para Hna. Conchi y para mí de hacer votos perpetuos como Dominicas de la Presentación. Un día especial que permanecerá en el corazón para siempre. Ahora puedo afirmar, que el día de los votos perpetuos es sin duda, una gracia inolvidable y también difícil de expresar en palabras porque Alguien traspasa tu corazón y te desborda.

Mis primeras palabras cuando inicié la aventura de la vocación a la vida religiosa fueron: “Yo soy un proyecto de Dios”; era como decir, “nada hay hecho, intuyo algo en construcción y algo grande que ha abordado en mi vida, abriendo otra Vida”. Ahora, “Soy un proyecto de Dios perpetuo”.

En la celebración se hizo presente en mí toda mi historia personal, relacional con Dios, desde aquél lejano inicio vocacional, que nunca se hizo tan presente y vivo. Era increíble la velocidad a la que iba mi mente y corazón… ¡cuánto vivido hasta este día de los votos perpetuos!Estaba nerviosa y fue justo antes de iniciar la celebración, que en la sacristía respiré hondo y me puse en las manos del Señor para disfrutar del gran día de los votos perpetuos, como así nos había dicho una hermana ¡disfrutadlo!...y así fue.

Se inició la Eucaristía con la procesión de entrada, en la que con el cirio en la mano, buscando la luz de Cristo, dirigiéndonos al altar, fui entrando en mí para abrirme a la acción del Espíritu Santo e interiormente iba acompañada por las palabras del salmo 42 “…Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría”.

Toda la liturgia preparaba y acompañaba espiritualmente para pronunciar el Sí perpetuo. Hubo momentos fuertes, primero el de la postración, invocando a todos los santos ¡qué fuerte! Ahí, postrada, solo una frase latía en mi corazón: “Permaneced en mi amor…”, puse mi vida ante Él para siempre.

A continuación, pronuncié la fórmula de profesión, mi Sí perpetuo como Dominica de la Presentación, como hija de Marie Poussepin: “Para vivir y morir al servicio de la Iglesia en el ejercicio de la caridad”; y la firma del acta en el altar, en la que quedó sellada para siempre mi vida con Él.

Fue un día de acción de gracias, ahora a desplegar la gracia recibida y seguir caminando con fe en la fidelidad de nuestras vidas y que sea una constante en el día a día de la vida, la alegría por la dicha de saber que “Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo” (Benedicto XVI). Texto: Hna. Ana Isabel Pérez.
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