Prostitución por amor

Cuando ya cogí confianza con el enfermo, me contó que la tal gitana era su mujer. Cuando sus padres supieron que se quería casar con una gitana le dijeron que si esta era su decisión que se olvidara de su familia. Pero él que estaba muy enamorado se casó con ella sin hacer caso de las reflexiones de los suyos.
El muchacho era un buen chico pero con pocas luces, sin oficio ni beneficio, ella repudiada por su clan al casarse con un payo. Se vieron los dos envueltos en una gran necesidad. Él cayó enfermo.
En aquella época en los hospitales se daba buena atención médica pero la alimentación dejaba mucho que desear y sin embargo era muy importante para un enfermo tuberculoso.
La gitana buscó desesperadamente que alguien le diera un trabajo pero su etnia le cerraba las puertas. La única que encontró abierta fue la prostitución. Y ella por el gran amor que tenía a su marido consintió. Con el dinero que le daba este triste oficio podía llevar a su esposo una sobrealimentación. Esto se lo confesó la mujer avergonzada y apenada a la religiosa encargada de la sala. Pues cada tarde antes de terminar la hora de visita le decía a la hermana: “Hermanita tengo que irme”. Hasta que un día la hermana le preguntó: “Pero donde tienes que ir todos los días a esta misma hora”. Ella le confesó: “Hay un Señor que me espera cada día y con el dinero que me da puedo llevar cosas buenas a mi marido. No he podido encontrar otra forma de ganar unas perritas pues vendiendo ajos por calle no juntas mucho. Con esto tengo para pagar la habitación y comer algo pero no da para más y él tiene que alimentarse bien”.
Cuando conocimos el caso acudimos a las Conferencias de San Vicente de Paúl que nos ayudaron y encontramos un trabajo digno para la mujer. ¿Cuántos casos habrá como este? ¿Le tendría en cuenta esta acción el Señor? Texto: Hna. María Nuria Gaza.