Raimundo de Peñafort

De regreso a España se incardinó a la catedral de Barcelona donde se le encuentra como canónigo. Esto hace suponer que era sacerdote. Unos años más tarde ingresó en la Orden de Predicadores en el convento de Sta. Catalina de Barcelona. A pesar de su humildad con el que inicio su nueva forma de vida, no pudo ocultar su fama como prestigioso maestro en teología y derecho.
El papa Gregorio IX lo llamó a Roma encargándole la compilación de Decretales pontificias, trabajo que realizó en sólo cuatro años. Fue una obra maestra de sabiduría y punto de referencia durante muchos años del derecho eclesiástico. Esta obra y otras realizadas le ganaron la confianza de la Orden que lo eligió como segundo sucesor de Sto. Domingo de Guzmán. A los dos años obtuvo la dimisión de su cargo dejando como labor realizada la organización de las constituciones de la Orden.
De regreso a Barcelona se dedicó con ahínco a la conversión de los herejes, fundó dos conventos, uno en Túnez y otro en Murcia, para que se formasen misioneros en el conocimiento del Corán y al aprendizaje del árabe.
Colaboró con Pedro Nolasco y Jaime I en la creación de la Orden de los Mercedarios para la remisión de los cautivos. Fue confesor del papa y del rey Jaime I que durante sus últimos años de vida lo visitó y estuvo presente a sus exequias, ocurridas el año 1275, a la edad de casi cien años, además asistieron a su entierro muchos prelados, nobles de España y todo el clero de Barcelona.
Su sepulcro se encuentra en la catedral de Barcelona. Es patrono de los abogados de derecho canónico y de los abogados de Cataluña. Texto: Hna. María Nuria Gaza.