¿Te apetece ser religiosa?

En el lenguaje actual y en la realidad de nuestras vidas, nos apetecen muchas cosas, hago tal cosa si me apetece o si no pues no lo hago. Es la corriente de dejarse llevar por el apetecer y con ello, nos quedamos tantas veces atrapados en lo inmediato, sin una mirada más allá y ya ni cabida podrá tener una opción que signifique compromiso, que pueda perdurar. El tiempo es el del ahora y la inmediatez de lo que quiero vivir, que no me vengan con algo más y si trasciende mi vida quizás ya me la está complicando…
En una etapa de mi vida, si me hubieran hecho esta pregunta como apetecer, claramente hubiera contestado: NO; es más, me plantearon la opción por la vida religiosa y dije claramente que NO, añadiendo “ni loca….”, unos años después, llegaría “la locura”….
El cura de mi parroquia se le ocurrió llevarnos al grupo de confirmación, a un monasterio de clausura, me impactó mucho y vi claro, entendí que el meterse a monja es algo fuerte y tiene que dar Dios su gracia, que era para algunos a los que elegía… y ahí no me veía yo. Pero, todo cambia cuando se deja cabida en el corazón, a las sorpresas de Dios.
Pasó el tiempo y me sucedió lo de “nunca digas aquello de que no….”; no es que de repente me apeteciera ser religiosa porque si fuera por apetecer entonces ni estadísticas existirían de la vida religiosa. Hoy en día, meterse en un convento es locura pero sigue pasando, menos de lo que la Iglesia desea, en mi Congregación, ya nos gustaría subir la estadística de vocaciones y especialmente en España donde vivo la vida como Dominica de la Presentación (vengo de familia numerosa y me gustaría tener más Hermanas en el convento).
Hay vocaciones, no para llenar seminarios ni conventos pero ahí están, no estamos para tocar las campanas pero la música vocacional es de Dios a quien le sigue apeteciendo llamar, elegir a seguirle. La respuesta a la llamada del Señor a vivir en la vida consagrada es decir “Sí, quiero” al proyecto de Dios que te toca el corazón y te cambia la vida, porque te muestra otro camino para vivir tu vida, quizás impensable antes, inimaginable, negado pero que puede ser real.
Seguir al Señor es adentrarse en una aventura, es querer saciar el apetito que despierta en el corazón el buscarle, amarle y hacerlo queriendo vivir el Evangelio desde un carisma concreto en Iglesia. Si Dios ha entrado en tu corazón y en tu mente ha surgido la pregunta ¿me sigues? Sólo Tú puedes responderle ¡Adelante! www.mivocacion.com
Texto: Hna. Ana Isabel Pérez.