La luz de la Trinidad

En Sainville, Francia, pequeño pueblo donde nació la congregación de las Hermanas de la Caridad Dominicas de la Presentación, hay en la capilla de la casa de la fundación, donde oró Marie Poussepin y las primeras hermanas, un fresco de la Trinidad.

Es una pintura de grandes dimensiones, de fondo oscuro y un tanto tenebroso. En él resalta la figura de la Santísima Trinidad. En él, El Padre y Jesús quedan iluminados por la luz del Espíritu Santo. Cristo no tiene cruz de madera. Tiene sus brazos extendidos igual que el Padre que con su túnica que llena prácticamente toda la pintura hace de fondo donde resalta el cuerpo de Jesús. No es un Cristo trágico, su rostro dirigido al Padre, que también mira hacia su Hijo, queda iluminado.

En la parte más baja, se divisa tenuemente la catedral de Chartres, cantada por Charles Péguy, con los trigales de la Beauce y un molino de viento. Esta catedral tan frecuentada por nuestra fundadora en sus visitas al obispado. Siempre me ha emocionado mucho entrar en esta joya de la arquitectura francesa por su belleza y por lo que representa para nuestra congregación.

Al contemplarlo, me ha evocado la historia de la humanidad: La de su sufrimiento, la de tantos momentos oscuros por los cuales pasa y que parece que no tienen salida posible. Una humanidad que camina entre sombras. Mas el espíritu de Dios esta ahí en esta tierra que gime con dolores de parto y a todos acoge en sus brazos de Padre, hasta que al fin de los tiempos, surja la tierra nueva donde ya no habrá llanto, ni dolor. Será la tierra nueva iluminada por la luz de la Trinidad. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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