El que siembra tacañamente, tacañamente recoge

Sembrar
En esta vida o en la otra, la mezquindad con la que se ha vivido se paga. En primer lugar como se dice en una parte de la Escritura es “más feliz el que da que el que recibe” y Jesús aconseja a sus oyentes no almacenar riquezas en este mundo sino para el otro donde la polilla no puede destruir las cosas.

Hace años conocí a un rico libanés muy generoso, era la personificación del hombre espléndido y que transmitía su estado de ánimo cuando daba. De súbito llegaba a una casa de ancianos y refugiados del sur del país, de su coche salía de todo: hortalizas, fruta y huevos de su finca y carne, pescado, leche, etc. que él mismo iba a comprar. Cuando su coche subía por la carreterita que llegaba al asilo todos salían a recibirle. Tampoco faltaban las golosinas que repartía entre los niños. El gozo de todos era grande. Luego con una cara de felicidad se despedía de la gente.


Un día me comentó: “Si por la noche cuando estoy acostado recuerdo que he dejado de hacer limosna a alguien que lo necesita, no puedo dormir y tampoco puedo salir a llevarle algo porque es demasiado peligroso salir en estos tiempos de guerra civil. Mi esposa me regaña diciendo que soy exagerado pero es más fuerte que yo. Pienso: Tú bien comido y caliente y aquel se ha tenido que acostar con hambre”.

Era la pura figura de Tobías que no paraba de hacer el bien aunque incluso su mujer lo escarneciera. Pero así como Tobías recibió la recompensa de sus buenas obras, los generosos recibirán en la vida eterna la suya y los tacaños tendrán también su paga. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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