La escena evangélica en la que
Jesús expulsa los vendedores del templo, cuando era niña me parecía demasiado severa por parte de Jesús. Ahora mi pensamiento ha cambiado completamente.
Si todo bautizado es templo de Dios, no puedo permitir que en mi santuario interior haya traficantes. Me pregunto si no habrá más de uno que comercia a sus anchas en mi conciencia. Todo lo que no es de Dios está contra Dios. Así pues,
no me puedo permitir medias tintas, un sí pero no. Lo blanco tiene que ser blanco y no una amalgama.
Por esta razón
es preciso que Jesús con toda su autoridad penetre en mí y exija una purificación total de todo aquello que no es Él. Si he consagrado mi vida al Señor, no puedo permitir que se infiltren seres externos a sus intereses. En este caso, él tiene derecho a derribarlos. “Mi casa es casa de oración” (Lc. 19, 46) y no puedo convertirla en una cueva de ladrones.
Texto: Hna. María Nuria Gaza.