TRES POEMAS DE AMOR de VICTORIANO CRÉMER

Nido de poesía: Nicolás de la Carrera
03 jul 2009 - 22:17

De toda la poesía de Victoriano Crémer (diciembre 1907 / junio 2009), en el homenaje de hoy seleccionaré tres poemas de amor. El amor y la muerte (eros y thanatos), los dos grandes temas de su vida. En plena guerra civil se enamoró perdidamente de una joven, Trinidad Leonardo, con quien matrimoniaría en marzo de 1939. Ocho años después publica en Adonais "Caminos de mi sangre", dedicado "A mi mujer. A mis hijos."

Los versos que acaso se hayan hecho más populares de toda su producción lírica corresponden a "Mi loba blanca", que presenta como su "primer poema de amor". Dedicado a Dámaso Alonso, introduce versos de Salinas: "Ella, tan vaga e indecisa antes, / tiene escogido cuerpo, sitio y hora. / Me ha dicho: “Voy”. Soy ya su destinada presa." El lenguaje es tremendista, como corresponde a aquella su primera etapa existencial.

"FUÍ PASTO DE SU FURIA..."

MI LOBA BLANCA

primer poema de amor

Me seguían sus ojos y yo era menos que un niño.

Bosques y primaveras me arañaban el pecho

brotándome en los cauces borbotones calientes

en los que el alma yergue su furia fundadora.

Su gran calma de esposa apretaba sus círculos

y me sentía centro de su raudal sangriento;

con el galope oscuro de la sangre apremiando

la altiva meta blanca de su dormida carne.

¿Fue su voz? De más hondo que el deseo, rompiendo

su corteza de plomo, me llegó aquel balido

que estrellaba su espuma, como un ala arrancada,

en mis rubias arenas palpitantes de soles.

¡Oh, sequedad del aire, oprimiendo el latido

con que la luz rehizo su primera llamada!

¡Fue su voz! Su inefable mensaje acordonado

por airados cuchillos de escarcha matutina.

El espanto y la tierra tiraban de mi cuerpo

y un altivo universo desgarraba mis hombros.

Sentí que entre los brazos florecían sus pechos

y que éstos me clavaban contra un aire reciente.

¡Huir! ¡Huir! Perderme por bruñidos desiertos.

Borrar de mis pupilas sus ojos insaciables

y sepultar su voz, su eterna voz marina

en mi hondón retorcido de caracola humana.

Su garra fue primero. Su garra, no su mano,

que dos fuentes de sangre llenaron mi costado

desbordándome en ellas como una madre nueva

a quien los mares dieran un hijo de su carne.

Y luego, fue su luz. Su inmenso mediodía

creciéndose en mis ojos como un bosque incendiado,

ardiéndose en las llamas mis tigres y mis dudas,

con sus flancos rotundos y su feroz aullido.

¡Oh, irremediable abrazo! ¡Oh, desolado beso!

¡Oh, arcángeles pastores de mi sangre en derrota!

¡Oh, cuerpo fulgurante apretándome el pecho

como un mármol o un mundo, y en él Dios empinado!

Fui pasto de su furia. Su mirada y sus dientes

implacables hicieron tajadas de mi alma.

Mis vestidos rodaron como musgos antiguos

y sentí deshacerme como un barco de niebla.

Yo veía sus manos sortearme las venas

y herir con sus cuchillos mi corazón menudo,

y azuzar mis dormidos afanes como galgos

llenando de ladridos mi apacible ribera.

Yo sentía -la siento- abrevar en mi sangre.

Romper mi dura piel. Darme muerte lentísima…

¡Y no eludo sus saltos de terciopelo y sueño!

¡Y no huyo! ¡No huyo!… ¡Mi feroz loba blanca!...

EL AMOR ES UN TEMPLO

Casi treinta años después, con el poemario "Los cercos" (1976), nos entrega nuevos versos de amor. "Canto de los esposos", subtitula el poema. Y, a lo Salinas, enfatiza el título: "TÚ Y YO". Nos encontramos lejos de la generosa verbosidad de "Mi loba blanca". Por su extensión, destacaré tan sólo el inicio y el final. La palabra "Serenidad" podría resumir su nueva respuesta a las urgencias de la vida:

TÚ Y YO

Canto de los esposos

El amor es un templo

hecho a la medida del corazón.

Aquí, a tu lado, siento

el fervor de las cúpulas, el aire

blasonado, el pálpito tranquilo

de la piedra.

Catedral florecida de mis sueños...

Gastamos juventud sufridamente,

con paciencia y amor.

De aquella historia

los hijos en el tiempo

y esta flotante soledad conjunta.

Nos miramos. Te miro. Densa, lenta

pronunciación:

"¡Esposa mía, esposa!"

digo y el corazón se invade

de resignado azul.

Sobre el recuerdo,

solos tú y yo, inmensamente,

únicos.

SE ROMPE EL CIELO CON ESTRÉPITO

Los últimos versos de Victoriano Crémer se custodian, como en un relicario, en "El último jinete", Visor 2008, premio Jaime Gil de Biedma, recién impreso. Me voy a permitir el lujo de escoger, para cerrar post, el exotismo de un poema muy singular: "El vacío". El superabuelo Crémer introduce quejidos en la alcoba, convulsiones y lluvia... Se rompe el cielo con estrépito...

EL VACÍO

Nos hicieron con sangre,

con sombríos sonidos

y oscuras convulsiones.

Se rompe el cielo

con estrépito.

Algo sucede

en el mundo de la música.

Y entonces es cuando en el silencio

de la alcoba, alguien dice:

«Te amo».

Se escucha un quejido prolongado

y una lluvia

dulcemente musical

se derrama en la niebla.

* * *

La larga caricia del agua

suena misteriosa

en la agonía de las sábanas.

El recortado beso

se cuaja, amargo, entre dientes.

Nos nacieron

para el amor y ardemos

como cañas secas.

POESÍA COMPLETA

Me dan la noticia de que Calambur acaba de publicar la Poesía Completa de Crémer, bajo el título "Los signos de la sangre". 1.500 páginas en dos volúmenes. Presenta la edición el catedrático de Literatura José Enrique Martínez. Resumiendo en pocas palabras la evolución existencial del centenario poeta, señala el editor que, a lo largo del tiempo, "se fue volviendo más trémulo, emotivo y reflexivo". Lo comprobaremos en sus escritos completos, muchos de ellos recogidos de revistas, periódicos, etc.

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