Al reflexionar sobre las líneas que hemos ido trazando en esta serie, nos preocupa la polvareda que se ha levantado ante las declaraciones del jefe de la oposición en España, Mariano Rajoy, al afirmar que va a obligar a los inmigrantes, por contrato, a que respeten la cultura y las leyes españolas. Quiere que se firme un Contrato de Integración en el que los inmigrantes asuman el compromiso de “cumplir las leyes, respetar las costumbres, aprender la lengua y a pagar impuestos”.
Tienen que asumir, también, el compromiso de que, si no encuentran empleo, deben regresar a sus países. A todo esto se añaden frases preocupantes como: “Cerraremos las puertas a todos aquellos que no respeten la ley y atenten contra la convivencia española”. Quiere hacer las repatriaciones más ágiles y restablecer una norma del Gobierno del PP, que en su día fue neutralizada por Zapatero, para poder expulsar a los delincuentes extranjeros con delitos menores.
Es posible que haya personas en España que vean esto con toda normalidad y hasta positivo. Yo tampoco quiero alarmar demasiado desde estas líneas, pero hay varios factores que hacen que sobre los inmigrantes penda, de alguna manera, esa espada de Damocles que, afilada, se sitúa sobre sus cabezas, mal sujeta por una crin de caballo -tal como cuenta la historia-, que, en cualquier momento, puede romperse.