En Misión Evangélica Urbana, intentando seguir los ejemplos bíblicos, hemos aprendido que no evangeliza bien quien sólo comparte la Palabra. Aún conscientes de la necesidad de que el mensaje del Evangelio se verbalice y suene, iniciamos con esta frase una nueva serie sobre evangelización con el título general: “Evangelizar: compartir la vida, al pan y la Palabra”. La evangelización nunca se agota en la verbalización.
El Evangelio implica mucho más que el mero compartir la Palabra, aun sabiendo de la importancia de ésta en todo acto evangelístico. Y es que, en el fondo, el que comparte la Palabra tiene que estar disponible y abierto a compartir mucho más. Evangelizar es aprender el arte de vivir compartiendo... como Jesús. De ahí que el auténtico acto evangelístico integral sea el compartir la vida, el pan y la Palabra.
Por eso, el auténtico evangelista tiene que ser desprendido, abierto a la acogida del otro, a compartir con el otro, a ser receptivo y nunca mantenerse blindado en ningún tipo de prepotencia o superioridad ante nadie. El evangelista tiene que ser un ser libre que no se sienta esclavizado por el apego a ningún tipo de pertenencia. Si las tiene, debe estar dispuesto a saber prescindir de ellas cuando sea necesario y debe estar abierto a compartirlas siempre que el momento lo demande. Quien no está dispuesto a compartir la vida y el pan, difícilmente va a saber compartir la Palabra, porque al usar la Palabra como espada del espíritu, deja entrever todas nuestras entretelas desde el hondón de nuestra alma y nos deja al descubierto tal y como somos.