Guillermo del Toro (director de obras maestras como Cronos, o El espinazo del diablo, y de productos hollywoodienses pero sin dejar de lado cierta calidad, como Hellboy), nos enseña su octava criatura: El laberinto del fauno. Una cinta en la que vuelve a plasmar, en el marco de la posguerra española, su desbordante mundo imaginario. Transcurre en 1944, época poco proclive a los sueños y a la fantasía, donde vemos la historia y viaje de Ofelia, una niña de trece años, que se instala en un campamento franquista junto a su madre, debilitada por el inminente nacimiento de su segundo hijo, fruto de su matrimonio con Vidal, sádico capitán de un destacamento encargado de eliminar los últimos restos de la resistencia republicana, escondida en los bosques circundantes. Vidal no es precisamente lo que Ofelia ve como un padre, y añora el recuerdo del suyo, muerto durante la guerra. El campamento contiene también muchas ruinas y secretos. Una noche Ofelia descubre las ruinas de un laberinto donde se encuentra con un fauno, el cual le muestra la historia que cambiará el rumbo de su vida: Ofelia es en realidad una princesa de otro mundo distinto, bajo la tierra, que para conocer el mundo de los hombres decide abandonar su sitio de felicidad, con el dolor y el olvido de esta decisión. Para poder regresar a su mágico reino, la niña deberá superar tres pruebas, antes de la luna llena. Fantasía, magia, crueldad y sueños de trece años se confabulan para darnos un par de horas en las que hablar sobre la inocencia, sobre el monstruo interior que en teoría todos llevamos dentro, y otras cosas que veremos a continuación. El resultado es un regalo para las entrañas.