EL CELIBATRO OBLIGATORIO, UN ERROR

Muchas personas consideran que el celibato obligatorio para los curas y los obispos está presente en la Iglesia Católica de Rito Latino por motivos estrictamente económicos. Es cierto que en otros tiempos cuando los obispos eran gestores de parcelas amplias de territorios la cuestión de la herencia planteaba problemas. Pero la cuestión del celibato obligatorio resulta de un conjunto de causas que se fueron reforzando unas a otras a lo largo de siglos, por lo tanto el celibato obligatorio es una resultante de un cúmulo de circunstancias ajenas a los principios evangélicos y de la vida de las primeras generaciones cristianas.



Nos encontramos en la actualidad con un asunto, el celibato obligatorio, que no se quiere debatir, porque algunos consideran que ya está todo dicho. No puede concluir el debate cuando más de un treinta por ciento del clero ordenado está secularizado, o ¿es que la Iglesia decide permanecer impasible ante un problema de tal magnitud?.


El argumento más sólido que encuentra la doctrina oficial para justificar el celibato obligatorio es que Jesús de Nazaret fue célibe. Esta premisa no la discute casi nadie, pues las fuentes canónicas no dan pie, en lo más mínimo a otra posición. Pero, al mismo tiempo que Jesús de Nazaret es el modelo del célibe hay que poner al mismo lado su condición de modelo para el matrimonio como lo hace el autor de la Carta a los Efesios: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Esto lo refiero a la unión de Cristo con su Iglesia”.

En el capítulo cinco de la carta podrá el lector encontrar la cita, que dispone al matrimonio como signo, sacramento y expresión de la nupcialidad de Jesús de Nazaret; aspecto con el que inicia san Juan su evangelio. San Pablo dice, en el capítulo siete de la Carta a los Corintios, que sobre el celibato no tiene mandato del Señor, por lo que la decisión quedaba al arbitrio de cada persona. Y toda la urgencia del apóstol por recomendar personalmente la vida celibataria esta motivada por la consideración de la inminencia de la vuelta del Señor en gloria, o de la Parusía. Los escritos del Nuevo Testamento mantiene una visión positiva de la mujer, la sexualidad y el placer humano en todos los sentidos, tan sólo se dan pautas para la prudencia.

Las cosas empezaron a complicarse a partir de la mitad del siglo segundo, por poner una fecha. Los escritos apócrifos que fueron surgiendo comenzaron a exaltar de forma fantástica el valor de la propia virginidad de María y dibujan a Jesús con rasgos de una humanidad aparente. Los propios padres de la Iglesia comienzan a interpretar pasajes de la Escritura con mirada neoplatónica y van perdiendo valor la figura de la mujer, la sexualidad y la consideración adecuada del placer. Las interpretaciones del los primeros capítulos del Génesis trastocaron hondamente estos conceptos hasta cristalizar afirmaciones como la de san Agustín sobre la transmisión del pecado original por medio del placer del acto sexual.

Fue Juan Pablo II quien liberó parcialmente al acto sexual con su placer incluido de su pecaminosidad, y Benedicto XVI, en su encíclica “Deus caritas est”, el que realiza un elogio sin precedentes del erotismo humano. Pero durante quince siglos las premisas de la pecaminosidad de lo sexual no encontraba excepción alguna. San Gregorio Magno, Papa, decía: “no se da placer sexual, sin pecado”; o la máxima que se impuso durante siglos: “En lo tocante a la sexualidad no existe parvedad de materia”.


Paralelamente con lo anterior la mujer fue entrando en unas consideraciones muy alejadas de la antropología bíblica, y por supuesto del rango que aparece en los evangelios y la vida de las comunidades nacientes, según las cartas de san Pablo y los Hechos de los apóstoles. La filosofía griega sirvió de principio interpretativo a la hora de considerar a la mujer y llegar a decir disparates que hoy nos sonrojan, pero que han tenido un peso muy grande. Como muestra, y en la caridad que nos debe presidir recordamos algunas palabras de santo Tomás de Aquino (siglo XIII) cuando decía, entre otras cosas, que la “mujer es un hombre frustrado” (Tratado sobre el hombre c. 92, art. 1 ss).
Las cosas en la Iglesia se cambian mediante la vuelta a las fuentes y en un intento sincero de búsqueda de la verdad. ¿Será capaz el Papa, Francisco, de devolver a la Iglesia a sus fuentes y recobrar entonces la fuerza del Espíritu para afrontar los retos presentes? ¿Va a obviar el Papa actual la fractura existente en el clero de la Iglesia, cuando por la dispensa del celibato se reduce indebidamente al mismo al estado laical?

Pablo Garrido Sánchez


José María Lorenzo Amelibia
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