A nuestros obispos: No basta con que aparezcáis más piadosos, más estrictos con la doctrina de la fe que los antiguos compañeros. Sí, esto es necesario, pero la santidad es amor, amor a Dios con toda el alma, amor al prójimo por Dios. Y en esta segunda parte todavía queda mucho que andar a nuestros jerarcas. Es muy difícil ser santo ostentando algún poder.
Dificilísimo. Casi tan difícil como ser rico y santo. Y no se da de lo que no se tiene. No se da lo que uno no es. Querer a todos, pero no como bajando desde las alturas, como dando una limosna de amor: querer de verdad, desde el fondo de corazón. ¡Ay obispos de mi alma! ¡Estamos poniendo el dedo en la llaga! Humildad, mucha humildad para querer así, porque no os creáis más que nadie.
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