EL TAMARGUILLO

En los años en que estaba yo superando la adolescencia, ocurrió en España una tremenda desgracia: el arroyo Tamarguillo de Sevilla, se desbordó y causó incalculables daños en aquella querida ciudad. Por aquel entonces, me impresionaban las cuestiones siempre debatidas, pero nunca del todo aclaradas: las injusticias, el sufrimiento humano, la muerte inesperada, los accidentes... Con estos sentimientos incrustados en mi alma, llamé a la puerta del director espiritual. Escuché un sonoro: "¡Adelante!" Penetré en el despacho, y sin apenas preámbulos, le solté en tono de queja todo lo que llevaba en el alma:


- Vengo lleno de angustia por lo que ha ocurrido en Sevilla. El Tamarguillo se ha desbordado, y han perecido muchas personas, y un enorme número de habitantes ha quedado en la miseria. ¿Cómo Dios, siendo bueno, puede permitir esta desgracia y tantos sufrimientos y miserias en gente pobre?

Aquel santo varón salió, sin dudarlo, en la defensa de Dios cuestionado. Enseguida esgrimió unos cuantos argumentos contundentes. Parecía que estaba preparado a todo cuanto yo le iba a decir.

- Dios no quiere el mal de nadie, me respondió, pero a veces lo permite. Él creó las leyes de la Naturaleza. Lo que ha ocurrido es ni más ni menos algo normal dentro de estas leyes físicas que rigen el Universo. Por otra parte, Dios respeta la libertad y las decisiones de los hombres; nos ha creado seres libres. Y no puede enmendar el orden natural, para acomodarse a los proyectos humanos que decidieron poner las casas cercanas al arroyo desbordado. De lo contrario debiera estar continuamente haciendo milagros; lo cual no es posible. Con esto que te digo también puedes explicarte la permisión de las guerras y de las injusticias. Dios no las quiere, pero respeta la libertad humana; y así suceden tantas desgracias por el mal uso que hacen de ella las personas.
Y continuaba con sus argumentos aquel sacerdote de gran prestigio:

- Por otra parte, ten en cuenta que en la Biblia, en el Antiguo Testamento, los profetas explicaban las grandes tragedias de aquel pueblo elegido como un castigo de Dios. Era una especie de pena medicinal que el Señor infligía, para que se enmendaran tantas personas que se habían apartado de Él. De todos modos piensa que el problema del mal nos desborda. Todo lo que te digo es verdad, pero siempre te quedará en el alma un "algo" que nunca llegarás a comprender, y habrás de confiar en Dios a pesar de que no comprendas. ¿Es que entiendes el misterio del Crucificado?

Estas última palabras de mi espiritual me han ayudado durante toda mi vida adulta. Por supuesto siempre me he colocado del lado de Dios cuando he topado con el dolor. No me he permitido nunca dudar de su bondad ni de que es Padre. ¿Quién soy yo para rebelarme contra Dios? El misterio del dolor en el mundo me estimula a escuchar al que sufre; a callar en muchas ocasiones; a explicar mi experiencia de fe. La vida en la tierra es como un relámpago en comparación con la eternidad. ¡Dios nos ha de compensar algún día! Por eso hemos de decirle a Dios: "Señor, ¿a quién iremos? Tú solo tienes palabras de vida eterna."

Es bueno tener preparada la cabeza y el corazón; saber que no somos capaces de comprender los misterios. Ponernos siempre de parte de Dios. Y no rompernos la cabeza con filosofías materialistas que solo conducen a una increencia desesperada. ¡Prefiero quedarme con el amor a Jesús que se entregó por nosotros.

José María Lorenzo
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