¿Cómo el avestruz?


Esconder la cabeza debajo del ala. Esa dicen que es la técnica del avestruz cuando se encuentra en peligro. Y suele ser estrategia frecuente este fenómeno en algunas personas, cuando sospechan la existencia de un mal grave en su organismo. Pero ¿será solución?

No hacer caso, distraerse, olvidarse, no afrontar la realidad... Todos lo comprendemos, nada soluciona. El mal avanza en nuestro cuerpo seamos conscientes de él o no. Por eso resulta necesario enfrentarse con el problema por muy duro que sea. Así conseguiremos vencer nuestras dolencias con la medicina o cirugía.

Cuando éramos niños disfrutábamos leyendo una poesía que se titulaba "Los dos amigos y el oso". Todavía resuena en mis oídos el comienzo: "A dos amigos presentóseles un oso. El uno, muy medroso, en la rama de un árbol se asegura. El otro, confiando en la aventura, finge morirse repentinamente."

Llevando el agua a nuestro molino, contemplamos aquí la imagen de dos tipos de personas ante el riesgo de la enfermedad. Muchos obran como el aventurero que se tira al suelo, impávido. Cerrar los ojos; esconder la cabeza bajo el ala; quedarse inmóvil. Pero el riesgo es total. Tan sólo consiguen retrasar el problema y hacerlo más agudo. Otros, como el encaramado en la rama del árbol, suben a su torre de marfil. Se aseguran con todo cuanto está a su alcance; se agarran con fuerza a todas las posibilidades; quieren salvase a toda costa, y prescinden del compañero tendido en la arena. ¿Pero es la solución para enfrentarse con la realidad?

No dudo de que, a primera vista, parece esta táctica buena. Pero a mi juicio merece la pena afrontar nuestros "males" desde otra perspectiva: la auténtica, la cristiana. Con prudencia hacerse cargo de la situación. Poner los medios que están a nuestro alcance para conseguir la salud del cuerpo o del espíritu. Y nunca encerrarse en sí mismo buscando la compasión de todo el mundo.

Ha de pensar el enfermo que es persona útil y fructuosa. Todos conocemos a pacientes que durante años han sido estímulo de perfección para cuantos les rodeaban. Por ahí ha de ir el ideal de la persona a quien Dios toca con la distinción de enfermo crónico. ¡Cuánta sensatez siembra un enfermo virtuoso en la vida propia y en la de sus familiares, amigos y visitantes!


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