¿Qué pensar de la virginidad?


Nuestra religión católica aprecia la virtud de la virginidad. Siempre ha de haber dentro de nuestra Iglesia personas que vivan la virginidad y que lo hagan a tope. Es un consejo evangélico. Jesús lo quiere para su Iglesia y lo apreciamos como un don, como una joya, como algo característico de nuestra idiosincrasia cristiano – católica.

La cuestión es el modo como hoy en día y durante muchos siglos ha estado legislada la virginidad, el celibato. Pensamos que la presente legislación debe ser revisada. Porque ¿es hoy en la Iglesia una joya la virginidad? ¿Quién lo afirmaría? Nadie. ¿Es una realidad? Sí, porque de hecho muchas personas la viven a tope. Pero existe tanta escoria dentro del colectivo de célibes que no es suficiente con depurar a los indignos o débiles o incapaces de vivirla.

Algo hay que reformar. Pensamos que debe disminuir el número de célibes en lo sucesivo; y por otra parte, dentro de los que decidan vivir su virginidad a tope, no han de colocarse en un estamento como en un callejón sin salida, sino ha de ser algo reversible: es decir, en un momento determinado, puedan contraer matrimonio, sin el estigma de infieles, traidores, desertores, desgraciados y otros nada lindos apelativos, con que se ha denominado a aquellos a quienes se les concedía la dispensa.

Por supuesto debiera ser desterrada cuanto antes la norma de que, quienes han de ser consagrados sacerdotes, deban necesariamente asumir la virginidad para toda la vida. Me parece óptimo que se fomente dentro del estamento sacerdotal y más aún dentro del episcopal la castidad perfecta. Es más, por sentido común creo que quienes dirigen la diócesis con derecho propio, los obispos, debieran ser célibes, pero no de una manera irreversible. Si un obispo decidiera casarse, podría seguir ejerciendo el sacerdocio, pero no dirigiendo una diócesis, sino alguna parroquia u otro ministerio.

Y los curas que decidieron ser célibes, que se casen en cualquier momento, si lo desean y sigan ejerciendo su ministerio sin ningún trauma. Si con su nueva situación no pudieran desempeñar el cargo anterior, podrían realizar otro nombramiento más sencillo.

Nunca llegaremos a entender por qué a los sacerdotes que se casaron se les haya humillado tanto incluso oficialmente. Ni comprendemos, porque es contrario a la idea dogmática del sacerdocio, cómo se les puede suspender de por vida en su función ministerial, aunque él mismo – forzado para poder obtener la dispensa – haya firmado que renuncia a algo irrenunciable, su condición sacerdotal.

En una palabra, menos gente viviendo la virginidad, con más garantía de vivirla, y quien está en ello, nada de un compromiso de por vida; que él mismo pueda decidir el momento del final de su celibato, previo aviso a su obispo. Pienso que esto es más evangélico y conforme con nuestro dogma. Algún día cambiará. Estoy seguro.

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