Sin Él no puedo nada

Un día me dio a entender el Señor en la oración dentro de una aridez total sin precedentes que sin El no puedo ni principiar ni continuar ni concluir cosa conducente para la vida eterna. Esto lo sabía de memoria desde que estudiábamos de pequeños el catecismo de Astete.
Pero viene bien experimentarlo alguna vez en la oración para que se afiance en nosotros la humildad. En nuestro camino hacia Dios hemos de contar con la aridez, la desolación, el desaliento. Y desde lo más profundo de la propia miseria decirle al Señor: En ti, Señor, he esperado, jamás quedaré confundido.
Cuando vamos profundizando en la vida interior, conseguimos la indiferencia ignaciana, el abandono en la Providencia de Dios.
Ante Dios todo tiene el mismo valor. Lo mismo uno desea vivir con El en Egipto que en Nazaret, en el humilde taller que en el Templo, acompañarle en la vida pública que sentarse a sus pies en unión de José y de María. El alma no vive ya la propia vida, sino la vida de Jesús.
Entonces siente uno en gran paz, incluso feliz, porque siempre está de la mano con Jesús no dando ni un paso fuera de El. Con El va la oración. Nos unimos a Cristo inmolado en el Altar. Con Cristo pedimos perdón por los pecadores y ofrecemos nuestras obras por su conversión. Con El rogamos por las almas del Purgatorio, por nuestros familiares difuntos.
En este sentido, si por circunstancias especiales de enfermedad o lo que sea, no podemos dedicarnos al apostolado externo, tampoco nos acongojamos, intensificamos nuestra oración, nuestro sacrificio y somos verdaderos motores de la Iglesia.
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