¿Es San Juan de la Cruz el guía más seguro para vivir “el cielo en la tierra”?
La experiencia cristiana del “cielo en la tierra” ha recibido innumerables interpretaciones en la historia partiendo de un punto común: la vida y testimonio de Jesucristo. Para muchos, y no les falta razón, la interpretación-guía más segura se encuentra en los escritos de San Juan de la Cruz (en adelante, San Juan). Como teólogo, poeta y místico, describe la meta, la unión máxima con Dios en esta vida, y el camino coherente con sus obstáculos y medios para llegar a la vida eterna. Muchos textos del Cántico espiritual y de La llama de amor viva presentan al Tú divino enamorado del hombre; al yo humano en búsqueda de Dios y el encuentro de amor de los protagonistas con las exigencias correspondientes. Pero conviene recordar que en la obra de San Juan son fundamentales los temas de La subida y de La noche oscura que indican el camino para a vivir el cielo en la tierra.
Entre los títulos que ha recibido el doctor místico se podría añadir el de guía más seguro para vivir el cielo en la tierra. Este artículo presenta los fundamentos como es la imagen de Dios como padre-madre, amigo y esposo; el alma que pasa de ser nada a convertirse en una esposa de Dios; la unión fundamentada en la presencia de inhabitación; la relación del tú humano con cada una de las tres personas de la Trinidad; las experiencias muy intensas de la presencia y de la ausencia de Dios; y el enamoramiento de la esposa con el Amado ausente.
Presenta la imagen de Dios como padre-madre, amigo y esposo.
“Ama al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se te compare” (C.27ª).
Es el Espíritu que invade al alma, la inflama, regala y aviva (C.17ª). Y es un Dios que está prisionero: “el alma tiene a Dios por prisionero, rendido a todo lo que ella quisiere. Lo cual conociendo el alma se lo atribuye todo a Dios y no a sus méritos” (C. 32ª).
El alma pasa “de ser nada” a convertirse en una esposa de Dios
San Juan concibe a Dios como el Todo y al hombre como la nada. Pero esta “nada” será elevada a la dignidad de esposa del Verbo. Claro está que si el alma pone su amor en sí misma, “nada” es (S III, 4). Está bajo la pasiones y “debe salir a la verdadera libertad para gozar de la unión de su Amado” (S. I. 15º).
“Sufre el alma verse todavía en el mundo con miserias, como en tierra de enemigos, tiranizada entre extraños, muerta entre los muertos” (C.18), pero goza de bienes sobrenaturales, (S.III. 30º. y 19º), sus actos son divinos “pues es hecha y movida por Dios” (Ll-1ª-4). Más aún: ¡ha sido elegida como esposa del Hijo de Dios! (C. 19ª). Y está enamorada del Amado, del Hijo de Dios, su Esposo, al que desea unirse (C.1ª): “su alma está enamorada, adolece, pena y muere al no ver a Dios, al no poseer su voluntad en Dios que es su vida” (C.2ª).
La unión fundamentada en la presencia de inhabitación
Como experto teólogo, San Juan distingue las varias presencias de Dios en el hombre C.11ª), pero el Doctor y místico insiste más en la presencia profunda. Dios está presente en lo profundo del hombre como en casa propia. Afirma que en su seno mora secretamente. Se trata de la presencia en el fondo del alma, como aspirar sabroso que enamora (C.4ª-3 y 14): “Es la presencia e inhabitación que conviene a saber: que si alguno le amase, vendría la Santísima Trinidad en él y moraría de asiento en él; lo cual es ilustrándole el entendimiento divinamente en la sabiduría del Hijo, y deleitándole la voluntad en el Espíritu Santo, y absorbiéndola el Padre poderosa y fuertemente en el abrazo abisal de su dulzura” (Ll-1ª-15).
La relación con las tres personas de la Santísima Trinidad.
El Tú divino es el Dios Padre a quien Cristo reveló y que San Juan de la Cruz, lo presenta con varios nombres para fundamentar su presencia y algunas acciones.
Dios, uno y trino es el Amado. El protagonista es el Dios uno y trino. (Ll-2ª-1). Las tres personas de la Santísima Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, son las que realizan en el alma la divina obra de unión. El cauterio es el Espíritu Santo, la mano es el Padre, el toque el Hijo (Ll-2ª-1). El Dios uno y trino es el Otero, suma alteza donde se otean todas las cosas y “a quien yo más quiero” (C.2ª y Ll-2ª-2-3).
Las experiencias, muy intensas, de la presencia y ausencia de Dios El alma busca al Amado en todo, no lo encuentra y le pide quiera ya poner término a sus ansias (fatigas) y penas con su presencia. Nada le satisface sin la visitación del Amado, sin verle cara a cara (C.10ª). Tiene sed y hambre de la presencia de Dios (C 3ª 18-21). Deseando verse poseída de Dios, el alma pide determinadamente le descubra su hermosura que es su divina esencia y que le mate con esta vista desatándola de la carne (C.11ª).
El alma pena por el Amado: “ni las criaturas, ni los misterios de la fe le revelan lo que Dios (es), y queda como afistolada” (C.7ª).Las criaturas (mensajeros, noticias y sentimientos) no quitan sino aumentan el dolor por la ausencia de Dios (C.6ª). El alma busca a Dios en todo, no lo encuentra “y pide al Amado quiera ya poner término a sus ansias (fatigas) y penas con su presencia. Nada le satisface sin la presencia profunda del Amado, sin verle cara a cara” (C.10ª)
La esposa enamorada del Amado ausente Antes del encuentro profundo y definitivo, que constituye la esencia del cielo en la tierra, el yo humano ha experimentado la presencia de Dios, como también su ausencia, de diversas maneras: en las criaturas y en sus obras, “cada una en su manera da su voz de lo que en ella es Dios” (C.15ª): “las criaturas que de Dios refieren gracias, le llagan, enamoran y dejan “muriendo” al alma porque no acaban de decir lo que Dios es”(C.7ª).
¿Qué hacer? “que todas las veces que le ocurrieren noticias, formas e imágenes distintas, sin haber asiento en ellas, vuelva luego el alma a Dios en vacío de todo aquello memorable con afecto amoroso, no pensando ni mirando en aquellas cosas más de lo que le bastan las memorias de ellas para entender (y hacer) lo que es obligado, si ellas fueren de cosa tal” (S. III. 15º).
(Nota: el próximo artículo tratará algunos de los temas que faltan para conocer a San Juan como “guía para el cielo”. Y son, entre otros: la purificación para el encuentro, la respuesta de amistad hasta la cruz y el deseo de ir al cielo de la vida eterna.
Entre los títulos que ha recibido el doctor místico se podría añadir el de guía más seguro para vivir el cielo en la tierra. Este artículo presenta los fundamentos como es la imagen de Dios como padre-madre, amigo y esposo; el alma que pasa de ser nada a convertirse en una esposa de Dios; la unión fundamentada en la presencia de inhabitación; la relación del tú humano con cada una de las tres personas de la Trinidad; las experiencias muy intensas de la presencia y de la ausencia de Dios; y el enamoramiento de la esposa con el Amado ausente.
Presenta la imagen de Dios como padre-madre, amigo y esposo.
“Ama al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se te compare” (C.27ª).
Es el Espíritu que invade al alma, la inflama, regala y aviva (C.17ª). Y es un Dios que está prisionero: “el alma tiene a Dios por prisionero, rendido a todo lo que ella quisiere. Lo cual conociendo el alma se lo atribuye todo a Dios y no a sus méritos” (C. 32ª).
El alma pasa “de ser nada” a convertirse en una esposa de Dios
San Juan concibe a Dios como el Todo y al hombre como la nada. Pero esta “nada” será elevada a la dignidad de esposa del Verbo. Claro está que si el alma pone su amor en sí misma, “nada” es (S III, 4). Está bajo la pasiones y “debe salir a la verdadera libertad para gozar de la unión de su Amado” (S. I. 15º).
“Sufre el alma verse todavía en el mundo con miserias, como en tierra de enemigos, tiranizada entre extraños, muerta entre los muertos” (C.18), pero goza de bienes sobrenaturales, (S.III. 30º. y 19º), sus actos son divinos “pues es hecha y movida por Dios” (Ll-1ª-4). Más aún: ¡ha sido elegida como esposa del Hijo de Dios! (C. 19ª). Y está enamorada del Amado, del Hijo de Dios, su Esposo, al que desea unirse (C.1ª): “su alma está enamorada, adolece, pena y muere al no ver a Dios, al no poseer su voluntad en Dios que es su vida” (C.2ª).
La unión fundamentada en la presencia de inhabitación
Como experto teólogo, San Juan distingue las varias presencias de Dios en el hombre C.11ª), pero el Doctor y místico insiste más en la presencia profunda. Dios está presente en lo profundo del hombre como en casa propia. Afirma que en su seno mora secretamente. Se trata de la presencia en el fondo del alma, como aspirar sabroso que enamora (C.4ª-3 y 14): “Es la presencia e inhabitación que conviene a saber: que si alguno le amase, vendría la Santísima Trinidad en él y moraría de asiento en él; lo cual es ilustrándole el entendimiento divinamente en la sabiduría del Hijo, y deleitándole la voluntad en el Espíritu Santo, y absorbiéndola el Padre poderosa y fuertemente en el abrazo abisal de su dulzura” (Ll-1ª-15).
La relación con las tres personas de la Santísima Trinidad.
El Tú divino es el Dios Padre a quien Cristo reveló y que San Juan de la Cruz, lo presenta con varios nombres para fundamentar su presencia y algunas acciones.
Dios, uno y trino es el Amado. El protagonista es el Dios uno y trino. (Ll-2ª-1). Las tres personas de la Santísima Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, son las que realizan en el alma la divina obra de unión. El cauterio es el Espíritu Santo, la mano es el Padre, el toque el Hijo (Ll-2ª-1). El Dios uno y trino es el Otero, suma alteza donde se otean todas las cosas y “a quien yo más quiero” (C.2ª y Ll-2ª-2-3).
Las experiencias, muy intensas, de la presencia y ausencia de Dios El alma busca al Amado en todo, no lo encuentra y le pide quiera ya poner término a sus ansias (fatigas) y penas con su presencia. Nada le satisface sin la visitación del Amado, sin verle cara a cara (C.10ª). Tiene sed y hambre de la presencia de Dios (C 3ª 18-21). Deseando verse poseída de Dios, el alma pide determinadamente le descubra su hermosura que es su divina esencia y que le mate con esta vista desatándola de la carne (C.11ª).
El alma pena por el Amado: “ni las criaturas, ni los misterios de la fe le revelan lo que Dios (es), y queda como afistolada” (C.7ª).Las criaturas (mensajeros, noticias y sentimientos) no quitan sino aumentan el dolor por la ausencia de Dios (C.6ª). El alma busca a Dios en todo, no lo encuentra “y pide al Amado quiera ya poner término a sus ansias (fatigas) y penas con su presencia. Nada le satisface sin la presencia profunda del Amado, sin verle cara a cara” (C.10ª)
La esposa enamorada del Amado ausente Antes del encuentro profundo y definitivo, que constituye la esencia del cielo en la tierra, el yo humano ha experimentado la presencia de Dios, como también su ausencia, de diversas maneras: en las criaturas y en sus obras, “cada una en su manera da su voz de lo que en ella es Dios” (C.15ª): “las criaturas que de Dios refieren gracias, le llagan, enamoran y dejan “muriendo” al alma porque no acaban de decir lo que Dios es”(C.7ª).
¿Qué hacer? “que todas las veces que le ocurrieren noticias, formas e imágenes distintas, sin haber asiento en ellas, vuelva luego el alma a Dios en vacío de todo aquello memorable con afecto amoroso, no pensando ni mirando en aquellas cosas más de lo que le bastan las memorias de ellas para entender (y hacer) lo que es obligado, si ellas fueren de cosa tal” (S. III. 15º).
(Nota: el próximo artículo tratará algunos de los temas que faltan para conocer a San Juan como “guía para el cielo”. Y son, entre otros: la purificación para el encuentro, la respuesta de amistad hasta la cruz y el deseo de ir al cielo de la vida eterna.