Testigos del Evangelio de la paz

En estos días reflexionaba junto a un grupo de religiosos sobre la calidad evangélica de nuestra vida religiosa, sobre su base y su calidad teologal, esto es, sobre la experiencia de Jesús que anima y sostiene nuestra vida.

Juntos volvimos la mirada a Jesús de Nazaret, el profeta, el sanador, el cantor de la misericordia, el Hijo que nos reveló el rostro amable y cercano de nuestro Padre Dios, y juntos celebramos nuestra fe.

Pensando en la misión que se nos ha encomendado a los discípulos de Jesús, leyendo la prensa de estos días… y escuchando el gran revuelo causado a causa de la nota de los obispos, venían a mi mente y a mi corazón unas sabias palabras de San Juan de la Cruz, que en su Cántico exclamaba: “¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandeza y glorias, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!” (C 39, 7)

Ojalá el Santo del Carmelo nos despierte a lo esencial de la vida cristiana, y comencemos a dedicarnos a quitar cruces, a predicar el Evangelio liberador, a sembrar la paz, y que dejemos de alimentar crispaciones tomando partido por determinada opción política, y marcando un voto que ha de ser libre, y “dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, no sea que metiéndonos donde no nos toca, acabemos echados ¡y con razón! de donde si nos tocaría estar.

Oremos por la paz en el mundo, y trabajemos por construirla poniendo paz, donde no la hay, y seguro, seguro, que en esta hora de España, no estamos contribuyendo a la paz y urge trabajar por ella: que cada uno cojamos vela y asumamos responsabilidades:

“Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis?...”

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