Laicidad

Mons. José Francisco González González / 26 de mayo.- A propósito de la aprobación unánime de la minuta proyecto que realizó la Cámara de Senadores el 8 de marzo de 2011, en la cual se decretó la reforma de diversas disposiciones de la Constitución en materia de derechos humanos y las garantías, aportamos unas reflexiones. La votación a favor fue de 106 votos a favor, cero en contra y cero abstenciones. Un Senador aseveró que «este es uno de los cambios más trascendentes que hemos podido lograr en estas últimas legislaturas».

Entre los artículos reformados podemos enumerar: 1, 3, 11,15,18, 29, 33, 89, 97, 102 y 105. Al artículo 1º se añade que queda prohibida toda discriminación […] por preferencias «sexuales». Esta expresión es ambigua, y daría paso a incluir (no se dice expresamente, pero podría ser una puerta abierta) las parafilias como un “derecho humano”. Entre las parafilias que elenca el DSM-IV (libro básico de la Asociación de Psiquiatras Americanos) están: exhibicionismo, fetichismo, frotteurismo, pedofilia, masoquismo sexual, sadismo sexual, fetichismo transvestista, y otras no especificadas. No aparece como parafilia la homosexualidad, aunque en ediciones anteriores de la misma obra, la homosexualidad sí estaba incluida, pero por razones ideológicas y políticas, se le sacó de la lista.

Y si esta modificación se une al Art.3º, entonces en la educación oficial se enseñará como “normal” el derecho a las “preferencias sexuales”. Eso sería obligatorio, tanto para las escuelas oficiales como para las privadas.

Otra reforma es el cambio de “individuo” por el de “persona”. Con este cambio, aunque no se dice explícitamente, se puede incluir muchas cosas, como por ejemplo, el aborto. Esto es posible, puesto que no hay una definición explícita y natural de lo que es “persona”, y se puede llegar a considerar “persona” sólo a quien tiene conciencia de sí (un embrión, un feto, ciertamente no tiene conciencia de su existencia).

Y respecto a la libertad de creencias o de culto, la modificación constitucional es curiosa, porque si bien las reformas hechas en este rubro en 1992, acotaron varias restricciones a los derechos en la libertad religiosa, ahora se restringen aún más (una proyección del cesaropapismo), pues «los actos religiosos de culto público pueden ser restringidos o suspendidos» a voluntad del gobernante, claro.

En esto y mucho más, hay que tener en cuenta que en una sociedad plural, como la nuestra, los varios sistemas éticos deberían encontrar convergencias en unos ‘mínimos’, mostrando así un patrimonio ético común a todos los grupos humanos que en nuestra sociedad conviven. Es así como surge la «ética civil», que se convierte en fundamento de la moral y del derecho.



Siguiendo a Adela Cortina (Ética de la socidad civil, Madrid 1994), hay tres tipos de ética, a saber:

a) Ética religiosa: es una ética que apela a Dios expresamente para orientar el quehacer moral personal y comunitario. Las éticas religiosas son éticas de ‘máximos’, no de ‘mínimos’. La ética teológica cristiana debe incorporarse, como una más, al proceso de diálogo, del que brotan unos ‘mínimos’, sin renunciar a proponer sus ‘máximos’.

b) Ética laicista: es lo contrario a la ética creyente, ya que piensa que para la realización de los seres humanos es nocivo tener un referente religioso, y trata de eliminar éste de la vida de las personas. Una ética de los hombres, ya que la considera una fuente de desmoralización, y piensa que para que exista el pluralismo moral hace falta deshacerse, tarde o temprano, de las éticas religiosas. La ética laicista es una laicismo intolerante, pues piensa que la persona creyente no es una persona normal.

c) Ética laica: es aquella que no hace ninguna referencia a Dios ni para tomar su palabra como orientación, ni para rechazarla. La ética cívica (civil) es una ética laica. Admite que en el proceso de realización moral de las personas hay unos ‘mínimos’ compartidos y unos ‘máximos’ de felicidad que ella no puede ofrecer, así que se trata de una “ética de mínimos”. En una ética cívica podemos hablar de pluralismos, ya que los ‘mínimos’ se comparten y a los ‘máximos’ se adhiere aquel al que le convence algo, pero no por imposición. Algunas sociedades que profesan o promulgan una ética laicista (como puede ser el caso de nuestro país) la hacen llamar “laica”, lo que puede dar lugar a confusiones.

Con estas observaciones, no se tiene la pretensión de exigir o llegar al punto que los gobernantes se sometan a los criterios de la moral religiosa, pero sí al conjunto de valores morales vigentes en la sociedad, vista con respeto y realismo, como resultado de la contribución de los diversos agentes sociales.

Cada sociedad y cada grupo que forma parte de ella tienen derecho a ser dirigidos en la vida pública de acuerdo con un denominador común de la moral socialmente vigente fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo.

La dimensión religiosa es una característica innegable e irreprimible del ser y del obrar del hombre, la medida de la realización de su destino y de la construcción de la comunidad a la que pertenece. Por consiguiente, cuando el individuo mismo, o los que estána su alrededor, olvida o niegan este aspecto fundamental, se crean desequilibrios y conflictos en todos los sentidos, tanto en el aspecto personal como en el interpersonal. El derecho a la libertad religiosa es el primer derecho del hombre, después del de la vida, porque tiene como objeto la dimensión constitutiva del hombre, es decir, su relación con el Creador.

También, atentan contra la libertad religiosa los intentos de oponer al derecho unos pretendidos “nuevos derechos”, promovidos activamente por ciertos sectores de la sociedad e incluidos en las legislaciones (nacionales o en directivas internacionales), pero que en realidad, no son más que la expresión de deseos egoístas y no encuentran su fundamento en la auténtica naturaleza humana.

Finalmente, cabe incluir aquí, una declaración que hizo Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano, a un periódico italiano el 3 de febrero de 2009: «Los católicos son tradicionalmente respetuosos con el poder político legítimamente constituido y la Iglesia siempre está disponible a una provechosa colabroración con las autoridades en el marco de una sana laicidad, lo que no significa que tengamos que callar si vemos que de alguna manera se menoscaban los principios de la ley natural o de la libertad de la Iglesia»



+JOSÉ FRANCISCO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

OBISPO AUXILIAR DE GUADALAJARA



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