La eucaristía es una escuela de vida



Encontrarse con Cristo para los demás

Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla.- 13 de septiembre.- Jesús en el Evangelio define que el buen pastor da su vida por las ovejas. El misterio de la cruz está en el centro del servicio de Jesús como pastor: es el gran servicio que Él nos presta a todos nosotros. Se entrega a sí mismo, y no sólo en un pasado lejano. En la Sagrada Eucaristía realiza esto cada día, se da a sí mismo mediante las manos del sacerdote. Por eso, con razón, en el centro de la vida sacerdotal está la Sagrada Eucaristía, en la que el sacrificio de Jesús en la Cruz está siempre realmente presente. A partir de esto aprendemos también qué significa celebrar la Eucaristía de modo adecuado: es encontrarnos con el Señor, que por nosotros se despoja de su gloria divina, se deja humillar hasta la muerte en la Cruz y así se entrega a cada uno de nosotros. Es muy importante para el sacerdote la Eucaristía diaria, en la que se expone siempre de nuevo a este misterio; se pone siempre de nuevo a sí mismo en las manos de Dios, experimentando al mismo tiempo la alegría de saber que Él está presente.

La Eucaristía es para el sacerdote una escuela de vida, en la que aprende a entregar su vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el modo del martirio. Se da día a día. Por eso cada Eucaristía es aprender que no posee la vida para sí mismo; día a día aprender a desprenderse de sí mismo, a estar a disposición del Señor para lo que necesite en cada momento, aunque otras cosas le parezcan más bellas y más importantes. Dar la vida, no tomarla. En esto consiste la libertad sacerdotal, a partir de la cual se entienden las horas de desvelo, el separarse de la propia familia y carecer de una propia, las largas horas de estudio y formación en las aulas del seminario, la prontitud para servir donde sea.

Libertad eucarística, libertad de sí mismo, libertad y amplitud del ser. Precisamente así, siendo útil, siendo persona necesaria para el mundo, la vida sacerdotal llega a ser importante y bella porque sólo quien da su vida la encuentra. Quien no se da a sí mismo da demasiado poco. Es Jesús quien orienta la vida sacerdotal, quien le da sentido a la vida y a los actos; no cabe duda que quien se da a sí mismo, lejos de perderse, se encuentra a él y al otro. Pero esta riqueza es el resultado del amor al Señor que parte el pan a través de las manos consagradas del hombre. En esta relación se entiende mucho mejor que la forma más auténtica de dar es darse uno mismo. También se entiende porqué el sacerdote recibe más de lo que da y porqué ese diálogo debe ser algo vivo, renovado cada día.

Quien ha vuelto su mirada hacia los demás y se ha encontrado con ellos, y en ese encuentro los ha amado de verdad, tiene preparado el corazón para encontrarse con Cristo y reconocer, como dice también el Papa Benedicto XVI en su Encíclica Spe salvi, que “la verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y nos sigue amando hasta el extremo, hasta el total cumplimiento”.
Volver arriba