Nos sentimos aludidos al escuchar en el Deuteronomio: “Mi padre fue un arameo errante…”
Erráticos
Gracias a la i final que avisa de su procedencia latina, la palabra pierde su carga despectiva o insultante porque, según el diccionario, idiótes no califica de entrada al ignorante e inexperto, sino a la persona particular, privada, del común, vulgar. Y si los apóstoles según Hechos eran idiotai y de pocas letras, lo que de verdad importaba de de ellos es que habían sido “los compañeros de Jesús” (He 4, 13).
Nos viene bien recordarlo al llegar un nuevo Papa que, antes que nada, es un idios, un particular, una persona corriente, con su historia, sus experiencias, sus relaciones y sus rasgos peculiares, como por ejemplo, que tiene buena planta, buena voz y con cierta frecuencia – al zoom de la TV no se le escapa nada - , traga saliva cuando se emociona.
Con los personajes bíblicos pasa algo parecido y a veces un pequeño detalle nos acerca a eso que llamamos “su idiosincrasia”: nos enteramos, por ejemplo, de que el trotamundos Pablo que afrontaba naufragios y tempestades, reclama el abrigo que se ha dejado en Tróade, como si temiera agarrar un resfriado (2 Ti 4,13); o que Santiago debía tener cierta fijación con lo de estrangular animales y por eso ponía casi a la misma altura la idolatría y retorcerle el pescuezo a un pollo sin desangrarlo (He 15.20).
Eso mismo ocurre con los Papas: cada cual llega con sus peculiares aficiones y sus pequeñas fijaciones, desde los canarios de Pío XII al piano de Benedicto, pasando por la tímida sonrisa de Juan Pablo I o el enfado de Francisco cuando aquella señora inoportuna lo retuvo al pasar. Qué estrechez de miras supondría pedirle al mesurado Pablo VI la jovialidad de Juan XXIII, o a León XIV que lleva su papel cuando habla, la facilidad de improvisación de Francisco.
Escribía san Juan de la Cruz que “ a los dichos de amor es mejor dejarlos en su anchura”: con cuánta más razón decidirnos a “dar anchura” a esos compañeros de Jesús de alta intensidad que son los Papas.
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