Domingo 19 Tiempo Ordinario C (11.08.2013)
La felicidad es voluntad del Creador
Introducción:por fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra... (Hebr 11,1-2.8-19)
Cuatro domingos leyendo fragmentos de los capítulos 11 y 12 de la Carta a los Hebreos. Ni carta ni a los Hebreos, sino sermón (13,22) escrito para leer en las asambleas cristianas (3,1-2.4; 6,4-6.9; 10,25-26; 12.22-24). Estos capítulos pertenecen a la última parte de la carta. Reabren el objetivo: reanimar la fe de los cristianos, cansados por nostalgias y dificultades, para que no vuelvan al formalismo fastuoso judío, o a la apostasía, sino imiten a los verdaderos creyentes.
Iniciamos hoy el capítulo 11. Sus versículos 1 y 2 introducen la historia de fe de “una nube de testigos que nos envuelve” (12,1), ejemplares para nosotros. No hay una definición completa de la fe. Pero sí se concreta algún aspecto esencial. Sobre todo en relación con la esperanza: “la fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve” (v. 1).Las claves son estas dos palabras: “hipóstasis” (lo que está debajo -hipo-hístemi-, su-posición, fundamento, realidad, naturaleza...) y “élegjos” (prueba o argumento, que sirve para convencer, acusar, avergonzar, refutar..). Se ponen en relación con cosas “que se esperan” y con “realidades que no se ven”. Desde estos significados se comprenden las diversas traducciones: La fe es “una forma de poseer lo que se espera, un medio de conocer las cosas que no se ven” (Cantera-Iglesias); “anticipo..., prueba...” (J. Mateos-Alonso Schökel); “convicción..., argumento... (J. M. Bover); “esfuerzo por conseguir lo que se espera, convencimiento... (Ed. Paulinas); “seguridad de lo que se espera, prueba...” (versión litúrgica). El v. 2 afirma que “los antepasados (“presbíteroi”) fueron aprobados en ella” (“martireo” en pasiva: tener buena reputación, ser aprobado). Se supone “por Dios”, según la Biblia. Aporta los testimonios de antes de Abrahán (vv. 3-7, no leídos hoy), de Abrahán y los Patriarcas (vv. 8-22, leído hasta el v. 19), de Moisés (11,23-31), de otros (11, 32-40). A todos la fe les fortalece la esperanza y les anticipa de algún modo lo que esperan.
Creer en Dios supone aceptar su existencia creadora “invisible”. En la realidad creada está el deseo de dicha, de felicidad, de cielo, de “ciudad de sólidos cimientos ideada y construida por él”. Buscar y realizar la dicha es voluntad del Creador. Abrahán, por tanto, “obedece” la voluntad divina “al salir hacia la tierra que iba a recibir en herencia”. Dios no quiere una tierra infértil. “Salir” de la miseria e injusticia es llamada de Dios. El creyente confía en que si tenemos sed o hambre es que hay agua y pan, y podemos buscarlos y encontrarlos. Esa es nuestra tarea. Si no fuera así, el mundo sería absurdo, no tendría sentido. El creyente se niega a creer en el absurdo. Cree en el Dios de la vida, de los deseos –promesas-, como Abrahán y Sara, que, a pesar de las dificultades, lucharon por encontrar tierra fértil y descendencia abundante. La fe puede llegar muy lejos, hasta creer que Dios pide, como algunos creen, sacrificar al primogénito. La fe va evolucionando con la inteligencia de la realidad, la ética, la historia que nos va construyendo... El misterio creador nos acompaña siempre con la paciencia infinita de su infinito amor. Abrahán descubrirá que Dios no quiere sacrificios humanos. Progreso religioso.
Oración:por fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra... (Hebr 11,1-2.8-19)
Jesús, testigo y obediente al Amor creador.
También tú, ante la realidad de tu época y país,
como Abrahán, Moisés y otros muchos creyentes,
sentiste la llamada del Creador.
En Nazaret, “donde te habías criado”,
en la sinagoga, al escuchar una lectura profética,
te creíste habitado por el Espíritu del Señor, que te ungía, te empapaba:
te incitaba “a dar la buena noticia a los pobres,
a proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos,
a proclamar el año favorable del Señor” (Lc 4, 16-21).
Tú también crees en el deseo de dicha, de felicidad, de cielo,
de “ciudad de sólidos cimientos ideada y construida por Dios”;
es el reino del Dios de la vida, de la libertad, de la igualdad,
de la abundancia, de la justicia, de la paz, del Amor solidario.
Esta utopía puede realizarse con nuestra fe y esfuerzo:
creer en ella es “seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve”;
“una forma de poseer lo que se espera, un medio de conocer las cosas que no se ven”;
“anticipo de lo que se espera, prueba de realidades que no se ven”;
“convicción de las cosas que se esperan, argumento de las que no se ven”;
“esfuerzo por conseguir lo que se espera, convencimiento respecto de lo que no vemos”;
La carta a los Hebreos nos trae muchos testimonios de fe:
desde siempre ha habido creyentes que se han sentido impulsados “a salir
hacia una ciudad de sólidos cimientos ideada y construida por Dios”,
“hacia la tierra que iba a recibir en herencia”.
Leemos hoy la fe de Abrahán y Sara que, a pesar de las dificultades,
lucharon por encontrar tierra fértil y descendencia abundante.
Creían en la bondad del Creador, pero eran humanos sometidos a evolución.
La fe les llevó a cometer errores: llegaron a creer que Dios pide,
como en algunas religiones de la época, sacrificar al hijo primogénito.
El Misterio creador, que acompaña siempre con infinito amor,
inspiró a Abrahán que Dios no quiere sacrificios humanos;
no puede crear al hombre libre para esclavizarlo y eliminarlo caprichosamente.
Es la historia del progreso humano y, por tanto, también religioso.
“No temas, pequeño rebaño, nos dices hoy en el evangelio,
porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino”.
Gracias, Jesús, por darnos a sentir el amor del Padre;
que nos “ciñe la cintura y enciende nuestra lámpara”;
nos hace descubrir nuevos espacios viables del Reino hoy:
nuestras comunidades respiran más libertad de palabra y de vida;
reconocemos mejor la dignidad de los diferentes;
los derechos humanos se van aceptando entre nosotros como un don del Creador;
nuestros dirigentes van renunciando al dominio y poder absoluto.
Envía, Jesús, testigo y obediente al Amor creador, tu Espíritu sobre todos:
que nos dé a entender y a amar la voluntad del Padre, su reino;
que vivamos la Iglesia como comunión, reflejo de la Trinidad divina;
que esta comunión brille es la organización y funcionamiento eclesial;
que “lo que afecta a todos sea tratado y aprobado por todos”;
que nos haga ver “semillas del Verbo” en la vida de nuestros días:
en la cultura de la igualdad, la libertad, el respeto a la realidad;
en el acceso de la mujer a toda responsabilidad y menester;
en el respeto a los derechos humanos...
Rufo González
Introducción:por fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra... (Hebr 11,1-2.8-19)
Cuatro domingos leyendo fragmentos de los capítulos 11 y 12 de la Carta a los Hebreos. Ni carta ni a los Hebreos, sino sermón (13,22) escrito para leer en las asambleas cristianas (3,1-2.4; 6,4-6.9; 10,25-26; 12.22-24). Estos capítulos pertenecen a la última parte de la carta. Reabren el objetivo: reanimar la fe de los cristianos, cansados por nostalgias y dificultades, para que no vuelvan al formalismo fastuoso judío, o a la apostasía, sino imiten a los verdaderos creyentes.
Iniciamos hoy el capítulo 11. Sus versículos 1 y 2 introducen la historia de fe de “una nube de testigos que nos envuelve” (12,1), ejemplares para nosotros. No hay una definición completa de la fe. Pero sí se concreta algún aspecto esencial. Sobre todo en relación con la esperanza: “la fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve” (v. 1).Las claves son estas dos palabras: “hipóstasis” (lo que está debajo -hipo-hístemi-, su-posición, fundamento, realidad, naturaleza...) y “élegjos” (prueba o argumento, que sirve para convencer, acusar, avergonzar, refutar..). Se ponen en relación con cosas “que se esperan” y con “realidades que no se ven”. Desde estos significados se comprenden las diversas traducciones: La fe es “una forma de poseer lo que se espera, un medio de conocer las cosas que no se ven” (Cantera-Iglesias); “anticipo..., prueba...” (J. Mateos-Alonso Schökel); “convicción..., argumento... (J. M. Bover); “esfuerzo por conseguir lo que se espera, convencimiento... (Ed. Paulinas); “seguridad de lo que se espera, prueba...” (versión litúrgica). El v. 2 afirma que “los antepasados (“presbíteroi”) fueron aprobados en ella” (“martireo” en pasiva: tener buena reputación, ser aprobado). Se supone “por Dios”, según la Biblia. Aporta los testimonios de antes de Abrahán (vv. 3-7, no leídos hoy), de Abrahán y los Patriarcas (vv. 8-22, leído hasta el v. 19), de Moisés (11,23-31), de otros (11, 32-40). A todos la fe les fortalece la esperanza y les anticipa de algún modo lo que esperan.
Creer en Dios supone aceptar su existencia creadora “invisible”. En la realidad creada está el deseo de dicha, de felicidad, de cielo, de “ciudad de sólidos cimientos ideada y construida por él”. Buscar y realizar la dicha es voluntad del Creador. Abrahán, por tanto, “obedece” la voluntad divina “al salir hacia la tierra que iba a recibir en herencia”. Dios no quiere una tierra infértil. “Salir” de la miseria e injusticia es llamada de Dios. El creyente confía en que si tenemos sed o hambre es que hay agua y pan, y podemos buscarlos y encontrarlos. Esa es nuestra tarea. Si no fuera así, el mundo sería absurdo, no tendría sentido. El creyente se niega a creer en el absurdo. Cree en el Dios de la vida, de los deseos –promesas-, como Abrahán y Sara, que, a pesar de las dificultades, lucharon por encontrar tierra fértil y descendencia abundante. La fe puede llegar muy lejos, hasta creer que Dios pide, como algunos creen, sacrificar al primogénito. La fe va evolucionando con la inteligencia de la realidad, la ética, la historia que nos va construyendo... El misterio creador nos acompaña siempre con la paciencia infinita de su infinito amor. Abrahán descubrirá que Dios no quiere sacrificios humanos. Progreso religioso.
Oración:por fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra... (Hebr 11,1-2.8-19)
Jesús, testigo y obediente al Amor creador.
También tú, ante la realidad de tu época y país,
como Abrahán, Moisés y otros muchos creyentes,
sentiste la llamada del Creador.
En Nazaret, “donde te habías criado”,
en la sinagoga, al escuchar una lectura profética,
te creíste habitado por el Espíritu del Señor, que te ungía, te empapaba:
te incitaba “a dar la buena noticia a los pobres,
a proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos,
a proclamar el año favorable del Señor” (Lc 4, 16-21).
Tú también crees en el deseo de dicha, de felicidad, de cielo,
de “ciudad de sólidos cimientos ideada y construida por Dios”;
es el reino del Dios de la vida, de la libertad, de la igualdad,
de la abundancia, de la justicia, de la paz, del Amor solidario.
Esta utopía puede realizarse con nuestra fe y esfuerzo:
creer en ella es “seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve”;
“una forma de poseer lo que se espera, un medio de conocer las cosas que no se ven”;
“anticipo de lo que se espera, prueba de realidades que no se ven”;
“convicción de las cosas que se esperan, argumento de las que no se ven”;
“esfuerzo por conseguir lo que se espera, convencimiento respecto de lo que no vemos”;
La carta a los Hebreos nos trae muchos testimonios de fe:
desde siempre ha habido creyentes que se han sentido impulsados “a salir
hacia una ciudad de sólidos cimientos ideada y construida por Dios”,
“hacia la tierra que iba a recibir en herencia”.
Leemos hoy la fe de Abrahán y Sara que, a pesar de las dificultades,
lucharon por encontrar tierra fértil y descendencia abundante.
Creían en la bondad del Creador, pero eran humanos sometidos a evolución.
La fe les llevó a cometer errores: llegaron a creer que Dios pide,
como en algunas religiones de la época, sacrificar al hijo primogénito.
El Misterio creador, que acompaña siempre con infinito amor,
inspiró a Abrahán que Dios no quiere sacrificios humanos;
no puede crear al hombre libre para esclavizarlo y eliminarlo caprichosamente.
Es la historia del progreso humano y, por tanto, también religioso.
“No temas, pequeño rebaño, nos dices hoy en el evangelio,
porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino”.
Gracias, Jesús, por darnos a sentir el amor del Padre;
que nos “ciñe la cintura y enciende nuestra lámpara”;
nos hace descubrir nuevos espacios viables del Reino hoy:
nuestras comunidades respiran más libertad de palabra y de vida;
reconocemos mejor la dignidad de los diferentes;
los derechos humanos se van aceptando entre nosotros como un don del Creador;
nuestros dirigentes van renunciando al dominio y poder absoluto.
Envía, Jesús, testigo y obediente al Amor creador, tu Espíritu sobre todos:
que nos dé a entender y a amar la voluntad del Padre, su reino;
que vivamos la Iglesia como comunión, reflejo de la Trinidad divina;
que esta comunión brille es la organización y funcionamiento eclesial;
que “lo que afecta a todos sea tratado y aprobado por todos”;
que nos haga ver “semillas del Verbo” en la vida de nuestros días:
en la cultura de la igualdad, la libertad, el respeto a la realidad;
en el acceso de la mujer a toda responsabilidad y menester;
en el respeto a los derechos humanos...
Rufo González