Santísima Trinidad (31.05.2015)

Introducción:Bautizadlos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo” (Mt 28,16-20)
El capítulo 28 de Mateo narra la tumba vacía, la aparición a las mujeres, el soborno de los guardias (famosa la ironía de San Agustín: “¡testigos que presencian un hecho mientras duermen!”), y el encuentro con los Once donde les encarga la misión (v. 16-20). Este es el texto leído hoy, fiesta de la Santísima Trinidad. Jesús revela a los Once su voluntad de enseñar el evangelio a toda la gente, vinculándola con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y su presencia permanente entre ellos.

La revelación ocurre en Galilea, en “el monte que Jesús les había indicado”, región donde arrancó su anuncio del Reino con signos y palabras. Jesús aparece exaltado y hecho Señor. La adoración y la vacilación son propias de la fe, siempre oscura, que acepta la revelación de que Jesús vive, les intima su voluntad y les asegura su compañía por siempre.

Acercándose a ellos, les dijo...”:
debieron sentir con mucha profundidad su presencia ilimitada de resucitado, presente en todas partes, coetáneo de todos los discípulos. Le sienten igual a Dios: "se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”. “Acaba de dárseme”: aoristo ingresivo, voz pasiva “teológica” (por Dios). El Hijo del hombre ha sido reconocido “Señor” de cielo y tierra.

Id y haced discípulos de todos los pueblos”.
“Id” no es imperativo en el texto griego; es participio al que sigue una conjunción y el imperativo “haced discípulos”. Puede traducirse por “marchando pues”, “yendo pues”, “viviendo, pues” (el verbo “poreuomai” significa también vivir, pasar la vida). La fuerza del mandato tajante de Jesús recae sobre el trabajo de “hacer discípulos”, en todo tiempo y lugar, en toda vida y durante toda la vida. “De todos los pueblos” es la traducción litúrgica del complemto directo original: “a todas las naciones”. Se trata de personas físicas, no “naciones”; de aquí la concordancia de “bautizándolos” (en masculino) que no se refiere a “las naciones” (neutro plural en griego), sino a las personas que vayan creyendo. En este texto no hay apoyo alguno para el bautismo masivo de pueblos ni de niños o personas sin conocimiento y, por tanto, sin fe.

Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. La traducción de A. Schökel-J. Mateos dice: “bautizadlos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a guardar todo lo que os mandé”. Conviene detenerse en el significado de “bautizar”: sumergir, hundir, zambullir. La preposición griega de acusativo “eis” (hacia, con tendencia a entrar dentro), expresa un dinamismo, progreso, avance hacia otra realidad en la que se quiere entrar. Esta preposición la tienen en cuenta estos autores para traducir el proceso bautismal: “para vincularlos”. Las vinculaciones humanas no son como las puramente materiales. Se parecen más a los injertos en los que se comunica vida. Las vinculaciones personales exigen conocimiento, aceptación, simpatía, convivencia... De aquí que la ceremonia bautismal sea el signo expresivo de una vinculación personal con el Padre, el Hijo y el Espíritu. No será un inicio, sino una conclusión. Bautizar es un proceso personal donde uno se va vinculando, entrando en relación con el Padre, con el hermano Jesús, empapándose poco a poco del Espíritu. Así lo dejan entrever estas expresiones bautismales:: “aceptando su predicación, se bautizaron” (Hechos 2, 41); “baño de regeneración y renovación, obra del Espíritu” (Tit 3,5); “sepultados para unirnos a su muerte... como Cristo resucitó, así caminemos con un estilo nuevo de vida” (Rm 6, 4); “revestirse de Cristo” (Gal 3, 27).

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Es la convicción de todas las comunidades cristianas. Con ella se abre el evangelio de Mateo: “Le pondrán de nombre Emanuel, que significa `Dios con nosotros´” (1,23). Es uno de los contenidos básicos de la formación cristiana: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

Oración:Bautizadlos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo” (Mt 28,16-2)

Padre, Hijo y Espíritu Santo:
al celebrar hoy vuestra realidad, me vienen estas palabras intuitivas:
“cuando ames, no digas: `tengo a Dios en el corazón´;
di más bien: `estoy en el corazón de Dios´”
(Khalil Gibran (cristiano maronita, escritor y artista libanés (1883-1931): El Profeta (1923)).
Estar en el corazón de Dios es vivir en su Espíritu, por el Hijo, bajo la mirada del Padre.

La experiencia bautismal nos sumerge en el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu:
A Dios nadie lo ha visto nunca;
el Dios Hijo unigénito, el que está en el regazo del Padre, ése lo reveló
”.
De su plenitud todos hemos recibido un amor que responde a su amor...
el amor y la lealtad han existido por medio de Jesús, el Mesías


En Jesús de Nazaret, hemos visto y oído la vida que se dirigía al Padre:
él nos ha intimado, con obras y palabras, el amor del Padre:
¡ved qué amor tan grande nos ha regalado el Padre:
que nos llamemos hijos de Dios! Y de hecho lo somos
”.
En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios:
enviando al mundo a su Hijo único para que vivamos por él
”.
Si Dios nos ha amado así, es deber nuestro amarnos unos a otros”.
A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente,
Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros
”.
El amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”;
esta es la señal de que habitamos en él y él en nosotros:
que nos ha hecho participar de su Espíritu.
La unción con que él os ungió sigue con vosotros y no necesitáis otros maestros.
No, como esa unción suya, que es realidad, no ilusión,
os va enseñando en cada circunstancia conforme a lo que él os enseñó,
permanecéis en él
” (Jn 1,18.16; 1Jn 3,1; 4,7ss; 2,27).

En la resurrección de Jesús hemos vivido vuestra unidad trinitaria:
Es a este Jesús a quien resucitó Dios, y todos nosotros somos testigos de ello.
Exaltado así por la diestra de Dios y recibiendo del Padre el Espíritu Santo prometido,
lo ha derramado: esto es lo que vosotros estáis viendo y oyendo
” (He 2,32-33).

Percibimos la unidad del Padre, del Resucitado y del Espíritu:
El Padre da vida en su Espíritu al Crucificado;
lo proclama Señor y Cristo, Hijo de Dios.

El Resucitado acoge el Espíritu del Padre;
lo entrega a todos los que van creyendo en él;
nos introduce en la comunión de vida con él y con el Padre;

El Espíritu hace del Crucificado el Viviente;
nos vincula a nosotros con el Resucitado;
nos hace pasar del miedo y de la muerte a testigos audaces del Amor.

La historia de Jesús es historia de amor trinitario:
Así demostró Dios su amor al mundo, entregando a su Hijo único...”(Jn 3,16);
El Hijo va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán” (Mc 9,31);
quien lo entrega es Dios, el Padre, el Amor (voz pasiva teológica o divina).

Así los primeros cristianos, amando como Jesús, reconocían
vivir en la fe del Hijo de Dios,
que me amó y se entregó a sí mismo por mí
” (Gal 2,20).

Hoy, Trinidad santa, manifestamos nuestra voluntad de
hacernos imitadores de Dios, como hijos queridos;
de vivir en mutuo amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros,
ofreciéndose a Dios como sacrificio de suave fragancia
” (Ef 5,1-2).

Rufo González
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