Leo en un diario: “Una treintena de residentes en Barcelona carecen de nacionalidad y aspiran a que se les reconozca como apátridas... Tienen identidad pero ningún estado los reconoce como propios”. Esto no les pasaría ni a multimillonarios, ni a deportistas de élite, ni a premios de prestigio internacional en cualquier de las especialidades científicas. En realidad, buena parte de los inmigrantes son gente sin patria, sin lengua y sin dinero.