La buena disposición para el diálogo no puede hacer que los dialogantes cierren los ojos a la realidad. Firmin, espués de tomar el matarratas que le había puesto engañosamente Norman, pensó en vengarse pero se dijo: Hubiera sido como vengarse de un fantasma puesto que “el Norman que yo había conocido y amado había resultado no existir, no ser más que una imaginación mía, producto de un enorme malentendido del que no podía echarle la culpa a nadie más que a mí mismo” (Sam Savage, Firmin, p. 121). Muchas veces no es el otro quien nos engaña; somos nosotros mismos que nos equivocamos al depositado en él más confianza d ela que su condición merecía.