La
entrada a Jerusalén resulta espectacular: miles de hombres y mujeres, niños y niñas, ancianos, corean mi nombre,
tratan de tocar mi manto, alzan sus manos y me aplauden. Algunos han traído ramas de olivo para alfombrar mi camino. Quería haber caminado en silencio, pero me "obligaron" a subir a una borriquilla. No me gusta el halago público, mi misión no es la de convertirme en un líder de masas. Veo a aquellos que giran a mi alrededor.
Los más pobres, los olvidados, los desheredados, las víctimas...
Contemplo sus ojos, ilusionados, emocionados, expectantes, y
sé que apenas en cuatro días sus miradas estarán cargadas de rabia, odio, y de sus bocas saldrán gritos exigiendo mi muerte. Se la servirán en bandeja de plata. Y, sin embargo, nunca hay que perder la ilusión, la esperanza.
Ésa si es mi misión: traer esperanza a Jerusalén, y al mundo que debemos descubrir a nuestro alrededor. Las risas darán paso en breve a la furia. Disfrutemos del momento ahora, y no perdamos pie en todo lo que va a pasar.
baronramante@hotmail.es