El hombre que convierte el agua en vino

Tengo con Fernando Giménez una amistad basada en los años, en la confianza y el respeto mutuos. No hay muchas afinidades en el modo de entender la Iglesia, su estructura o la obediencia debida a los obispos, pero la conversación siempre es franca y abierta. Sin cuestiones que queden sin respuesta y sin necesidad de pedir que las confidencias no rebasen los límites de lo privado. Pero es que Fernando Giménez es, hoy, probablemente el laico con mayor poder en la Iglesia española. Casi diría que es el laico que mayor poder ha atesorado en la historia de nuestra Iglesia. Entre otras muchas cosas: presidente de Cope, gerente del Episcopado y director financiero de ese gran entramado económico que supone la JMJ. Aunque la vida se la gana como profesor de la Autónoma.

Un tipo con don de gentes, y que gana mucho en la pequeña distancia, aunque sugiere un carácter de tiburón a la hora de negociar, "para mayor bien de la Iglesia" con el Gobierno de turno, el empresario que toque o los mismos obispos. Porque Fernando Giménez, obviamente, obedece órdenes de arriba, pero también habla, y mucho. Y afortunadamente, muchos de sus consejos son valorados por la jerarquía.

Así ha sucedido con la financiación del IRPF (dejando a un lado lo que supone en sí el acuerdo por el que la Iglesia se lleva el 0,7 y a qué va destinado realmente), y sucederá, a buen seguro, con la JMJ. Fernando Giménez no es un encantador de serpientes, aunque probablemente tendrá su "público". Pero sí parece tener la varita mágica para sacar buen rédito de cualquier talento que pase por sus manos, para encontrar agua en el desierto, y para acabar convirtiéndola en vino. A buen seguro, salvará la Cope de la quiebra, llevará a la Conferencia Episcopal a una situación económica más desahogada y, aunque no nos enteraremos bien, contribuirá al mayor éxito organizativo -y fiscalmente viable- de la Iglesia española en los últimos años. Ya no está en su mano que, después, el magnífico "concierto" en torno al Papa sirva para algo. Pero, oigan, no es Dios. Y tampoco el cardenal Rouco.

baronrampante@hotmail.es
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