Dios laico y virtudes públicas en Ortega

Servicio de la filosofía a la teología

Con el discurso anterior sobre la verdad Ortega quiere impugnar una idea difundida, según la cual, es el intelectual quien deshace la fe tradicional y común de un pueblo. Ahora expone su argumentación: "la intelectualidad misma, esto es, la inteligencia en el sentido estricto de razón y racionalismo, nace precisamente porque ese pueblo ha perdido antes la fe, y no disponiendo de medio mejor, algunos acuden a reparar el daño con lo único que les queda, con lo poco que tienen y con que cuentan: con su pobre razón.

Así nació la filosofía en Grecia hacia el año 500 antes de Cristo. Él mismo escribió hace tiempo que la razón, y especialmente la filosofía es el entablillado que se pone a una fe quebrada" (Una interpretación de la Historia Universal IX, 147).
Por tanto, la filosofía no mata a la fe, lo que ha sucedido es que al debilitarse ésta, la filosofía no ha tenido más remedio que sustituirla. Y, aunque el sucesor aparece como un enemigo o suplantador, en realidad no hace sino servir al que se fue, intentando prolongar su virtud, ocupando su puesto. La filosofía, insiste, no se opone a la fe, es ella misma una fe. Consiste en creer que el hombre posee una facultad, la razón, que le permite descubrir la verdad.

Pero lo firme es la fe; en cambio, la razón es constitutivamente titubeo, vacilación, duda ante el teclado de múltiples posibilidades de pensamiento, y por eso mismo menos firme que la fe. Tal vez el hombre esté condenado a la razón, a una tarea siempre incompleta y no firme, necesitando comenzar siempre de nuevo, como Sísifo tenía que subir a la cima del monte el peñasco que eternamente volvía a rodar hacia el valle. Un castigo que le había impuesto Zeus por haber delatado su rapto de Egina (Ibid., 135ss).

Ortega nos previene con gran lucidez desde hace más de medio siglo, contra los brotes fundamentalistas de la fe, que están en vigor hoy. Dado que la importancia de la fe en la vida humana es grande, la expresión de las propias creencias reclama en el trato interhumano algunas precauciones. No es lícito arrojar sin más sobre el rostro del prójimo secularizado de hoy nuestra fe. Decir la fe a bocajarro, no es decirla, es degradarla, envilecerla y transformarla en insulto muchas veces. No saquemos hoy la hostilidad teológica medieval, no intentemos reproducir la opinión bárbara que sobre el islamismo tenían los cruzados del siglo XI y la orden de los calatravos del XII .

Las discrepancias de la fe no pueden servir jamás de pretexto para recurrir a la hostilidad. Hay que dar paso a la "alianza de civilizaciones" que ha sugerido el presidente Rodríguez Zapatero y que ha sido acogida con mucho agrado por Las Naciones Unidas y por todos los hombre y mujeres dialogantes, creyentes y no creyentes.

La actualidad de Ortega al respecto es máxima y debían tenerla en cuenta tanto los que recientemente han insultado la fe islámica en los periódicos, como las iglesias que no respetan la actitud del hombre laico o secularizado de hoy, que no quiere que una confesión religiosa invada su vida ni la de las instituciones públicas o que aparezca en los textos de las constituciones civiles. Aclaremos que religión no equivale a cristianismo, éste es más y mucho más profundo, él pretende la encarnación en el mundo de unos valores que son fundamentales para la convivencia humana, como justicia, libertad, paz, igualdad, bien común, solidaridad, tolerancia etc.

Valores que muchas veces son más promovidos y respetados por las personas secularizadas que por las religiosas. En esta línea va la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, en su afán de poner al día el mensaje cristiano y hacerle accesible al lenguaje de hoy. Pero, algunas confesiones cristianas se han decantado últimamente por un lenguaje metafísico-religioso intemporal.

El teólogo evangélico Bonhoeffer elaboró una teología de la cruz que está en línea con el pensamiento de Ortega: "Dios clavado en la cruz permite que le echen del mundo y sólo así está con nosotros y nos ayuda. Por tanto, el Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona". Las confesiones mencionadas no se adaptan con demasiada frecuencia a vivir en el mundo laico de hoy, que es adulto e independiente, sin enseñarle ni exigirle nada; ellas se presentan siempre como maestras.

Por eso Bonhoeffer les reprocha que no hayan comprendido la profunda intramundanidad del cristianismo. El cristiano, dice, no es un hombre religioso, sino simplemente un hombre, lo mismo que Jesús fue un hombre, es decir, un laico más en la vida de su pueblo. La explicación es clara: no es el acto religioso el que hace cristiano al cristiano, sino su participación en el sufrimiento de Dios en la vida del mundo. "El hombre está llamado a sufrir con Dios en el sufrimiento que el mundo sin Dios inflige a Dios" .

El teólogo evangélico se está refiriendo a lo religioso como el envoltorio de lo mítico-numinoso que de ordinario acompaña al cristiano actual, en oposición al cristianismo primitivo. Es la presencia de Dios en el mundo a través de la encarnación la que llevó a Bonhoeffer a tomar en serio lo terreno donde se alzó la cruz de Jesús. En ella Cristo aparece despojado de todo resvestimiento religioso, invitándo al servicio responsable dentro de la realidad mundana. Y, a pesar de vivir en una época de cristiandad, tuvo la clarividencia de un tiempo próximo en que se hablaría de la palabra de Dios con un lenguaje nuevo, arreligioso, liberador y redentor como el lenguaje de Cristo.
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