Nueva Teología Política Europea (curso)

Capítulo Quinto

Teología política y secularización


2. Evolución histórica de la secularización

2.2. La Iglesia asume el discurso secular en el Vaticano II

Retomamos el discurso del teólogo conciliar, E. Schillebeeckx, quien refiere cómo después de la ilustración las ciencias de la naturaleza, del espíritu
y del comportamiento humano actuaban ya en la edificación del mundo como ciudad habitable del hombre y representaban el horizonte de comprensión racional, en el que la vida se proyectaba hacia un futuro humano.

También la Iglesia en el Vaticano II valora mucho la importancia de la ciencia en el mundo moderno y contemporáneo (GS 5, 36, 59). Y esto ha sido así, a pesar de que el proceso de secularización ha significado una pérdida creciente de la función que realizaban la religión, la teología y la Iglesia con la aparición de un mundo nuevo e independiente.

Pero el Concilio vió con meridiana claridad que la Iglesia no podía seguir viviendo en su antiguo nundo, ajena al que vivía la mayor parte de la humanidad. Era tal la ruptura existente entre la Iglesia y el mundo que parecía que había dos mundos distintos, el mundo del recuerdo, esto es, la Iglesia, y el mundo del futuro.

Lentamente, ella va haciéndose consciente de que a esta nueva humanidad dinámica y crítica no se la puede hablar de Dios ni presentar el mensaje cristiano de forma tradicional. De modo que la apertura al mundo y la valoración positiva de la secularización que esto significa, es el aspecto más innovador del concilio Vaticano II.

El proyecto de Juan XXIII al convocarlo fue, precisamente, presentar el mensaje cristiano de manera que diera respuesta a las exigencias de la modernidad y su cultura, cuya característica más sobresaliente y provocadora es la laicidad, esto es, la reivindicación de autonomía frente a la religión y la Iglesia.

De algún modo el Concilio quiso dar respuesta al problema que se venía planteando ya hacía tiempo ¿qué significa hablar de Dios en un mundo que no tiene necesidad de él y que se ha organizado sin él? La respuesta negativa que dió la Iglesia en el pasado fue el Syllabus.

Ahora el Vaticano II rectifica y da un giro muy notable, al reconocer que el proceso de secularización que vive el mundo, con la responsabilidad histórica del hombre en él, es legítimo y representa un progreso. El teólogo Giulio Girardi pone el fundamento de este giro conciliar en la nueva concepción del hombre y en su relación con Dios: el hecho de que el hombre sea imagen viva de Dios no es obstáculo, sino la mejor garantía para ser autónomo en el mundo y el centro de todo el universo.

Es decir, su radical dependencia de Dios no excluye su inicitiva propia y su responsabilidad histórica en el mundo. Es más, esta autonomía conseguida por el hombre mediante la secularización no se considera sustraida a la acción de Dios, al contrario, es en la iniciativa libre y creadora del hombre donde Dios manifiesta su poder creador.

Es cierto que la afirmación de que el hombre es fin, aunque sea subordinado, no es nueva en la tradición cristiana, pero por primera vez en una sede eclesiástica oficial, se sacan sistemáticamente sus consecuencias en orden a la valoración del mundo moderno. De modo que la autonomía relativa del orden profano se basa en la autonomía absoluta de la persona humana, que es la única que puede ser considerada "fin, autora y regla de su acción". Absolutez claramente afirmada por el Concilio (GS 12, 17, 24, 25, 26, 34, 35, 39, 63, 67, 73, LG 36).

Por otra parte, si la esencia del cristianismo es el amor interhumano, su verdadera identidad no es religiosa sino profana. Por tanto, no se define en función del que cree o no cree en Dios. Otro componente esencial del cristianismo es el amor a Dios, pero éste, en la óptica del evangelio, no puede darse si falta aquel amor primero entre los seres humanos, imágenes vivas de Dios a quien no vemos.

Por tanto, el Concilio reconoce el valor cristiano del amor humano independientemente de su relación a Dios. En consecuencia, la apreciación de los valores profanos que hace la Iglesia en el Vaticano II muestra su disposición al diálogo con el mundo, incluso con el ateísmo y el marxismo, para hacer posible la colaboración entre creyentes y no creyentes en la edificación de un mundo nuevo.

La Iglesia se ha abierto al mundo, decía Pablo VI en el discurso de clausura de la III sesión conciliar. Y en la apertura de la IV sesión insistía: "La Iglesia, en este mundo, no es fin en sí misma, está al servicio de todos los hombres; debe hacer presente a Cristo a todos, individuos y pueblos, del modo más amplio y más generoso posible; esta es su misión" .
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Cristianismo y Secularidad
Manual de NuevA Teología Política Europea

Ed.Tirant lo Blanch (Valencia 2007
Por Francisco Margallo
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