Pecado contra el Espíritu Santo

El gran pecado contra el Espíritu Santo es para Ortega el horror a las ideas y a las teorías, es decir a la ciencia y al conocimiento. La inconsciencia es lo que se opone a la virtud de la ciencia y cuando esta terrible enfermedad inficiona la vida de un pueblo lo convierte en uno de los barrios bajos del mundo.

Todos los que somos sensibles a los enfermos de Parkison, Alzheimer y otras enfermedades degenerativas del cerebro hemos de felicitarnos de que se haya autorizado la selección genética de embriones para cambatir estas enfermedades. Es una buena noticia, porque intereses inconfesables han declarado continuamente la guerra a la ciencia en nombre de la religión.

Galileo fue una de sus primeras víctimas. Un caso lamantable en opinión de los grandes pensadores, originado más que por reservas dogmáticas de la Iglesia, por intrigas de grupos particulares. No obstante, la herida abierta en tantos combates contra la ciencia sigue abierta y no cicatrizará jamás si nos empeñamos en oponer ciencia y religión.

Podemos decir que el científico es el mayor colaborador de Dios en la obra de la creación, pero como reconoce el Concilio Vaticano II no es un usurpador del lugar que le correponde al Creador (GS 41). En la reciente película Angeles y demonios el presunto papa dice que no tiene por qué haber oposición entre ciencia y religión, sino que han de dialogar y entenderse, porque las dos dicen lo mismo con distintas palabras.

El cardenal Nicolás de Cusa, que en el siglo XV se convirtió en mecenas de los científicos, admite que a veces sus creaciones se vuelven contra ellos, puesto que gozan de existencia propia, fuera del sujeto que las creó y desentendidas de la intención de éste. Es el inconveniente de ser creador, dice, pero al Dios bíblico le ocurrió ya eso, creó al hombre y el hombre se volvió contra él.

Hay que curar la ceguera contra la ciencia, hay que ver como Dios. El no es celoso de nosotros, al contrario, se sentirá halagado. La fe del carbonero ignorante no deja de ser un error. Con todo, sobre la ciencia cabe siempre la discusión, porque ella está en revisión permanente y, además, es una virtud muy humilde. Sócrates padre de la ciencia la llama docta ignorancia.

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