Relación hombre-naturaleza

Una tesis ecológica a tener siempre en cuenta es que la relación del hombre con la naturaleza es absoluta, porque proce de ella y no puede subsistir sino dependiendo de ella.

Sin embargo los españoles no estamos concienciados aún sobre el tema, porque los campos están bastante descuidados y aunque el agua escasea en muchas regiones, en las que la hay no ven el peligro que corremos todos de quedarnos sin un bien tan preciado. Deberíamos aprender de nuestros vecinos los franceses, de sus campesionos que son más laboriosos y apasionados que los nuestros. No en vano se llama a Francia "la bien labrada". Nada más pasar la frontera de Hendaya, la diferencia es notable, no se ve un palmo de tierra que no esté cuidado con esmero.

Esto exige mucha dedicación y horas de trabajo, cosa que nosotros, salvo excepciones, no hacemos. Preferimos matar el aburrimiento o beneficiarnos del paro jugando a las cartas en el bar de la esquina. Tampoco las autoridades locales parecen forzar la imaginación para estimular al trabajo del campo, aunque éste no esa inmediatamente rentable. A largo plazo sí que lo sería, porque si se fomentara, por ejemplo, la repoblación forestal con especies adaptadas al clima, estas propiciarían la lluvia y cuando cayera torrencialmente no se perdería inútilmente, las ríces de los árboles la retendrían.

Es cierto que no hay en toda Europa un país tan árido y desértico como el nuestro. El 80% del territorio es árido por causa del clima poco favorable. Y es sabido que la humedad de una región se determina no por el agua que recibe, sino por la proporción entre la que recibe y la que devuelve por evaporación. Pues bien, en España la evaporación es muy superior a la lluvia que cae en ella. De modo que en nuestro país sube más agua hacia las nubes que de las nubes a la tierra. Una paradoja pero así es. Cuidemos más el agua que tenemos.

Otra cuestión a la que los ecologistas nos piden que prestemos mucha atención es la carrera consumista en que los países ricos estamos embarcados y que ya no da más de sí. La naturaleza ha dado suficientes gritos de alarma con las tragedias que ella misma se ve obligada a protagonizar, acosada por el efecto invernadero que el exceso de gases arrojados al espacio provocan. De todo esto nos alertó el Informe del Club de Roma hace unas décadas, pero hemos hecho oídos sordos mucho tiempo. En cambio, hoy la ecología se impone como una preocupación ética, incluso teológica, y se ha convertido en una crítica radical del modelo de civilización que estamos construyendo .

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