La cigüeña en el campanario 12
La blanca cigüeña,
como un garabato,
tranquila y deforme, ¡tan disparatada!
sobre el campanario.
(Antonio Machado)
Capítulo III
Fe. Lenguaje y Santo Oficio
(Cont.,viene del día 18)
Empezamos ya a palpar el problema de "fe y lenguaje", que es el asunto de este capítulo. Un problema que si no me equivoco, dice Díez-Alegría, deja en ridículo al Santo Oficio (que ya no se llama así, sino Congregación de la Fe, pero sigue siento Santo Oficio). Antes, a pesar del fracaso de la palabra explicativa, voy a añadir algún pequeño análisis de la vivencia de mi fe. Todavía tengo que decir algo a propósito del "creo en Jesús".
El Jesús de mi fe es un hombre de carne y hueso, Jesús de Nazaret. Pero si me coloco en el plano de mi exoperiencia sensible y la reflexión encardinada en ella, en ese plano, no encuentro al Jesús en quien creo. Porque, visto desde esa perspectiva, Jesús está muerto desde hace 2.000 años. Mientras que el creer "en", se dirije a un "tu" real(vivo) actual y futuro, y no meramente pasado (recordado).
Ciertamente, en mi entorno social sensible y práctico, no encuentro a Jesús en persona. Y, sin embargo, mi creer "en" él, es encontrarlo. No es saber (o creer saber) especulativamente que él existe(en el cielo, por ejemplo, sino tocarlo, estar en contacto con él. ¿Cómo? No lo sé. Pero lo vivo. Por eso, el "tú" que es Jesús para mí, en mi vivencia de fe, más bien está dentro de mí que fuera. Pero, sin embargo, es de veras "Alguien" que no soy yo. "Uno" que me ha agarrado, que se ha apoderado de mí.
Y ese no es una especie de sujeto metafísico, como el que Kant presuponía para dar cuenta de la universalidad y objetividad del conocimiento humano. No. El que me ha "agarrado" sin manos, y con el que me encuentro, sin saber cómo, es algo mucho más sencillo y popular. No tiene un "ser" filosófico. Es aquel Jesús de Nazaret, hijo de María.
Ya sé que esta convicción de realismo de la fe, tal como yo la vivo, no puede ser compartida por quien no tenga una fe semejante. El no-creyente, al analizar mi fe, donde yo vivo una convicción existencial radicalísima, tomará nota de una "pretensión" de realismo, que podrá descalificar o abstenerse de calificar. En este último caso, dejará una interrogación abierta, que, como pregunta, podrá resultarle concerniente o ajena a su experiencia vital.
Siento el más profundo respeto por los que no creen. Y no entiendo cómo puedo yo tener una fe como la descrita. Pero la tengo. Desde dentro de la fe, el encuentro con Jesús es realidad, aunque no tangible, y no mera "pretensión de realidad". Desde fuera no se puede ver del mismo modo. Por eso fue una intentona más bien estúpida la de cierta apologética del siglo pasado, que pretendía demostrar que el creyente tiene razón. La fe no se demuestra. Es demasiado misteriosa. Tampoco se puede demostrar que la poesía es bella. La fe se vive.
Sobre esta gratuidad de la fe se podrían añadir muchas cosas. San Agustín decía con razón que se le podrá obligar a uno a decir que cree, pero no se le puede obligar a creer. "Nadie puede creer si no quiere". Pero tampoco se cree porque uno quiere. Hay quien quisiera creer y no llega a eso. En el creer hay un misterio, que el creyente considera una "gracia", un don que le viene, que se le da. Pero, a la vez, la fe entraña una opción radicalísima, un acto de libertad creadora, un ir yo, queriendo, con todo mi ser.
Ningún creyente podría entender esto bien, objetivarlo para poder analizarlo. La fe es vida vivida, que no puedo coger con la mano, para disecarla. Fluye en lo más íntimo de mi, y se me escapa. Juega conmigo y yo juego con ella, como la Sabiduría con Dios según el libro de los Proverbios (8,30). Ahora estoy hablando de la fe en relación con el problema del lenguaje en que se expresa o puede expresarse.
Pero, de la fe misma, nos queda aún la otra vertiente señalada al principio. Porque no sólo creo "en" Jesús. También creo(conjunta e inseparablemente)"que" Dios resucitó a Jesús. Es decir, que la fe cristiana, según mi leal sentir y entender, es convicción de que un acaecimiento real ha acontecido fuera de mí y más allá de mi subjetividad consciente. En este sentido, el talante de la fe no es "idealista", sino más bien "materialista" o realista. Pero de un modo muy especial...
Ver JM. Díez-Alegría, Rebajas teológicas de otoño. Ed Desclée de Brouwer 1980