¿Es la Biblia Palabra de Dios? (Juan L. Herrero del Pozo)

La concepción de la revelación como regalo extraordinario yraro de la divinidad se traduce en una veneración casi idolátricade las sagradas escrituras que la contienen. Y no me refiero a lalógica estima de cualquier pueblo por sus textos religiosos antiguos,
sino a la desmesura de musulmanes y cristianos. Desmesura que está
cabalmente a la medida de su ilusorio origen divino y en contradicción
con su textura histórica realmente humana, por sublime que en
ocasiones sea.
Las sagradas escrituras cristianas,
no menos que el Corán, ofrecenla apariencia tan humana y normal como cualquier otro textoreligioso.
Momentos históricos y palabras a veces de altura grandiosa
junto a otros momentos rudos, decepcionantes, crueles. No
es difícil percibir con claridad ese lento desarrollo de crecimiento
y afinamiento de la conciencia colectiva propios de los procesos
históricos dilatados, desde unos comienzos de politeísmo declarado
hasta, más tarde, los refinamientos de la literatura sapiencial. La
evolución religiosa es lenta. Hasta unos tres siglos antes de Cristo
no se asienta la creencia en un más allá de recompensa feliz. El
partido saduceo, la casta sacerdotal, aún no creía en la resurrección
en tiempos de Jesús, a decir de los evangelios. Muchos cristianos y
la misma interpretación oficial se han encontrado bien embarazados
con tantos pasajes en los que Dios manifiesta una intolerable
crueldad, como cuando ordena pasar a sangre y fuego una ciudad.
El libro de Job es un clásico del desconcierto ante un Dios arbitrario
que no castiga a los malos, ni premia a los buenos. Desconcierto
que, lastimosamente, aún perdura en buena parte de los creyentes
(y que, en cambio, es el alimento espiritual de los fundamentalismos
evangélicos del entorno de Bush).
Parece claro que los textos bíblicos se explican con facilidad,
sin recurrir a un plus divino de sentido y trascendencia, como la
mera consignación escrita de la conciencia de un pueblo que progresivamente,a través de tanteos, fallos, fustigación profética, fue
abriéndose camino en la historia, por otra parte con influencias importantesde otros pueblos del medio oriente.
No cabe duda que el manejo de la Escritura sufre con esta visión
una profunda relativización.
Más que palabra de Dios
–comose proclama en la liturgia cristiana- es palabra de hombres y sólo
es palabra de Dios en la medida y en los casos en que la conciencia
humana se hace sensible a la realidad profunda de los acontecimientos,
las personas y las cosas y, de ese modo, conecta y se acerca al
misterio de Dios. Ahora bien, al afirmar ‘en la medida’ nos estamos
remitiendo, una vez más, como criterio inmanente último, a la propia
conciencia, es decir, a la razón integral. En este paradigma no
parece existir ningún otro criterio de verdad.
Pues bien, con esta perspectiva rebota la vieja polémica de la
Reforma en torno a la primacía de la Escritura sobre la Tradición y
se cambian las tornas: el criterio definitivo de la verdad de la Biblia
depende de la acertada interpretación, por supuesto flexible, modu-lable y cambiante de las tradiciones religiosas judías y cristianas.
Quiero decir que, ni en este terreno ni en ningún otro, la conciencia
individual es garante de verdad de forma aislada y autosuficiente.
La conciencia es esencialmente intersubjetiva e histórica.
No puedeprescindir de una respetuosa consideración del pasado, sin quedar
por ello prisionero de él. Debe mantenerse conectada estrechamente
a la experiencia viva de las comunidades creyentes. En el estadio
posterior de análisis e interpretación de los textos será imprescindible
echar mano de todos los recursos científicos de la sana hermenéutica,
aunque no ya para descifrar lo que Dios quiso decir, sino
por entender lo que el hagiógrafo pudo y quiso afirmar, es decir, en
actitud crítica y honesta como merecen textos tan antiguos.
Y, sobre todo, es importante señalar la exigencia de connaturalidad
y sintonía espiritual del lector creyente con la finura y grandeza
religiosas de los autores bíblicos, verdaderos hombres de Dios
que alcanzaron cumbres sorprendentes en la conciencia universal.
Sólo se comprende verdaderamente lo que se ama. Es algo de singular
aplicación respecto al Nuevo Testamento. La grandiosa y, al
mismo tiempo, humanísima espiritualidad que lo impregna implica
una tan radical subversión de valores y una tan extrema apuesta por
los demás (ver el Sermón del Monte o el perdón y amor de los enemigos
o la parábola del rico ‘tragón’ (el término bíblico ‘epulón’ ya
no dice nada), o la escena del látigo en el Templo, etc. ). . .
Tal subversiónde valores resulta quimérica e ininteligible para aquellos quequerrían compatibilizar el evangelio con posturas de egoísmo, mediocridad,pereza intelectual o moral, ambición de prestigio y poder
(civil o religioso), dejación de la libertad interior,
sumisión u obediencia
insensata, despilfarro consumista, enriquecimiento injusto,
insensibilidad social y un largo etcétera, sin olvidar esa actitud
tan posmoderna de vida anodina y light anegada en la ‘distracción
existencial’. Tales estilos de vida ciegan e incapacitan para percibir
el proceso de afinamiento histórico de la conciencia universal que
bien podemos llamar la gran revelación de Dios. Y, en la medida
en que algunos de esos excesos o defectos impiden sintonizar con
las escrituras y la sana tradición a aquellos que se han arrogado la
función ‘magisterial’, en esa misma medida quedan incapacitados
para su ejercicio. Les está prohibido enseñar lo que no entienden ni
practican. Es inmoral seguirles porque ‘si un ciego guía a otro ciego,
ambos caen en la fosa’. . . Y en este caso no sirve siquiera aquello de
‘Haced lo que dicen, no lo que hacen’