Dom 27 09 09. Pero Jesús dijo.... Una iglesia fuera de la Iglesia establecida

Domingo 26. Ciclo b. Mc 9, 38-40. El evangelio de hoy es más largo (Mc 9, 38-43. 45. 47-48), pero sólo quiero comentar su primera parte, que trata del exorcista no comunitario, que actúa y crea humanidad, es decir, libertad, en nombre o en la línea de Jesús,

fuera de la iglesia establecida. Éste es uno de los textos más significativos del Nuevo Testamento y aquí Jesús se opone ya, de forma muy temprana, a los que intentan controlar el evangelio, para su provecho (¡el de los nuestros!). El auténtico Jesús acepta y bendice la obra de aquellos que actúan y redimen, liberan y ayudan, más allá de las cercas de una jerarquía de gallinas que quiere controlarlo todo y que no ve ni deja que existe o crezca nada más allá “de las bardas del propio corral” como decía A. Machado (Poema de un día). Fuera de las bardas de nuestro "corralito" hay muchos dolores, pero también muchas tareas y esperanzas. Buen domingo a todos, y gran libertad.

El sistema de Juan Zebedeo.

Juan es un hombre de la Iglesia de Jerusalén, como supone Hch 3-4 y Gal 2, 9, aunque le hemos encontrado también en Samaría. Pues bien, ahora le hallamos en un contexto de Galilea, donde quiere «controlar» el despliegue de los exorcismos de Jesús, como indicará la escena que comentaremos. Se trata, probablemente, de una escena, que nos sitúa en el contexto de una de las comunidades nazoreas (critianas) de Galilea, donde parece haber existido (a los ojos de Jerusalén) un tipo de «francotiradores», grupos o personas que apelan a Jesús, pero no se integran dentro del modelo eclesial del mismo Juan (o de los Doce de Jerusalén):

Juan le dijo: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos impedido, porque no era de los nuestros. Pero Jesús dijo: No se lo impidáis, pues nadie que haga un milagro en mi Nombre podrá después hablar mal de mí. Quien no está contra nosotros está con nosotros (Mc 9, 38-40).


Jesús había sido profeta y sabio, sanador y amigo de marginados, gran exorcista. En esa línea, su iglesia galilea no empezó siendo una institución sacral, como la de los esenios de Qumrán, ni un rabinato de buenos escribas, ni una sociedad de creyentes dogmáticos, sino un movimiento de exorcistas nazoreos. Pues bien, en un momento dado, algunos «cristianos» de Jerusalén quisieron aparecer como portadores de un carisma de grupo que sólo ellos controlar.

Conflictos de competencias

Lógicamente, en el momento en que quisieron organizarse así, como grupo exclusivista, con una autoridad unificada, ellos han podido suscitar y han suscitado conflictos de competencia con grupos o personas que se vinculan a Jesús pero no forman parte de la comunidad oficial (zebedea) de sus discípulos, como indica nuestro texto. Este relato refleja disputas eclesiales, centrándolas en Juan, que intenta controlar a los exorcistas galileos, como se dice que hizo en Samaria (cf. Hch 8, 14).

La pregunta no es ya quién posee verdadera autoridad: Jesús o el Diablo, la jerarquía del templo de Jerusalén o los cristianos, sino «quién puede asumir y realizar la tarea mesiánica de Jesús»: si sólo los representantes de la iglesia establecida (de Juan) o también los exorcistas libres, que siguen actuando en nombre de Jesús, en Galilea, sin formar parte de esa iglesia oficial (zebedea) .

Jesús exorcista había sido rechazado por los escribas que venían de Jerusalén (cf. Mc. 3, 22). Pues bien, su discípulo Juan (que parece venir también de la primera iglesia de Jerusalén), se atreve a rechazar a otros exorcistas (que apelan al nombre de Jesús), queriendo introducir en las comunidades cristianas de Galilea un control social semejante al de los escribas «proto-rabínicos», precisamente a través de su dominio sobre los exorcismos. De esa forma, Juan zebedeo (cf. Mc 9, 38) aparece como representante de una iglesia instituida que se sienta dueña o, al menos, administradora del poder mesiánico de Jesús, queriendo sentarse con su hermano Santiago a uno y otro lado de Jesús, como su ministro, con plenos poderes (cf. Mc 10, 36).

Juan quiere actuar como representante de la «iglesia zebedea», sin haber consultado con Jesús, notificándole sólo a posteriori aquello que ha hecho: «Se lo hemos impedido… porque no era de los nuestros» El texto no lo dice, pero es posible que haya empleado violencia física o moral (verbal), consiguiendo así lo que pretendía: ha podido acallar al disidente o distinto, actuando como instancia de poder en Galilea.

Un tema de identidad eclesial. Respuesta de Jesús

Jesús había querido abrir un espacio de libertad y así lo sabe este exorcista que no forma parte de la comunidad zebedea, pero que expulsa demonios en su nombre (Mc 9, 38), realizando lo que él había encargado a sus discípulos, a quienes llamó para que le acompañaran en el camino mesiánico, al servicio del reino, y para que expulsarán demonios (cf. Mc 3, 15; 6, 7.13 par.). En contra de eso, Juan zebedeo no quiere que los exorcistas hagan lo que hacía Jesús (en su nombre), sino que le sigan a él (un zebedeo) y a sus compañeros, es decir, a los que forman parte de su grupo (de los nuestros).

El texto establece así una distinción entre la voluntad de Jesús (el exorcista no comunitario expulsa demonios en su nombre) y la comunidad zebedea, que quiere monopolizar la herencia de Jesús, como si los exorcismos no valieran por sí mismos (como gestos de liberación), sino por formar parte de un tipo de iglesia establecida. Pues bien, en contra de eso, el Jesús de Marcos responde desde una perspectiva mesiánica: ¡no se lo impidáis...! (Mc 9, 39). Frente al control del grupo de poder (que parece venir de Jerusalén) eleva aquí el Jesús de Marcos su libertad de reino, abriendo un camino de evangelio (iglesia) fuera de la cerca zebedea.

Marcos acepta así (críticamente) a la iglesia de Juan (y de Pedro), pero indicando que ella debe renunciar a imponerse en Galilea (cf. Mc 16, 7-8); por eso, en nombre de Jesús, le pide que no cierre el evangelio, que acepte como cristianos (seguidores de Jesús) a otros exorcistas y grupos mesiánicos. Resultaría fascinante identificar esos grupos no zebedeos, que quizá no forman parte de la iglesia de Marcos, pero que Marcos no rechaza, pues defiende como buenos sus exorcismos. Quizá están en la línea de la comunidad del Q, no integrada en Marcos, pero tampoco rechazada por él. Cf. Ch. M. Tuckett, Q and the history of Early Christianity, Clark, Edinburgh 1996, 355-450.

Este Jesús de la libertad funda su respuesta en dos razones.

(1) Una cristológica: «Nadie que haga un milagro en mi nombre podrá luego hablar mal de mí» (Mc 9, 39); según eso, la acción precede a la palabra; el evangelio se eleva sobre los gestos de Jesús y no sobre los signos de poder de un grupo; la autoridad cristiana se expresa por los exorcismos.

(2) Otra eclesial: Jesús se incluye, en un sentido, en la comunidad zebedea, pues dice «quien no está contra nosotros está en favor nuestro», aludiendo con ese nosotros a Juan y al mismo exorcista no comunitario; pero, en otro sentido, desborda los límites de esa comunidad, pues su iglesia verdadera no es una instancia de poder o control social, opuesta al exorcista ajeno, sino que en ella se reconoce el valor liberador de ese exorcista, sin necesidad de integrarlo en el grupo organizado (zebedeo), siempre que esté al servicio del Reino de Dios.

Las bardas del corral de Juan Zebedeo

Este Juan Zebedeo es el promotor de la primera imposición eclesial: sus cristianos han empezado a emplear la violencia, para introducir en su grupo a otros grupos, o para acallarles (tratándoles como a intrusos). Pues bien, por su misma dinámica evangélica, Jesús se lo ha impedido: la iglesia no es un monopolio donde se utiliza el Nombre del Mesías (el poder de Dios) para dominar o expulsar a los demás, sino un grupo abierto, de gratuidad; un grupo no exclusivista (no celoso ni envidioso), para liberación de los posesos.

El evangelio de Marcos sabe que el exorcismo es un sacramento difícilmente controlable en clave de institución, tanto en plano judío (Mc 3, 31-30) como eclesiástico/cristiano (9, 38-40), un signo que no puede manipularse de un modo ritual (aunque se intente), pues sólo tiene valor en la medida en que libera a los hombres de la coacción de lo diabólico. En ese sentido (a pesar de las diversas presiones del sistema), Marcos quiere que la libertad mesiánica de Jesús pueda expresarse de un modo abierto, superando los límites y fronteras de sistema eclesiástico. Por eso, la autoridad del exorcista no puede cerrarse al servicio de un orden establecido, sino que ella vale por sí misma, por los frutos que produzca, pudiendo aparecer incluso como amenaza para la comunidad establecida. Desde ese fondo podemos distinguir las actitudes fundamentales que aquí aparecen.

a. El Jesús de Marcos no ha puesto su exorcismo al servicio del sistema (o de una iglesia), utilizándolo como estrategia de poder de grupo. No le busca el prodigio exterior, sino la libertad (liberación) de los hombres y mujeres concretos. Ciertamente, sus exorcismos, tal como han sido narrados por Marcos (cf. 5, 1-20; 9, 14-29), contienen aspectos folclóricos y simbólicos que a primera vista nos resultan extrañan. Pero, en su raíz, son un ejercicio de perdón y comunicación , de manera que pueden y deben entenderse como principio de salvación mesiánica. Jesús y sus seguidores nazoreos han buscado un modelo alternativo de sociedad donde incluso (o sobre todo) los posesos encuentren un lugar para vivir y una fuerza para actuar. La interacción con los posesos, la apertura a expulsados y proscritos (diabólicos), constituye un elemento esencial del proyecto nazoreo de Jesús (como vimos en la Historia de Jesús). El evangelio de Marcos quiere que la Iglesia siga siendo fiel a ese proyecto.

b. Este Juan Zebedeo ha querido introducir en la iglesia una autoridad de control, poniendo su «buena» institución por encima de la libertad de los oprimidos (y del mismo Nombre de Jesús). De esa forma, ha tendido a interpretar la iglesia como un sistema jurídico (con copy right o patente), al lado de otros sistemas de poder social y/o religioso, iniciando un camino que puede llevar a un tipo de discriminación (inquisición) sagrada. En la línea zebedea, la iglesia liberadora, que debe perdonar a los pecadores (Pablo) y acoger a los posesos (Marcos), se convertiría en institución de nuevo control. Pues bien, en contra de eso, el Jesús de Marcos reacciona con nitidez: lo que importa no es la organización ministerial, pues ella puede convertirse en medio de imposición del grupo y en rechazo para los otros.

La respuesta de Jesús (¡no se lo impidáis!) es un recordatorio permanente de libertad y de poder liberador para la iglesia. Este pasaje de Marcos trata de «los buenos exorcismos», entendidos como «sacramento mesiánico» de libertad, incluso fuera de las fronteras de la Iglesia establecida. Eso significa que la Iglesia no es «propietaria» de los sacramentos o signos de Jesús, que puedan expresarse y expandirse fuera de ella.

Iglesia de control, iglesia sin libertad (sin exorcismos)

Este pasaje se vuelve significativo en un tiempo como el nuestro (año 2009), ante un tipo de iglesia «zebedea», que parece perder el control de la herencia de Jesús, es decir, del evangelio. Ciertamente, ella ha sido portadora de liberación cristiana y muchos de sus ministros actúan en nombre de Jesús, convocando a los creyentes, para que vivan en comunión y ofrezcan libertad a los excluidos, hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 16, 17-19). Pero ella no posee la exclusiva del evangelio, ni sus ministros son los únicos que saben y pueden interpretarlo. Por eso es bueno que surjan exorcistas no comunitarios, capaces de expresar la libertad de Jesús fuera de la iglesia instituida.

En ese contexto, podemos añadir que quizá el problema más significativo de cierta iglesia posterior no ha sido sólo (ni sobre todo) el intento de controlar los exorcismos, sino su abandono, pues, tomados en sentido literal, ellos han dejado de hallarse en el centro de las comunidades helenistas y de la misión de Pablo. Quizá puede afirmarse que las iglesias «no galileas» han abandonado los exorcismos de Jesús y de sus primeros discípulos o, al menos, los han considerado menos importantes, dentro de unos contextos sociales y culturales donde el problema básico del hombre no son los demonios (la posesión diabólica, entendida en forma personal), sino otras formas de estructura e imposición cultural, social y/o religiosa. El abandono progresivo de los exorcismos, que han dejado pronto de ser el primer sacramento de la Iglesia instituida ha tenido consecuencias importantes para el despliegue posterior del cristianismo, centrado en la eucaristía y el bautismo.

De todas formas, más que de «abandono» podría hablarse quizá de reubicación de los exorcismos, que toman otros rasgos, como los que aparecen en Pablo. Los exorcismos de Jesús ponían de relieve la libertad del hombre, frente a una imposición de ley, de doctrina o de conducta, buscando así un tipo de libertad universal para los hombres y mujeres. Pues bien, algunas comunidades helenistas (y de un modo especial las paulinas) parecen haberlos reinterpretado desde una perspectiva más existencial, como signo del poder liberador de Jesús frente a la Ley y el pecado (la muerte), universalizando así el proyecto de Jesús, para trasvasarlo y expresarlo en otros contextos humanos. Por otra parte, el bautismo ha seguido (y sigue) teniendo rasgos de exorcismo (como recuerda incluso el nuevo Ritual de Exorcismos, E. Vaticana, Roma 2004). A pesar de eso, los exorcismos en su sentido fuerte parecen haber sido abandonados pronto por la Iglesia, de forma que se ha dado una fuerte disonancia entre lo que fueron Jesús y sus primeros seguidores galileos (unos exorcistas), y lo que ha sido y sigue siendo la iglesia posterior (sin exorcismos)
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