Muerte de Jesús, revelación y solución de la violencia

Publiqué este post hace dos días, pero la cita de un conocido teólogo español ha suscitado una larga disputa de comentarios, que han desembocado en el plano personal, con acusaciones sobre el referido teólogo y sobre otras personas a las que en parte conozco (pues se les cita con nombre y apellido), y no puedo permitir acusaciones y condenas de ese tipo contra ellas.

También hay acusaciones contra personas de las que no se cita el nombre, pero con un poco de "investigación" se podría saber pronto quiénes son. No voy a hacer esa investigación, no soy policía, pero me molestan todas las acusaciones de ese tipo.

Mi blog no es un juzgado donde un juez puede pedirme a mí, a un teólogo, o a un particular que responda a ciertas preguntas. Juzgados hay para ello, y lugares de discusión teológica donde uno va a peguntar, a que le pregunten y a responder...

Esto no es una salsa rosa, ni una salsa negra, es un lugar donde yo ofrezco un pensamiento... que puede ser espacio de reflexión y diálogo. Los acusadores, inquisidores, fiscales, policías y demás salseros están fuera de lugar en este "portal".

Gran parte de las disputas de ese post se han borrado, por la ley de los "últimos cuarenta", pero quedaban en la "máquina", y he preferido que desaparezcan todas... con evidente injusticia para aquellos que opinaban quizá con dureza, pero con honradez. Lo siento, y espero que no os vayáis de este "portal", que no es el de Belén, pero que pude hospedad a pastores, magos, familiares, teólogos, amigos y curiosos... con la excepción de Herodes, que husmeaba por allí para matar a la creatura de Dios (Mt 2).

Perdonen aquellos que habían entrado en el post con deseo de comentar el tema de fondo, que es el origen y sentido de la violencia, a la luz de Cristo. Para ellos y para todos los que quieran volver al tema publico de nuevo el trabajo, que había sido antes publicado ENCRUCILLADA 169 (2010) 5-20 y en SELECCIONES DE TEOLOGÍA 51/201 (2012) 57-69.

El trabajo trata del sentido, origen y posible superación de la violencia, en plano social y personal, filosófico y religioso . En torno a ese tema se juega gran parte de la problemática religiosa y social, económica y política de la actualidad. Aprovecho la oración para seguir saludando a los colegas de Encrucillada y de Selecciones de Teología, que me pidieron el texto que aquí reproduzco, aunque sin notas bibliográficas y técnicas.

MUERTE DE JESÚS, REVELACIÓN Y SOLUCIÓN DE LA VIOLENCIA


1. Le han matado unos hombres normales

Se han solido distinguir varios «causantes» de la muerte de Jesús.

(1) Una piedad sacrificial ha venido repitiendo que el primer causante ha sido el mismo Dios: estaba ofendido por la culpa de la humanidad; necesitaba reparación y no ha encontrado mejor forma de satisfacer su justicia y redimirles que haciendo que su Hijo se encarnara y muriera por los hombres .
(2) A la luz de 1 Hen 6-36, reinterpretado por autores cristianos, se ha dicho que Jesús ha muerto a consecuencia de un conflicto angélico: le habrían matado los demonios, agentes perversos del drama de la historia, como suponen algunos gnósticos; en esa línea se sitúa, por un momento, el mismo Pablo, cuando afirma que a Jesús le mataron los “poderes satánicos” de este mundo, que no conocieron a Cristo y que así, al matarle, se destruyeron a sí mismos (cf. 1 Cor 2, 8) .
(3) En contra de eso, partiendo de Marcos, los evangelios afirman que los responsables de la muerte de Jesús han sido los hombres (Pilato y Caifas, los sacerdotes y Pedro, los discípulos y Judas...), como representantes de un sistema de violencia, que se opone a Dios, matando al mensajero de su Reino (cf. Mc 12, 10; Mt 7, 24-27).

Los evangelios contienen relatos que parecen mitológicos, aunque llenos de hondura simbólica, como puede ser el exorcismo de Gerasa (Mc 5, 1-20). Pero cuando narran la condena de Jesús, ellos se sitúan en un plano histórico muy concreto: los que le mataron fueron hombres normales, que actuaron por impulsos humanos y cumplieron su deber, no unos ángeles perversos. Más aún, ellos han contado la muerte de Jesús de manera simple y honda, sin discursos moralistas. No le presentan como un héroe de epopeya o de tragedia, sino como alguien que asume y padece su muerte con gran humanidad; avanza decidido hacia ella, pero con miedo.

Además, los que le hicieron morir no eran peores que los otros: ni Pilato le condenó porque era un juez perverso (¡aunque era representante de un imperio militar), ni los sacerdotes le juzgaron porque eran especialmente corruptos (aunque defendían su sistema). Herodes y Pilato, sacerdotes y soldados, verdugos y enterradores, eran personajes normales que defendían los intereses de su ley. No le mataron porque eran peores, sino, al contrario, porque eran como la inmensa mayoría de los hombres. Aquella fue una muerte normal, anunciada, y, sin embargo, los cristianos saben (creen) que en ella se ha expresado el sentido de Dios y el destino de la humanidad .

2. Murió por fidelidad al Reino y le mataron por defensa de unos intereses políticos y religiosos

Por fidelidad a su proyecto mesiánico, Jesús tuvo que contar con la posibilidad de su muerte y aceptarla. Esperó hasta el fin la llegada del “reino de Dios”, superando la violencia de un sistema de opresión y muerte, que se había impuesto sobre Israel y sobre el mundo (empezando por Jerusalén). Pero estaba dispuesto a dar la vida por el Reino. No pensó en lo que el Reino podía darle a él, sino en lo que él debía hacer e hizo por el Reino, tanto en Galilea como en Jerusalén. De esa forma subió a Jerusalén, para anunciar y promover con su vida la llegada del Reino. Lo hizo por amor y por gozo, de manera que al final, al despedirse de sus compañeros, les prometió que la próxima copa la beberían en el Reino (Mc 14, 25).

Así murió, anunciando la llegada del Reino, e invocando a Dios desde la cruz, según la impresionante palabra de Mc 15, 34.

«Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?».

Algunos piensan, lógicamente, que llamaba a Elías, el profeta justiciero de Mal 3 (el capítulo final de la Biblia Hebrea) que debía venir y vengarse de los “malos”, implantando con violencia el orden de Dios sobre la tierra. Pero los cristianos saben con el evangelio de Marcos que murió preguntando a Dios de verdad (y sólo a Dios) “por qué la había abandonado”, por qué no había respondido instaurando ya el Reino, desde Jerusalén. Murió preguntando a Dios, pero sin desesperarse, ni renegar del Reino.

Murió dejando un camino abierto, con una pregunta a la que sólo Dios puede responder, y a la que ha respondido, según la fe cristiana, por medio de la pascua, que se expresa a través de la Iglesia, esto es, de aquellos que asumen y retoman el mismo camino de Jesús, porque le han visto, le están “viendo” en Galilea, retomando su mensaje y tarea de Reino, con la garantía de que él está presente en ellos y con ellos, como ratifican los evangelios (Mc 16, 1-9; Mt 28, 1-20).

Éste ha sido y sigue siendo para los cristianos el sentido de la muerte de Jesús. Él no podía imponer su mensaje por leyes ni estructuras de violencia, con poderes sacrales ni imperiales (como sabe Pablo: cf. 1 Cor 1).

Por anunciar un Reino de humanidad abierta a todos, por ofrecer el testimonio de un Dios, que es Padre de todos, más allá este tipo de templo de Jerusalén y por encima del Imperio de Roma (pero no en lucha militar, ni contra Jerusalén, ni contra Roma), Jesús se puso de hecho en conflicto con la doble autoridad “sagrada”, la del templo concreto (con su guardia paramilitar) y la de Roma (con sus legiones) y tuvo que dejarse condenar a muerte, pues, si quería ser fiel a sí mismo, no podía responder con violencia a los violentos, y si quería ser fiel al Reino de Dios no podía volverse atrás, esperando mejores tiempos, pues el kairos o tiempos de Dios ya había llegado (cf. Mc 1, 14-15; Gal 4, 4).

Así murió, por fidelidad a su proyecto de Reino (un proyecto totalmente humano, siendo plenamente “divino”, si se permite utilizar un lenguaje), pues no quiso volverse atrás, sino que vino a presentarlo de manera pública, desafiante y amorosa en el lugar más peligroso del mundo, que era entonces Jerusalén. Murió “asesinado” (se suele decir “ajusticiado”) por la justicia del sistema, que en el fondo le tenía miedo (cf. Mc 14, 1-2; Jn 11, 47-53). Murió “bajo Poncio Pilato”, como dicen los testimonios del Nuevo Testamento y los escritores antiguos, pero no le mató Pilato (que sería un hombre “malo” o corrupto), sino el sistema imperial que él representaba. Murió también, como sabe el Nuevo Testamento y ratifica Flavio Josefo (Ant 18, 63-64) por complicidad de los sumos sacerdotes del templo, no porque ellos fueran tampoco “malos o corruptos”, sino porque defendían su sistema sagrado.

3. Le mató el sistema, se entregó a sí mismo

Le mató el sistema, y así murió por los pecados de los hombres, es decir, de todos los hombres que forman parte del sistema, entendido ya de un modo “mundial”, pues Jerusalén y Roma son potencialmente “todo el mundo”. En ese sentido se dice que murió por nuestros pecados, como ratifica Pablo (1 Cor 15, 3-8), conforme a una sentencia que puede y debe entenderse de dos formas que son complementarios.

(a) Murió porque “le matamos”, es decir, le mataron los “jefes” del sistema, que ha cometido de esa forma el gran pecado (pecado original o universal), pecado “primero y final”, propio Adán, es decir, de la humanidad (cf. Rom 5): Ha venido el Hijo de Dios y le hemos matado.

(b) Murió porque él mismo se “entregó”, porque dio su vida por el Reino, es decir, por lo demás, como sabe Pablo y como expresan de forma ejemplar los textos eucarísticos (Mc 14, 22-24 par) y el gran “logion” de Mc 10, 45: «El Hijo del Hombre no venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida como “rescate” por muchos, es decir, por todos».

Por fidelidad al evangelio, en contra del sistema que domina sobre todos (todo y partes), proclamó Jesús la grandeza de Dios, que es amor infinito que vive y crea gratuitamente, amando a los más pobres. Externamente hablando, apenas cambió nada: siguió imponiéndose el sistema (en forma helenista o romana, política o sagrada), siguió habiendo disputa entre las partes del sistema (poderes políticos, económicos, nacionales…), continuó aplicándose una justicia que se expresa como equilibrio entre poderes violentos y parciales. Y sin embargo, él había sembrado una semilla de gracia por encima de la lucha universal del sistema, iniciando un tipo distinto de presencia creadora, una mutación gratuita de la vida humana, en línea de presencia de Dios y de superación del sistema de violencia.

Parecíamos condenados a una ley social y sacral que nos encierra en la cárcel de hierro del todo o en la lucha sin fin entre sus partes. Pues bien, superando ese nivel, Jesús nos ha dicho que podemos vivir como seres autónomos y libres, compartiendo una gracia de amor (un amor gratuito, una esperanza de de vida) que es de Dios siendo humana.

Nos ha dicho y ha mostrado que podemos “curarnos” de la enfermedad del miedo y la violencia y por eso ha subido a Jerusalén, el lugar adecuado y necesario, para pregonarlo. Ésta es la mutación antropológica: el nuevo poder que Jesús nos ha ofrecido, de manera que ya no nacemos de la carne y de la sangre, sino del mismo Dios, como hijos suyos (cf Jn 1, 12-13). No somos esclavos de Dios (ni de un sistema superior), ni guerreros de una lucha sin fin entre partes enfrentadas (en talión del juicio), pues el mismo Dios nos hace infinitos en su gracia y por gracia podemos compartir nuestra vida, que es Vida de Dios .

Este es el experimento Jesús, que él ha ratificado con su muerte, en forma de “fracaso inmediato” (le han matado), pero que ha culminado en forma de “resurrección”: los cristianos han descubierto que este Jesús muerto (¡precisamente el Jesús al que han matado por creer lo que creía!) es revelación y presencia de Dios, es principio de una nueva humanidad, es decir, del Reino. Hasta ahora, los hombres sólo conocían el poder del todo que se impone por arriba o de las partes que se combaten mutuamente en lucha sin fin, sostenido e impulsada por los varios “dioses” parciales de tribus, pueblos e imperios.

Ahora ha surgido y se expande un tipo de no-poder, anunciado y esperado desde antiguo, la creatividad infinita de Dios y la gracia compartida de los hombres, la Presencia creadora del Padre, que anima y acoge a Jesús en su muerte (haciéndole semilla pascual de humanidad). Ésta es la semilla que Jesús ha sembrado en toda clase de tierras (camino, pedregal, espinas, campo bueno...), pues puede germinar en todas ellas (cf. Mc 4), el grano de trigo que ha muerto (12, 14), para producir gran fruto. Es el germen de la nueva humanidad mesiánica que no vendrá sólo al final (en gesto impositivo), sino que ha venido ya en Jesús y se expande por sus discípulos, superando así la imposición de los poderes viejos que dominan sobre el mundo.

Jesús no se ha enfrentado de un modo militar a esos poderes: no ha querido disputarles ninguna parcela de dominio en clave de batalla. Pero ellos se han sentido amenazados y en nombre del sistema le han matado, y lo han hecho precisamente porque él no quería matar, superando con su vida y mensaje la violencia de los hombres de su entorno. Ésta es la paradoja: no buscaba el poder de nadie y sin embargo todos los poderes se han juntado y le han matado porque «no era de los suyos»: No pudieron soportar a un hombre que no quiso hacerles competencia, pero que les iba diciendo lo que eran, para que pudieran conocerse (y no quisieron).

4. Envidia de los sacerdotes (Mc 15, 10; Jn 11, 50).

En este contexto qiero destacar una razón de la muerte de Jesús que los teólogos antiguos tuvieron muy en cuenta (aunque la presentaron a veces de manera mitológica, aludiendo a la envidia del diablo), pero que los modernos apenas han destacado: la “envidia” de los sacerdotes. Como he dicho ya, la escuela de Pablo (Colosenses y Efesios) interpreta abiamente la muerte de Jesús como expresión de un “conflicto cósmico” entre los poderes de Dios y los del Diablo, con el triunfo de Dios. Esa visión es buena, y debe ser retomada, con las debidas “traducciones” hermenéuticas, pues en la muerte de Jesús se está jugando el sentido de conjunto de la realidad, eso que pudiéramos llamar el “ser” del tiempo, el “ser” del cosmos, si es que vale este lenguaje. Sin negar esa interpretación, que están poniendo de relieve los nuevos exegetas , el evangelio de Marcos ha contado la muerte de Jesús desde la perspectiva de Israel.

Estrictamente hablando, Jesús no ha venido a resolver los problemas de Roma (ni a combatir a los romanos), sino a cumplir las profecías, a implatar el Reino de Dios en Israel (Jerusalén), y desde Israel (después) en todo el mundo. Pues bien, la “tragedia” no está en que Roma haya rechazado a Jesús (¡Jesús no vino a convertir directamente a Roma!), sino en que le haya rechazado Israel, pues Jesús vino a “convertir” a Israel, según las profecías (y después, convertido Israel, el Reino podría extenderse por ósmosis y testimonio creador, en línea de misión centrípeta y centrífuga, a todo el mundo).

En este contesto, ofreciendo una interpretación de conjunto de la historia humana (y de la muerte de Jesús), Marcos afirma (¡precisamente por boca de Pilato, el Romano) que los sacerdotes de Jerusalén tuvieron envidia de Jesús (Mc 15, 10), como Eva-Adán habían envidiado a Dios, como los ángeles guardianes habían envidiado a los hombres (1 En 6-36) y como los injustos envidiaron al justo (Sab 2).

En un pasaje anterior el mismo evangelio ha destacado el miedo:

«Buscaban la manera de matarle, porque le tenían miedo (ephoboûnto gar auton) pues todo el pueblo estaba admirado de su doctrina» (Mc 11, 18).

Quizá le temían directamente, porque les acusaba y anunciaba el fin del templo. Quizá temían que el pueblo, influído por Jesús, no les siguiera más. En ese contexto sitúa Juan la reflexión de sacerdotes y fariseos, reunidos en sanedrín (tribunal de juicio): «Si le dejamos, todos creerán en él y vendrán los romanos y nos quitarán el lugar (=templo) y el ethnos (el pueblo)» (Jn 11, 48).

Los sacerdotes tienen miedo de «perder su ley», es decir, su autoridad, de quedarse sin templo, sin sacrificios e ingresos económicos, es decir, sin pueblo.

Así aparecen como signo de perversión sacral: no “sirven” para nada (nada aportan) y por eso se hacen «fin en sí»: necesitan fieles sometidos y lugares de influjo sagrado (como suponía en un contexto político el apólogo de Jotán: Jc 9, 7-20). Desde ese fondo se entiende la intervención de Caifas, el sumo sacerdote, cargada de ironía y doble sentido, cuando expone su razón política: «Os conviene que muera un hombre por el pueblo y no que perezca todo el pueblo» (Jn 11, 50) .

Caifás defiende el interés de su grupo de sacerdotes-escribas dominantes, que él identifica, sin duda, con los intereses del pueblo judío, al que ellos controlan y dirigen desde el templo, en virtud del pacto de poder que han hecho con los romanos, conforme a la justicia/ley del templo.

Los sacerdotes tienen que «defender» sus intereses, suponiendo que concuerdan o pueden compaginarse con los intereses de Pilato (conforme a un esquema de ley, dentro de un sistema de elipse que por ahora tiene dos polos: uno más sagrado, en Jerusalén; otro más político, en Roma). Lógicamente, ambos poderes se necesitan para mantener sus privilegios y para garantizar un tipo de paz (su paz) en Palestina. En este contexto,

Marcos añade que «Pilato sabía que los sumos sacerdotes le habían entregado (a Jesús) por envidia» (Mc 15, 10, Mt 27, 18) .

De la envidia como principio satánico de todos los pecados y origen de la muerte trata Sab 2, 24; 6, 23. Pues bien, Marcos la presenta aquí en concreto como pecado supremo de los sacerdotes y causa de la muerte de Jesús, que salpica a Pilato y, en general, a todo el “sistema”, movido, según eso, por una “ley de envidia”. Los sacerdotes no pueden robar a Jesús su prestigio, ni apoderarse de sus bienes, ni ocupar su puesto, pues no quieren ser como él (vivir en gratuidad).

Pero tampoco pueden soportarle. Por eso le hacen morir, no para ocupar su puesto (no quieren ser como él), sino para impedir que Jesús tenga un puesto desde el que pueda acusarles con su vida y su palabra . Esta es una envidia contagiosa y contaminante, que pone en marcha el proceso de Jesús y no termina hasta matarle, como muestra de forma ejemplar el relato de la muerte de Jesús en Mc 15. El mismo Pilato queda atrapado por ella y termina “asesinando” a Jesús según la justicia del sistema político supremo. ¡Todo el poder militar del mundo en pie de guerra para matar a un indefenso, a un no violento!

5. Asesinato y gracia: viñadores homicidas (Mc 12, 1-12 par) .

La mejor explicación de la muerte de Jesús la ofrece la parábola de los viñadores homicidas, una gran metáfora que Marcos pone en boca de Jesús, en el momento decisivo de su camino de muerte: Un hombre plantó una viña, la rodeó con un cercado... (Mc 12, 1). Esta parábola reinterpreta el canto de Is 5, 1-7, con una posible alusión a Gen 2-3: Dios ha puesto a los hombres en el jardín del Edén, que ya una viña, para que la cultiven y consigan frutos. Pero aquí encontramos una novedad.

En principio, los hombres y mujeres de Gen 2-3 no eran arrendatarios, sino dueños de la tierra y como tales no tenían que dar a nadie diezmos ni rentas por lo cultivado; eran libres y precisamente para salvaguardar su libertad les dijo el Creador que no comieran del árbol de lo bueno/malo. En contra de eso, los hombres de Mc 12, 1-12 parecen aparceros, no dueños, de manera que deben esforzarse por pagar la renta año tras año; no son libres, sino siervos: viven sometidos a la disciplina del miedo y de la envidia; del simple «no comer del fruto del bien/mal» pasamos a la urgencia de sudar en tierra extraña, bajo la amenaza del despido, para el amo.

Recordemos que el texto es una metáfora, y que su sentido va cambiando a medida que avanza. El verdadero Dios de Jesús no será (como aparece claro al final del texto) el “señor” exigente de unos renteros, que deben “pagar” por su trabajo. Esos renteros (sacerdotes del sistema) viven bajo el imperio de la ley y de la violencia, matando a los profetas, en gesto de protesta antidivina (cf. Jer 7, 25-26; Hech 9, 26), queriendo comportarse como dueños exclusivos del árbol del bien y del mal de Gen 2-3 (que es ahora la viña), y de esa se oponen al Dios verdadero (y así tienen una imagen falsa de Dios).

En un primer momento, siguiendo la parábola, se tiene la impresión de que el amo de la viña se mueve en ese mismo plano e insiste en su derecho, mandando tres siervos (Mc 12, 2-5a), a quienes los renteros responden cada vez con más violencia: a uno lo maltratan, a otro lo golpean en la cabeza, al último lo matan.

Todo parece normal, en un plano de disputa y ley, pero la misma parábola plantea ya unas preguntas decisivas. Si el tema se mueve en un nivel de ley, y si la ley se defiende con violencia legítima (como dicen los políticos de la modernidad): ¿Por qué el amo-Dios no mando a sus siervos bajo la protección de “soldados”? ¿Cómo los deja morir, uno tras otro, en manos de los renteros violentos? En línea de ley, la solución normal sería que el amo-Dios mandara a un siervo más fuerte que los anteriores, con grandes poderes, para conseguir por armas lo exigido. Pero, de pronto, descubrimos que la parábola nos habla de un Dios distinto, que no responde con violencia a los violentos, porque no es “amo”, sino Padre, y como Padre es principio de amor no violento:

Todavía le quedaba al amo un Hijo querido; lo envió al final a ellos (a los viñadores), diciendo: respetarán a mi hijo. Pero los viñadores se dijeron entre sí: «Este es el heredero. Vamos, matémosle y será nuestra la herencia». Y tomándole le mataron y le expulsaron fuera de la viña (Mc 12, 6-8).


Esta era la última oportunidad, tanto para el “amo” como para los arrendatarios. Mientras los arrendatarios han ido creciendo en violencia, el “amo” crece en ternura poderosa (impotente en plano militar), haciéndose Padre, y así manda al final a la viña a su propio hijo querido (huion agapêton) sin armas ni poderes legales. De esa forma responde a la violencia del sistema (arrendatarios) con la suprema no-violencia.

Este pasaje nos sitúa ante uno de los temas centrales de la tradición israelita: evoca la historia de Isaac, a quien su padre debía sacrificar, pero también remite a la figura del rey mesiánico de 2 Sam 7, 14 y Sal 2, 7 y, sobre todo, al destino del siervo «elegido» de Is 42, 1 y del asesinado de Sab 2, 13-18, de quien ya hemos hablado extensamente. Es como si el final de la historia de Israel hubiera quedado pendiente y tuviera que definirse ahora, sabiendo que el propietario (amo) arrendador ha venido a desvelarse como Padre amoroso y los renteros que cultivan la viña no son verdaderos renteros (asalariados, bajo el poder de la ley), sino amigos a quienes el Padre confía la vida de su hijo. ¿Qué harán ellos? ¿Cómo responderá el amo? .

Es posible que en un primer momento, la parábola hubiera terminado aquí, con estas preguntas, dejando la respuesta y solución en manos de los oyentes/actores (como sucedía en Lc 15, 32, donde ignoramos si el hermano mayor acogerá o rechazará al pródigo que ha vuelto). Entendida así, esta parábola más breve (Mc 12, 1-6) tendría pleno sentido y podría interpretarse como una expresión narrativa y simbólica de la trama de Jesús: la historia sigue abierta, el hijo viene, el desenlace pertenece a los actores (los renteros y Jesús), pues ellos son quienes deben escribir este pasaje y terminar este relato con su vida o con su muerte. Pero la “historia” de fondo sigue, fundada en la experiencia del Dios Padre amoroso que envía a su propio Hijo desarmado, dejándolo en manos de los viñadores, que deben definirse, en gesto de amor (recibiendo al Hijo querido, compartiendo en gratuidad la viña) o en gesto de violencia posesiva (matando al Hijo y quedándose con la viña por la fuerza).

Esta parábola vincula así la historia de Dios y de los hombres en un asesinato.

Los hombres, repitiendo una historia que empieza con Caín (Gen 4) y que se expande luego a través de los ángeles violadores/asesinos (1 Henoc) y de los asesinos del justo (Sab 2), se han unido y han querido conquistar la viña a través de un asesinato. Así ha venido comportándose a lo largo de los siglos: los más fuertes han ido matando a los demás para hacerse dueños de la tierra, en un proceso de dura ley. Pues bien, la parábola ha contado esta muerte del Hijo-Heredero desarmado como asesinato central de la historia humana, crimen definitivo. Hasta ahora los hombres no se habían definido.

Habían comenzado a matar, pero no habían hecho de la muerte el fundamento de su vida, para conseguir así la herencia de Dios, haciéndose “dioses por violencia” (no por amor de Padre). Ahora lo hacen: han matado para convertirse en dueños de la viña, es decir, de la tierra, que así aparece como torre de Babel o cárcel elevada sobre la sangre el Hijo. Es evidente que para conservar la viña que han conquistado ellos tienen que estar dispuestos a seguir matando y matando sin fin, según ley de posesión violenta.

Pues bien, Marcos sabe que asesinato ha llegado hasta el mismo corazón de Dios, pues los renteros (hombres de ley impositiva) han matado a su «hijo querido» (signo de gracia). Ahora sabemos que verdadero señor de la parábola no era un arrendador codicioso, sino un Dios de gracia, pues ha entregado a su mismo Hijo en manos de los hombres. Así aparecen los poderes de la realidad.

(1) Por un lado están los renteros, que se sitúan en el plano de la ley y actúan con violencia, para apoderarse de la viña y volverse propietarios violentos (dioses) de todo lo que existe.

(2) Por otro lado se revela el Dios de gracia que envía a su Hijo desarmado, para que los hombres comprendan que no son arrendatarios de un Señor celoso, sino amigos del dueño de la viña.

Entendida así, está parábola revela el mecanismo central de la historia.

(1) Sabe, por un lado, que este mundo se edifica sobre cimientos de envidia y deseo posesivo, de violencia y muerte. Los renteros tienen envidia de Dios y precisamente por eso son renteros. No quieren compartir lo que son, ni lo que tienen y para defenderlo están dispuestos a matar al mismo Dios.

(2) Pero ella sabe también que hay algo más grande que la envidia y violencia de los renteros: Está Dios que es Gracia amorosa, y el Hijo de Dios, que es Jesús y que muere para dar testimonio de esa gracia. En ese contexto se entiende la cita de un pasaje misterioso de la Escritura, que reinterpreta la historia humana, desde la experiencia de Jesús:

«La piedra que rechazaron los arquitectos se ha convertido en piedra angular,
ha sido Dios quien lo ha hecho y es algo admirable a nuestros ojos»
(Mc 12, 10-11, con cita de Sal 118, 22-23).

Dios no construye su “edificio” (humanidad) con métodos de talión, respondiendo a la violencia de los renteros con una violencia más alta, sino que se manifiesta en su verdad más honda, como gracia. Este es el Dios que construye en amor el edificio de la historia humana, respondiendo con su gracia a la violencia y ley del mundo. De esa forma el mismo Jesús, asesinado y expulsado de la viña aparece como pieza esencial de la nueva construcción, es decir, de un templo de humanidad, que no es templo de piedra de Jerusalén, ni el Edificio imperial de Roma.

Para el evangelio no existen amos ni renteros, ni obligaciones que cumplir, ni deudas que pagar, sino un Padre Dios y unos hijos que pueden compartir y comparten gratuitamente los frutos de su viña (es decir, de su vida). Sólo así se entiende el hecho de que, por gracia de Dios, Aquel/Aquello que, según ley, no sirve para nada (Jesús asesinado, la piedra desechada) venga a presentarse como cimiento del nuevo edificio de la vida humana. En el lugar de máximo pecado de los hombres (que matan a Jesús) se ha desvelado la gracia de Dios Padre, es decir, la posibilidad de una vida que se funda en la “piedra” del «hijo querido», que ama hasta dar la vida, superando las imposiciones y las obligaciones de ley, bajo las que se encuentra la ley de los renteros.

6. Conclusión. Todas las sangres de los asesinados (Lc 11, 47-51 par)

Éste Jesús, Hijo querido, no está aislado, sino que su muerte aparece como culmen y compendio de todas las muertes:

«Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas, pues vuestros padres los habían matado. Así sois testigos (de ello) y aprobáis las obras de vuestros padres, porque ellos mataron y vosotros, por vuestra parte, edificáis» (Lc 11, 47-48; cf. Mt 23, 31-32).

Al construir los monumentos de los mártires, como queriendo distanciarse de sus padres asesinos (que mataron a los profetas), los hijos siguen aprobando su violencia y viviendo de ella. Este pasaje, leídos a la luz de Mc 12, 1-12, define a los hombres como constructores de sepulcros de profetas asesinados: primero matamos, destruimos a los otros, porque nos estorban, nos impiden triunfar y dominar sobre la tierra; pero luego les hacemos monumentos para mantener viva la memoria de nuestro triunfal asesinato. Sobre la sangre derramada de los enemigos (dioses u hombres) hemos elevado nuestra cultura .

Esta revelación vincula a los que matan y a los que dan culto a los muertos. Si unos (los malos) mataran y otros distintos (los buenos) hicieran sepulcros, no habría problema. Sin duda, nosotros seríamos de los buenos. Pero el evangelio dice que “matamos” y después (al mismo tiempo) queremos construir nuestro edificio (nuestra leyes) sobre el cimiento-piedra de los asesinados, en contra del Dios de Mc 12, 10-12, que construye sobre la «piedra asesinada», pero no para seguir asesinando, sino para superar por gracia todos los asesinatos Sobre ese muerto que es Jesús no podemos elevar ya un monumento pues su templo y monumento es la nueva humanidad reconciliada, sin violencia y juicio. Desde ese fondo se entiende el nuevo pasaje central del evangelio, puesto en boca de la Sabiduría de Dios, que dice:

Les enviaré profetas y apóstoles y a unos los matarán y a otros los perseguirán, de manera que a esta generación se le pedirá cuentas de la sangre de todos los profetas asesinados desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo. Si, en verdad os digo, se le pedirá cuentas a esta generación (Lc 11, 49 51;cf. Ap 18, 24).

Esta generación está formada por los que edifican los sepulcros de los profetas antiguos mientras matan a los actuales, haciéndose guardianes y testigos de un orden sacral (¡avalado por su dios!) para oprimir y expulsar con más firmeza a los hijos de Dios sobre la tierra. Éstos son los «renteros» de la parábola de Mc 12: los que piensan que la vida humana se establece en fórmulas de imposición, que llevan a la muerte de los profetas y del mismo «hijo querido». Desde este fondo se distinguen, desde evangelio, las dos actitudes básicas de los hombres.

(1) La violencia de una ley sacral, representada por aquellos que, con pretexto de venerar a los mártires antiguos (edificando sus sepulcros), crean nuevos mártires.
(2) La gracia de aquellos que se unen con los antiguos profetas asesinados y por eso mismo siguen siendo perseguidos. En nombre de estos últimos habla el evangelio, con un mensaje de martirio universal, interpretado ahora desde el Cristo, que aparece como representante de todos los mártires, unificador de todas las víctimas.

Pues bien, desde este fondo tenemos que decir que el Dios de Jesús «pide cuentas» de la sangre derramada, no sólo de la suya y de la de sus discípulos asesinados, sino también de la sangre de los profetas antiguos y de todos los judíos (y los hombres) sacrificados a lo largo de la historia.

Pide cuentas, pero no para seguir matando, sino para dejar de matar. Por eso, la muerte de Jesús ha de entenderse como “última de todas las muertes”. Después de ellas, fundados en ella, los cristianos deben anunciar un mensaje de no-muerte universal.
Éste es un descubrimiento desolador y consolador.

(1) Es un descubrimiento desolador, pues, por primera vez en la historia, descubrimos que (como seres humanos) somos responsables de todos los asesinatos de la tierra. Es como si las cabezas de las víctimas se hubieran unido en la cabeza de Jesús, como si al matarle matáramos al conjunto de la humanidad. Éste es el pecado original: no lo cometieron otros por nosotros; lo hemos cometido nosotros, como humanidad, en una línea de envidia, queriendo hacernos propietarios violentos de la tierra.

(2) Es un descubrimiento consolador, pues sabemos ya que el amor del Abba Dios, revelado en Jesús, es más fuerte de que toda la violencia y que todos los asesinatos. Nosotros pertenecemos a la última generación, a la generación de los que “saben”: en la línea del asesinato de Jesús, podemos destruir la obra de Dios (la vida humana en el planeta); pero, en la línea de Jesús resucitado, podemos invertir el pecado de violencia, descubriendo a Dios como Perdón, como Abba de una nueva humanidad, que supera la muerte y se abre al futuro de la Vida, que es la Resurrección de los muertos, que ha empezado a realizarse ya en Jesús.
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