Pastoral penitenciaria 1. Agentes y sentido (Las cárceles crecen en España)

1. La presencia de la Iglesia en las cárceles.
Siguiendo una larga tradición, la Curia Roma ha organizado sus trabajos a través de nueve congregaciones (Doctrina de la fe, Iglesias orientales, Culto y Sacramentos, Causas de los santos, Evangelización de los pueblos, Clero, Vida consagrada, Educación católica y Obispos), pero no hay entre ellas ninguna que se ocupe de los excluidos de la sociedad y, en particular, de los encarcelados. Ciertamente, el Papa Juan Pablo II en su Constitución Apostólica Pastor Bonus del 1988 quiso introducir unos servicios sociales, a través de unos organismos llamados Consejos Pontificios, que están dedicados a los siguientes temas: Laicos, Promoción de la Unidad de los cristianos, Familia, Agentes Sanitarios, Textos legislativos, Diálogo interreligioso, Cultura y Comunicaciones sociales. Entre esos Consejos hay tres que pueden y deben asumir, al menos indirectamente, el compromiso de la presencia eclesial al servicio de los encarcelados.
(1) El Consejo Justicia y Paz, debe "promover la justicia y la paz en el mundo, según el evangelio y la doctrina social de la Iglesia" (Pastor Bonus 142). Sin verdadera justicia "cristiana" no se puede liberar a los encarcelados.
(2) El Consejo Cor Unum (Un Corazón) refleja «la preocupación de la Iglesia católica hacia los necesitados», de manera que trabaja al servicio «de la beneficencia y el progreso» (Ibid 145, 146, 2). Entre esos necesitados están, sin duda, los presos, aunque el servicio cristiano verdadero no es obra de beneficencia (¡qué pena que se siga empleando ese lenguaje!), sino de justicia y evangelio.
(3) El Consejo para la Atención Espiritual de los Emigrantes e Itinerantes se ocupa de la ayuda espiritual que la Iglesia ha de ofrecer a los prófugos, exilados, emigrantes, nómadas, marinos y gentes que trabajan en el circo (Ibid 149-150). La función de esos tres Consejos Pontificios es muy positiva, pero todavía no existe en la Curia Romana ningún organismo encargado de unificar y animar el apostolado penitenciaria, como piden las mejores encíclicas sociales y de un modo especial los documentos que tratan de la Nueva Evangelización, desde la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI (1976) hasta la Redemptoris Missio de Juan Pablo II (1991). Muchos esperan que el Vaticano comience a buscar y trazar nuevas iniciativas en este campo.
2. Presencia de las iglesias particulares y de las parroquias.
A diferencia de la Curia Romana, hay muchas conferencias episcopales y diócesis que están un secretariado o comisión especial al servicio de los encarcelados, conforme a las circunstancias de cada lugar. Queremos insistir en este campo. Por identidad cristiana, las parroquias han de ser lugares o mejor comunidades donde se anuncia la palabra, se expresa el amor liberador de Jesús y se celebra el misterio (eucaristía), en apertura hacia los expulsados y marginados del entorno.
(1) Todas las parroquias han de colaborar de forma directa o indirecta en la pastoral carcelaria, en línea de presencia, acompañamiento personal, prevención y reinserción de los encarcelados, si fuere necesario. El primer compromiso de cada parroquia consiste en "crear familia": ofrecer casa humana a quienes no tienen casa, un hogar a los que se sienten faltos de hogar etc. Gran parte de los problemas de inadaptación y violencia se podrían evitar si las parroquias fueran casa abierta, hogar para aquellos que no tienen hogar sobre la tierra.
(2) Las parroquias donde existan encarcelados (o personas que se mueven en torno al mundo carcelario) han de mostrar un cuidado especial por ellos, en plano de servicio social (asistencial, liberador) y de evangelización (anuncio de la palabra, apertura hacia la posible fiesta cristiana etc.). Para resolver el problema carcelario, la primera tarea de las parroquias ha de ser la de crear un ámbito de fiesta, un espacio de gozo compartido donde se puedan superar y se superen gran parte de los problemas relacionados con la cárcel. Es necesario el pan y la cultura: que todos puedan sentirse acogidos, con un camino y lugar en el mundo. Pero más importante es aún la "fiesta", el gozo compartido de aquellos que saben irradiar su fe y su gozo a los que viven a su lado.
Pero, dicho eso, debemos añadir que las cárceles o lugares de prisión han de ser considerarlas como "casa central y el corazón" de la comunidad cristiana (parroquia o diócesis). Ciertamente, ellas son lugares de encerramiento y rechazo, en un plano social. Pero el creyente ha de verlas como centros donde se expresa de un modo peculiar el evangelio, lugares donde el mismo Cristo sufre y realiza su tarea redentora. La sociedad civil tiende a separar a los encarcelados, los expulsa de su espacio de comunicación. Pues bien, en contra de eso, la comunidad cristiana ha de tomar la cárcel como centro y meta de su cuidado afectivo, espiritual y liberador. Una parroquia y/o diócesis que considere la cárcel de su entorno como "casa extraña" (que no le pertenece) no es digna de llamarse cristiana.
3. ¿Parroquias penitenciarias? En ese contexto, algunos han hablado de parroquias penitenciarias, que asumirían en nombre del conjunto de la Iglesia, una labor que pertenece a todos los creyentes. Serían comunidades jurídicamente establecidas que atienden a los encarcelados y a sus familiares (¿y a los funcionarios de la cárcel?). Esta posibilidad ofrece valores, pero tiene muchos riesgos.
(1) Separa a los encarcelados del conjunto de la comunidad, tendiendo a tratarles como a cristianos especiales de segunda categoría. De esa manera la Iglesia asumiría los valores de la sociedad civil, que segrega a los encarcelados, en contra de lo que hemos dicho sobre la importancia y valor de los más pobres (encarcelados) en el conjunto de la comunidad cristiana.
(2) Separa al resto de los cristianos, impidiéndoles descubrir la riqueza evangélica de los encarcelados a la luz de Mt 25, 31-46; el resto de la comunidad podría quedar tranquilo, delegando este "trabajo" en las parroquias especializadas. Por eso, preferimos que la pastoral carcelaria quede integrada dentro del conjunto de las parroquias y diócesis. También los encarcelados son parroquia, pertenecen a la "casa" de la Iglesia, es decir, a la comunidad de los creyentes.
Los otros miembros de la sociedad les pueden expulsar o rechazar; los cristianos, en cambio, les admiten y valoran dentro de su casa (dentro del espacio de su fiesta y su solidaridad social), a partir de Jesucristo. Eso no impide que haya grupos especializados de tipo civil (como Amnistía Internacional) o cristiano (como la Orden Trinitaria) que tienen un compromiso especial a favor de los encarcelados (X. Pikaza, Dios preso. Teología y pastoral penitenciaria, Secretariado Trinitario, Salamanca 2005, 284-291).
Profundización ¿Las cárceles de Dios?
Dice la Biblia que Dios, a quien muchos toman como ausente, bajó hasta la prisión de Egipto (un lago de muerte), para acompañar a José, el hebreo, condenado por envidias y celos de los prepotentes (cf. Sab 10, 14). Dice también que acompañó a Daniel, a quien habían arrojado al foso de los leones, y a los tres jóvenes cantores, condenados al gran horno de fuego de la inmensa ciudad de Babilonia (cf. Dan 5, 8; 3, 14). Era un Dios presente, pero estaba presente como preso, en un mundo cautiva a los hombres, cautivando de esa forma a Dios.
Dios estaba preso, pero tenía voz para clamar y así clamó, con su mirada y testimonio, llamando a Moisés desde la cárcel de Egipto (Ex 1-3), llamando por Jesús a todos los encarcelados y diciendo: «He venido a liberar a todos los encarcelados» (cf. Lc 4, 18-19). Escuchando la voz de ese Dios preso y compañero de presos, a quien los poderes de este mundo encarcelaron y condenaron a muerte, se comprometen en su trabajo social y cristianos los agentes de la pastoral penitenciaria, poniendo de relieve la falta de sentido “cristiano” (es decir, liberador, redentor) de las cárceles antiguas y modernas, que son lagos, fosos y hornos donde se consume, pudre y quema la vida de aquellos que sobran para el equilibrio del sistema.
En tiempos antiguos (tiempos de José, Daniel o Cristo), las cárceles eran escasas, pues había otras formas de matar y reprimir, tanto en Egipto como en Babilonia o Roma. Pero en la actualidad se han multiplicado, pues nuestro sistema económico y social sólo puede mantenerse (y tener conciencia limpia) expulsando, encerrando y ocultando de forma "legal" a los peligrosos, disidentes y distintos. Pero ellos tienen una voz y he querido escucharla y presentarla en este libro: la voz del Dios preso. Así lo ha puesto de relieve un libro extraordinario, de J. RÍOS MARTÍN y P. J. CABRERA CABRERA, Mil voces presas, ICAI-ICADE, Universidad Pontificia de Comillas, Madrid 1998.
En esa línea podemos Las cárceles de Dios , recogiendo el sentido hebreo de esa expresión, que significa cárceles inmensas, cada vez más grandes, macro-cárceles, ciudades penitenciarias, que crecen sin cesar, como expresión del fracaso creciente de nuestras sociedades. Podemos hablar de las cárceles de Dios porque (según el texto de Mt 25, 31-46: “estuve en la cárcel…») Dios mismo Dios sufre, encadenado y prisionero, en aquellos a quienes la justicia encadena y apresa, como a Jesús, preso torturado y crucificado. Ciertamente, Dios pertenece a todos (sabios e ignorantes, madres de familia y solitarios, profetas y místicos...), pero se encuentra especialmente vinculados con los presos, sus compañeros queridos.
((Aludo al título de una novela de MIGUEL BETANZOS (nacido en Buenos Aires el 1962), que se llama Cárceles de Dios Sudamericana, Buenos Aires 2002 (EDHASA, Barcelona 2004), centrada en una cárcel de la Santa Inquisición de España, a finales del siglo XVI. Las cárceles de la inquisición se llamarían « cárceles de Dios», para distinguirse de las prisiones políticas o sociales del Estado o incluso de algunos movimientos sociales o políticos, que han creado sus propias cárceles y les han llamado a veces «cárceles del pueblo»)).
Desde ese fondo seguiré hablando de la Pastoral penitenciaria, es decir, del compromiso de los cristianos a favor de los encarcelados y, a través de ellos, a favor de todos, y en especial a favor de las víctimas a quienes los mismos encarcelados han podido dañar y muchas veces han dañado. Precisamente aquí, en un lugar de violencia muerte, han de ofrecer los cristianos el testimonio de su amor liberador.
Hablo de una Pastoral penitenciaria, de manea que las cárceles pueden entenderse como centros penitenciarios donde los presos (atrapados, oprimidos, encerrados) deben cumplir la penitencia o "pagar" por el mal que han cometido. Pero esa palabra (penitencia) puede y debe entenderse en un sentido más profundo, para indicar que el conjunto de la sociedad, y de una forma aún más intensa, la Iglesia de Jesús, debe cambiar (hacer penitencia) para acompañar a los presos, con el fin de que ellos se rehabiliten.
En esa línea, tanto como la "conversión" y cambio de los presos importa la conversión y cambio de los hombres libres (los no encarcelados) y de un modo especial la de aquellos que se dicen cristianos, es decir, portadores mesiánicos de libertad. Por eso, los verdaderos "centros penitenciales" (donde se hace penitencia para ayudar a los demás) no han de ser ya las cárceles, sino las iglesias (obispados y catedrales, conventos y parroquias, asociaciones y colectivos...) donde los fieles de Jesús preparan y celebran la liberación del Dios preso, comprometiéndose a buscar, con todos los hombres y mujeres que creen en la libertad, un mundo donde ya no sea necesario encarcelar a nadie, un mundo donde todos puedan vivir convertidos.
Que no haya un día cárceles: esa la utopía y el deseo de Jesús, según Lc 4, 18-19. Que en el momento actual podamos visitar a Dios visitando y ayudando a los encarcelados: ese es el deseo de Mt 25, 31. Eso no significa que dejemos en la calle sin más a los que quieren matar; eso no significa que abandonemos en la jungla de la vida a los psicópatas, asesinos o violadores… Eso no significa que abandonemos este mundo en manos de la violencia, sino todo lo contrario. La misma Mercedes Gallizo, responsable del sistema penitenciario en España, nos ha dicho ayer que existen alternativas a la cárcel. Entre esas alternativas se encuentra la labor de los voluntarios cristianos, de la que seguiremos tratando en los días próximos.
Apéndice: El tema de las cárceles en España
El País, 30, ix 08 (http://www.elpais.com/)
La secretaria general de Instituciones Penitenciarias, Mercedes Gallizo, ha dicho hoy que la tendencia al alza de la población reclusa "se está acelerando considerablemente" -hay 23.000 presos más que en 2000- y que se hace preciso pensar en una ampliación del plan de construcción de centros penitenciario. En su comparecencia en la comisión de Interior del Congreso, Gallizo ha asegurado que en los nueve primeros meses de este año la población reclusa se ha incrementado un 7,2%, con 4.514 internos más, lo que supone un aumento superior al registrado en todo 2007.
La responsable de Prisiones ha concretado con datos y porcentajes esta "tendencia al alza": de 2000 a 2008, el número de personas en régimen de privación de libertad ha pasado de 39.013 a 62.239, es decir, 23.226 más, lo que significa un incremento de más del 60% en ocho años.
Once centros para la presente legislatura
Estas cifras hacen pensar a Gallizo que el "esfuerzo" que hace el Gobierno puede "no ser suficiente" para absorber el impacto de las modificaciones legislativas que se están desarrollando, y que si sigue esta tendencia se tendrá que acometer una ampliación del plan de creación de centros penitenciarios 2005-2012, para incrementar tanto las celdas del régimen ordinario como las del abierto. Una parte de ese plan ya se ha realizado -se han construido cuatro prisiones, entre otros centros-, y continuará durante esta legislatura, en la que se prevé que se edifiquen once centros en Andalucía, Menorca, Gran Canaria, Fuerteventura, Soria, Ceuta, Murcia, Navarra, Comunidad Valenciana, Alava y San Sebastián, lo que supondrá un total de 8.966 nuevas celdas.
Penas alternativas
También por este motivo, Gallizo ha dicho que "parece imprescindible hacer una reflexión sobre la razonabilidad del incremento del recurso a la prisión, en particular en las penas de corta duración y para las personas que han cometido un único delito". La responsable de Instituciones Penitenciarias ha manifestado además que le preocupa que "no siempre se valore el impacto que la privación de libertad ejerce sobre las personas y que puede actuar a veces como elemento de desocialización de personas que han cometido un único y primer delito". Frente a esto, apuntó que estas personas pueden ser controladas mediante procedimientos telemáticos o cumplir penas de trabajos sociales.
En la actualidad hay en España setenta prisiones, quince Centros de Inserción Social (CIS), diez establecimientos para internos en régimen abierto y 46 Unidades de Custodia Hospitalaria, que suman entre todos 46.040 celdas.