Como si no existiese Dios (J. L. Herrero del Pozo)

Como si Dios no existiera… significa asumir el mundo como creación, es decir, como realidad autónoma. No podemos probar que existe Dios empleando para ellos los métodos de la ciencia, porque Dios es más grande que la ciencia. Un Dios que pudiera probarse no sería divina. Y sin embargo Dios es lo más real que existe. Nos sigue ofreciendo su palabra Juan Luis Herrero, en su libro Religión sin Magia, Almendro, Córdoba 2007, págs. 147-152


Dios es,

sin duda, la urdimbre del cosmos, la fuerza dinámica que lo empuja
hacia adelante, la luz que alumbra toda luz, el espíritu que anima
todo espíritu, la Diosa Madre que porta eternamente en su tibio
80 Ya veremos lo que se puede pensar del concepto religioso de revelación, comofuente de conocimiento. En nuestra tesis sólo admite ser entendida como una experienciareligiosa natural de la mente humana.
Dios, “el más íntimo de mi ser profundo” seno el universo mundo, el Amor que estalla en galaxias infinitas y en millones de ternuras humanas de escalofriante entrega, la gallinita que cobija celosamente bajo sus alas los inquietos polluelos, el TÚ que da consistencia de diálogo al YO más modesto de cada uno. . .

Sí,todo esto es Dios...¡pero no se le nota!

Nada, ni un ápice de realidad,
ni un atisbo de novedad ocurre en ningún espacio intergaláctico,
en ningún rincón del corazón humano que, por naturalmente
inexplicable, deba ser atribuido a Dios. Más bien, al contrario, el
mal y el sufrimiento nos abruman ¿Quién no vivió con el corazón
encogido por la desmesurada e imponderable tragedia del maremoto
en el océano índico? ¿Dónde te escondes, Dios? ¡Nadie responde!
¿A qué andas jugando con nosotros, desvalidos hijos de mujer? ¡No
entendemos tus bromas, Dios! Realizas algún que otro milagrito que
las Hermanitas de no sé qué instituto necesitan para canonizar a
su venerable fundadora y dejas llorar a miles de madres la pérdida
de sus hijos y a media humanidad explotada por la otra media ¿No
merecería esto último algún milagro más serio? ¿Dónde te escondes,
Dios? ¡nadie responde!

Reconozcamos los creyentes que no les falta razón a los que no lo
son.
Y les asiste no poca cuando nos juzgan demasiado primarios e
infantiles a estas alturas del avance del espíritu crítico y del simple
sentido común. La insidiosa carcoma de la magia ha llegado hasta
el último rincón de nuestros viejos patrones religiosos de creencias
y comportamientos y andamos por ahí viendo a Dios por todas las
esquinas, ¡Flaco servicio hacemos a la religión!
Es esencial al espíritu religioso adulto tomarnos en serio que
Dios está ausente, que el Dios de la magia ha muerto.
Que no nos
va a sacar de ningún atolladero, ni va a impedir los seísmos, ni va a
enviar la lluvia, ni la oración nos va a preservar de un accidente de
tráfico, ni nos va a ayudar en un examen, ni nos va a iluminar en
ninguna vocación (de casado, soltero o religioso), ni va a dar agua y
pan al Tercer Mundo. Todo eso es pura magia y la imagen de Dios
perdura, en este ámbito de cosas, tan distorsionada como en tiempo
de los homínidos.

En una palabra, Dios no interviene en el curso natural de los
acontecimientos.


Éstos son autónomos, se desarrollan según sus reglas
o por la libre acción humana. Éste es el espacio de la responsabilidad
de la que, con harta frecuencia, nos hemos zafado escudando
en Dios nuestra pereza. Aquí estamos solos, irremediablemente
solos, en pleno desierto o a la intemperie. El concepto cristiano de
providencia o, de modo nada diferente, el “está escrito” del mundo
islámico es una perversión del concepto de Dios o de la idea de su
amor que deriva fácilmente en atonía y fatalismo. ¿Qué aspecto de
verdad queda en la noción de providencia? Que Dios es interior al
cosmos y funge como espíritu impulsor, desde el núcleo inicial del
big-bang, hacia la plenitud de todas las cosas. Y, al darse sin medida,
es origen del mejor de los mundos posibles, por cuanto de Dios
depende. Supuesto que el Don es total, por lo que de Dios depende,
cualquier limitación se debe a la negatividad inherente a lo creado.
Y aquí, sin duda, todos andamos a oscuras, físicos y metafísicos.

Con ello estamos diciendo que cualquier variación, defecto o
bondad, progreso o retroceso, no es resultado de alguna nueva y
directa disposición o intervención divina, sino efecto de la enigmática
maleabilidad de la naturaleza y de la libertad que se despliega
y acoge o se resiste y se cierra. Poco más se puede decir. Y qué duda
cabe que tal dialéctica entre Presencia y Ausencia se vive en tensión
permanente, una tensión existencial a cuyo equilibrio sirve y ayuda
la serenidad psicológica y espiritual que es parte de la capacidad
humana positiva mediante procesos y técnicas variados de cualquier
cultura.
Cualquier creyente adulto en la fe hace la experiencia de esta
tensión conforme a intensidades diversas de la Presencia y la Ausencia.
Hay etapas y momentos de mayor presencia, tiempos de
consolación, que sólo proceden de Dios indirectamente, a través de
los complejos mecanismos de la psicología humana, a su vez tan
dependiente del entorno. Dar por ello gracias a Dios es oración legítima,
Es la forma humana, sencilla y humilde, de reconocerle como
la fuente de todo bien-

Todo es gracia”, aseguraba Bernanos. Pero
nada es ‘gracia’ al margen de la ‘naturaleza’ o por encima de ella.


No existe sobrenatural por encima de lo natural.
De forma que la consolación
seguirá siendo todo lo ambivalente que es lo humano. Un
biólogo dirá que es movimiento de neuronas y que se puede medir
y no le faltará razón. Un psiquiatra explicará los estigmas, úlceras
en las manos o los pies de ciertos personajes, desde factores de hipnosis
o sugestión. Y harto insensato es el promotor de una causa de
canonización si no considera que, desconocidos los enigmas de las
posibilidades naturales, nunca podrá asegurar que no hay explicación
natural para un fenómeno concreto.
Parecido tratamiento merece el tiempo espiritual llamado desolación
o, incluso, la noche oscura del alma. Por descontado, quien vive
la superficie de la realidad personal sin ninguna intensidad espiritual
o se limita a una religiosidad de prácticas rutinarias desconoce
tanto la consolación como la desolación, estados que pertenecen a
la experiencia propiamente espiritual. En ésta, la presencia de Dios
es la propia conciencia como crisol del comportamiento humano.
La conciencia es vida que crece y se afina, que orienta y reconduce
la opción fundamental, sanea los más escondidos rincones del corazón
y lo empuja sin cesar hacia cotas más altas y clarividentes de
honestidad en todos los campos de la existencia. Queda, de entrada,
excluido cualquier pacto con la mediocridad de vida. La presencia
de Dios actúa como una llama que quema la escoria e inflama el
anhelo de felicidad. El espíritu se hace consciente de la conexión
entre Dios y la alegría de vivir, en constante progreso, aunque sin
complaciente narcisismo. Consciencia gozosa de la acción de Dios
sería la descripción del estado de consolación.

No es Dios quien varía su don

esu repercusión psicológica en la conciencia (aquel “caer en la cuenta”) la que la inunda de gozo.
Pero los estados psicológicos son inestables y variables.
Por diferentes causas llega un momento en que su
campo de percepción es anegado por toda esa escoria restante que
salta a primer plano. Y el “caer en la cuenta” de Dios parece que
entra en zona de niebla. Correlativamente, la escoria parece encenderse
y quemar más en el alma. Ésta lo vive como dolorosa ausencia.
“¿Dónde te escondiste, amado?”, se quejaba Juan de la Cruz.
“Padre ¿por qué me has abandonado?”. se lamentaba amargamente
Jesús, hundido en un abismo de sufrimiento y fracaso, quién sabe
si dudando de su fidelidad o, al menos, de su acierto en la forma de
anunciar e instaurar el Reino. Si las palabras de Juan y, más aún, las
de Jesús hubieran sido no la expresión del dolor, sino del desamor
de Dios, habrían sido blasfemas, habrían constituido la negación
del salto a la trascendencia de la fe. Pero en el caso de la noche oscura
manifiestan una radical purificación interior. Los momentos de
desolación son tan fecundos como cualesquiera otros. Nada tienen
que ver con la depresión, fruto de un desajuste fisiológico o de una
mala gestión de los avatares de la vida. Ningún creyente de relativa
afinada espiritualidad está al abrigo de la desolación y, dado que
no existe punto de referencia y comparación con el secreto interior
de otros, la persona no sabe discernir su experiencia como simple
desolación o bien como oscura ‘noche interior’. Cosa, por lo demás,
de importancia menor.

No debemos creer que la experiencia de la ausencia de Dios se
limita a períodos episódicos de desolación.


En buena medida forma la trama de la vida, sobre todo cuando se ha superado el pensamiento mágico, logro que tal vez no abunda.
“¿Por qué me ha mandado Dios esta desgracia?”, “hasta mañana, si Dios quiere”, “Dios te ha castigado”. . .
ésta y otras mil quejas parecidas salpican el lenguaje
popular carcomido hasta los tuétanos por la magia. Los representantes
oficiales de la Iglesia siguen haciendo rogativas, augurando
buenas cosechas, ganado saludable y exitoso negocio con bendiciones
de todo tipo; están convencidos de que Dios va a intervenir
con un milagro más o menos ostentoso, requisito indispensable,
como sabemos, para declarar santo a un cristiano. Si están realmente
convencidos de todo esto ¿cómo no blasfeman en su corazón,
a ejemplo de Job, cuando Dios no evita las horrorosas catástrofes
naturales que, de vez en cuando, asolan el planeta? Esta imagen de
Dios es aborrecible. Que no añadan, por favor, más abominación a
lo abominable de los ‘misterios insondables’, palabrería con que los
jerarcas disfrazan su pensamiento religioso mágico de burda y estúpida
doctrina. Estupidez que provoca tantos ateísmos: ¿cómo puede
creer un espíritu sensato en un Dios malabarista o mago de circo?
Dios no juega a los dados. Estamos irremediablemente a merced
de lo positivo y lo negativo de la evolución cósmica y remitidos a
nuestra exclusiva responsabilidad en todo cuanto de la humana voluntad
depende. En la vivencia de este polo doloroso de la dialéctica,
el creyente no goza de ningún privilegio sobre el agnóstico. Ambos
están solos -y debieran darse la mano- para construir la historia
“como si Dios no existiese”. A decir verdad y siendo sincero, cuanto
más caigo en la cuenta del Dios tan escondido en la trama del ser
que parece ausente, “más íntimo que mi más escondida intimidad”
(interior intimo meo) mejor entiendo y más empatizo con tantos
agnósticos que afrontan con valentía y honradez el “como si Dios
no existiese”. La sensación de intemperie, la soledad y abandono que
se acrecientan con la eliminación de la magia me descubren que
Dios está más allá de nuestros ídolos y que es muy triste pronunciar
el nombre de Dios en vano. Por su parte, en el diálogo con amigos
agnósticos, algunos manifiestan añorar a algún Dios cercano. Dado
que estamos en un ámbito de vivencias tan incomunicables, en tales
casos opto por el silencio respetuoso. Lo único que arguyo en alguna
ocasión es que, para mí, la fe es la esperanza tercamente activa que
me impide arrojar la toalla cuando faltan razones para esperar. Si
con alguno de ellos se da el caso de una conversación más dilatada,
me atrevo a sugerir que para quien “cae en la cuenta” de que Dios
está ahí, pese a todo, en la espesura y la niebla del dolor humano, de
las catástrofes de la naturaleza, del error y hasta de la maldad. . . todo
adquiere una posibilidad de sentido, una confianza en que existe
salvación.
Por todo lo que va dicho, no es difícil advertir que la supresión
del pensamiento mágico no sólo reestructura el pensamiento religioso
en general, sino que transforma el enfoque de la existencia entera
del creyente. No se trata, pues, de cambios cosméticos, de reformas
menores, sino de una metamorfosis radical de la vida creyente que,
sin dejar de serlo, se abre a la comprensión y sintonía con todos
aquellos, los más numerosos, que, sin conciencia explícita de haber
dado el salto a la trascendencia, la viven en la honestidad de vida y,
sobre todo, en la apuesta por una humanidad más feliz. Al menos,
desde la creencia, ésta es una perspectiva legítima sin dejar de ser
respetuosa de cualquier otra.
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