Ayuntamiento de Madrid: entre túneles y obras... un dispensario

Una de las mayores satisfacciones que he tenido últimamente es ver en pie la ampliación de nuestro dispensario en la parroquia de Minakulu (Uganda), donde he trabajado desde el año 2000. Hoy me gustaría contarles las tribulaciones por las que hemos pasado para que 50.000 personas, casi todas ellas desplazadas por la guerra, tengan un servicio médico de calidad en el bosque africano.
Cuando el arzobispo de Gulu me mandó a Minakulu, en Noviembre del 2000, llegué un sábado por la tarde después de hacerme 30 kilómetros en bicicleta. Un cartel de madera que colgaba de un palo rezaba: "St. Joseph's dispensary. Atención primaria. Consultas antenatales. Dentista. Cirugía maxilofacial".
La casa parroquial estaba medio derruida. La iglesia, sin bancos, olía a murciélago, y del pomposamente anunciado dispensario sólo quedaba el cartel que yo había visto. Por lo demás, había dejado de funcionar hacía varios meses. Así son las guerras, que convierten sus escenarios en lugares tristes y abandonados.
Pero son las personas, y no los paisajes ni los edificios, las que hacen que los lugares sean bonitos, no al revés. En Minakulu me encontré con personas machacadas por la guerra, sí, pero dispuestos a unirse y a trabajar. Empezamos en el 2001 con una casita como dispensario en la que trabajaba un enfermero. Recibíamos medicinas del distrito de Gulu, pero pronto nos vimos desbordados por las más de 100 consultas diarias.
En 2003 una ONG italiana nos dio 10.000 euros, con los que pudimos construir un edificio más grande y vallarlo. “Acción Contra el Hambre” nos hizo un pozo. Poco más tarde la “Comunidad Papa Juan XXIII”, de Rímini (Italia) nos dio más fondos con los que pudimos contratar a una enfermera diplomada y dos auxiliares de

Un día de junio del 2005 recibí una llamada del Ayuntamiento de Madrid (concejalía de asuntos sociales) en la que una señora muy amable me decía que habían oído hablar de mí y del trabajo que realizaba en el norte de Uganda y me ofrecían financiación para un proyecto de ayuda a víctimas de guerra. Nos reunimos con el comité de gestión y presentamos lo que entonces nos parecía un sueño: necesitaríamos un laboratorio, una consulta antenatal, una sala de observación, oficina, sala para el personal, una casa para voluntarios que vengan a ayudarnos y ora para el técnico de laboratorio y claro, una ambulancia para llevar los casos más graves al hospital.
Entonces nos parecía un sueño, pero en Marzo del 2006 la concejala Ana Botella ponía su firma al proyecto que presentamos y al mes siguiente empezaban las obras, realizadas por una mini-empresa constructora gestionada por los misioneros combonianos en Gulu. Las obras dieron trabajo a más de 25 personas del vecino campo de desplazados. En junio del mismo año D. Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, ordenaba la transferencia de 78.000 euros y las obras marcharon viento en popa.
Nuestro amigos de la asociación África Directo, en Madrid, se encargaron de canalizar los fondos y realizar una parte importante del trabajo administrativo. El pasado 19 de febrero, José María Márquez, presidente de África Directo, inauguraba los nuevos edificios. Y qué contenta estaba la gente que acudió. Los pobres lo han pasado tan mal estos años de guerra que agradecen de corazón que alguien haga algo serio por ellos.
Estos días estoy revisando las cuentas y encargando una auditoria. Que ya me dice mi madre que no quite ojo del dinero, “que mira tú, hijo mío, lo que ha pasado en Marbella y no se puede uno fiar.”
Todos los días, los enfermeros Mark, Maurice, Dorcus, Pauline, Collin y Stella, abren el dispensario a las 8.30 de la mañana y allí están

Nunca parecen cansados. Siempre trabajan con alegría. Y es que ya digo que son las personas las que hacen que un lugar sea hermoso, por muy triste y dejado que parezca al principio.
Nuestro agradecimiento más profundo al ayuntamiento de Madrid. Si entre túnel y túnel les sobra algo para ayudarnos en África, pues bienvenido sea.
Les aseguro que a partir de ahora mi Madrid natal me parecerá aún más bonito, sabiendo que dinero de su ayuntamiento ha dado esperanza a 50.000 personas en el África donde vivo.