Resaca de S. Valentín: Amor puro 100% en medio de la guerra

(AE)
Me imagino que en estos días muchos de los que lean este blog habrán sido

sistemáticamente bombardeados por artículos, historias y melifluas fotos para acompañar la fiesta de S. Valentín (y para alentar las compras, por si no se han dado cuenta ya). Pero no es a esto a lo que iba el blog de hoy. Después de haber leído en revistas y publicaciones infinitas historias de fidelidad, traición, celos, romance… creo que estarán también de resaca romántica y emocional. Por eso quisiera hoy traer a colación una historia dura, tan real como la vida misma en África, una historia que no es de relaciones de pareja ni habla de dos siluetas con manos entrelazadas con trasfondo de puesta de sol, pero que para mí representa “el amor en estado puro” como diría Aznavour en una de sus canciones. Espero que les guste.

Nos retraemos en el tiempo a un pueblo del Sur de Sudán, en el año 2001. Este pueblo fue atacado por unos grupos rebeldes que pronto tomaron toda la región. Parte de la población huyó, parte consiguió ocultarse en el bosque y en sus campos y a los pocos días, cuando la normalidad había vuelto, volvieron a aparecer y a hacer su vida normal. Después de esa ignominiosa derrota, el ejército gubernamental se organizó para poder reaccionar militarmente, y a los dos o tres meses comenzaron la reconquista de la zona perdida.

Las personas que originariamente se habían quedado en el pueblo decidieron huir antes que llegaran los soldados ya que si se descubría que se que habían quedado después del primer ataque se les acusaría de colaborar activamente con la guerrilla y posiblemente se les mataría sin demasiadas contemplaciones. Por eso, miles de personas (podrían ser más de 12000), comenzaron un éxodo rumbo Suroeste, buscando una zona mucho más segura en la cual pudieran establecerse hasta que volviera la paz a esa zona.

Entre estas personas estaba Martino, un joven hombre que no estaba casado y tenía como única familia su madre, ya muy mayor. Martino sopesó mucho qué era lo que tenía que hacer. Por un lado la madre apenas podía caminar, por lo cual ir a cualquier sitio con ella supondría un esfuerzo titánico además de hacerlo también a un ritmo extremadamente lento. El dejarla atrás era equivalente a condenarla a una muerte lenta de hambre o de sed, o incluso exponerla a la venganza de los que vinieran a reconquistar el territorio. Todo un dilema con muchos inconvenientes en cada opción.

La gente comenzó a caminar buscando el lugar donde establecerse, el cual se determinó que iba a ser un pequeño poblado a casi 400 Km. de distancia. Martino, cuando vio que la gente tomaba sus pertenencias, sus familias y comenzaba a caminar no lo dudó… decidió que llevaría a su madre a cuestas todo el tiempo que hiciera falta. El segundo problema es que también el hombre hizo un petate con las pocas cosas que pudo tomar de su casa y era prácticamente imposible llevar a su madre y al petate al mismo tiempo.

Como si fuera un nuevo Sísifo condenado a subir la bola al lo alto de una montaña que siempre e irremediablemente volvía a devolverla al valle… Martino comenzó su periplo a un ritmo que se repetía inexorablemente:
- llevar a la madre por 1 – 2 Km.
- dejarla debajo de un árbol
- volver los 1 – 2 Km. a pie hasta el lugar desde donde había tomado a la madre
- recoger el petate y llevarlo adonde estaba la madre
- dejar el petate
- coger a su madre para el próximo tramo

La gente le vio haciendo este esfuerzo sobrehumano, pero ya cada familia estaba al borde de sus posibilidades físicas y no había manera humana de ayudarle en la tarea de transportar su carga. Era una situación límite y en esos momentos también la supervivencia te enseña a medir las fuerzas. Tuvieron que cruzar 90 cauces de agua, entre arroyos y ríos. Cuando me lo contaban, me lo decían con orgullo… “llegamos a cruzar ríos inmensos, pero nadie se ahogó porque nos organizamos con botes improvisados y cuerdas y nadie, ni un niño ni una persona mayor, pereció ahogada en aquellas corrientes”. Así de duro era aquel largo éxodo buscando algo de seguridad.

Mientras la mayoría de los que iban en aquel grupo hacían el recorrido diario una vez, Martino hacía el mismo recorrido cuatro veces. Cada kilómetro se convertía en cuatro, y los 400 Km. se convirtieron en 1.200 Km. Por eso, cuando hacia el final de aquella travesía pasaron por un camino y vieron a un camión cuyo conductor se ofreció a llevar a algunos, la gente unánimemente decidió que el primero en beneficiarse de ese ansiado transporte sería Martino y su madre.

Martino llegó a su destino, 400 Km. al Suroeste de su punto de partida. Su madre y su petate llegaron con él, sanos y salvos.

El nombre de Martino no aparecerá en el Libro Guinness de los records, ningún gobierno le dará una medalla, no le invitarán a ningún programa estelar de televisión para que hable de su experiencia. Para mí, es un ejemplo vivo de amor y entrega y como tal quisiera hacerle este pequeño homenaje desde este rincón del ciberespacio... un homenaje demasiado pequeño para la dimensión de su hazaña, la cual indudablemente está escrita con letras de oro en el imaginario libro de la bondad humana.
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