(JCR)
Hacía tres años que no visitaba el hospital de Kitgum , situado en el norte de Uganda, y en cuanto puse el pie en el recinto me invadió una sensación de optimismo que desde hacía mucho tiempo no había sentido. Lo primero que me llamó la atención en esta ocasión fue que se veían muchos menos pacientes. En la unidad de nutrición infantil,
donde hace apenas dos años no bajaban de 130 casos de niños con desnutrición seria, en esta ocasión sólo tenían 16. Y si por las mismas fechas morían unas dos personas al día como consecuencia del SIDA, ahora apenas tienen una defunción a la semana por la misma causa. La causa de estas y otras muchas mejoras tan repentinas se llama paz. Viendo y oyendo esto me acordé de lo que repetía tanto Juan Pablo II (aunque si no me equivoco, lo frase es de Pío XII), que “con la paz todo se gana y con la guerra todo se pierde”.
Pasé nueve años de mi vida (de 1991 a 2000) en la misión católica de Kitgum y hasta 2006 frecuenté el lugar a menudo por cuestiones de trabajo. Como digo, en 2006 tuve ocasión de realizar una visita bastante detenida al hospital cuando acompañé a cuatro amigos de la Fundación Manuel Grau. Esta asociación, con sede social en la Comunidad Valenciana, lleva el nombre de un misionero comboniano, sacerdote y médico, que entregó doce años de su vida en este hospital y posteriormente trabajó en otros países como Chad y la República Democrática del Congo para terminar sus días muriendo en Uganda. En Kitgum está su tumba a la salida de la iglesia. Sus familiares y amigos comenzaron en el año 2000 esta iniciativa para apoyar el hospital por el que el padre Grau (Manolo, como le llamábamos todos) tanto luchó.
En 2006 la guerra del norte de Uganda, que duraba ya 20 años, había desplazado a la mayor parte de la población rural y en la ciudad de Kitgum y alrededores había decenas de miles de personas desplazadas que vivían hacinadas en condiciones infrahumanas. Para todos ellos el hospital de la misión era un punto de referencia obligado, hasta el punto de que los varios cientos de personas que acudían todos los días a su servicio de consultas externas desbordaban sus capacidades. Por si fuera poco, hacía ya varios años que todas las noches acudían al menos 3.000 niños a dormir en el recinto del hospital, donde se sentían algo más seguros y podían escapar de las incursiones nocturnas de la guerrilla en su búsqueda por jóvenes reclutas a la fuerza. Esta enorme presión de miles de personas con problemas de salud serios, junto con los problemas de suministro inherentes a una institución que lucha por prestar sus servicios en una zona insegura, probaron duramente al hospital de Kitgum.
Pero durante los últimos dos años la situación ha mejorado enormemente, fruto de las conversaciones de paz entre la guerrilla del LRA y el gobierno ugandés. Aunque no se llegó a firmar un acuerdo final de paz y el LRA sigue activo –aunque no en territorio ugandés, sino en el noreste de la vecina República Democrática del Congo- el hecho de que se firmara un alto el fuego y que los rebeldes se retiraran de la zona ha empezado a reportar beneficios que saltan a la vista. La gran mayoría de las personas desplazadas han vuelto a sus aldeas, con lo que cuando tienen un problema de salud ahora pueden acudir a centros sanitarios más cercanos a sus hogares. Y al no existir ya problemas de inseguridad, ya no acuden niños a dormir al hospital por las noches. De esta forma, el hospital de Kitgum puede por fin empezar a dedicarse a ejercer el papel propio de un centro de estas características: dedicarse a los casos más graves y realizar un seguimiento de otros centros de salud rurales situados a no muchos kilómetros.
Los que hemos vivido durante mucho tiempo en zonas de guerra sabemos que uno de los grandes cambios que trae la paz es la libertad de movimientos. Atrás quedaron los días en que la ciudad de Kitgum estaba aislada, escaseaba la comida y el combustible, y apenas se podía salir en un convoy con escolta militar una vez al día y siempre con peligro de caer en alguna emboscada del LRA. Ahora la libertad de circulación quiere decir que los dos camiones del hospital pueden transportar regularmente medicamentos y materiales necesarios para el mantenimiento de sus instalaciones. Además, algunos estudiantes de medicina de varias universidades del país son enviados aquí para realizar sus prácticas, y ya no resulta una misión imposible convencer a médicos ugandeses que Kitgum es un buen sitio donde trabajar.
Todos estos cambios ha repercutido positivamente en la moral de su personal, que realiza su trabajo con más serenidad. Muchos de sus médicos y enfermeros/as han realizado una labor verdaderamente heroica al haber permanecido en sus puestos de trabajo al servicio de la gente más necesitada durante años muy difíciles. Naturalmente, también hay retos nuevos a los que el personal del hospital tiene que enfrentarse, y uno de ellos es recibir una gran cantidad de pacientes del vecino Sudán (la frontera está sólo a unos 40 kilómetros de Kitgum). Allí hay paz desde 2005, aunque también una enorme carencia de los servicios de salud más básicos. Cada día hay más pacientes sudaneses que acuden al hospital de la misión de Kitgum, y muchos de ellos sufren de enfermedades que en la vecina Uganda hace ya varios años que se consideraban prácticamente erradicadas.
En esta última visita a Kitgum aprendí que los males que trae la guerra son incontables, pero que afortunadamente los beneficios generados por la paz son muchos más. Ojalá nadie se los vuelva a arrebatar.