Comer a Dios se llama “eucaristía”.

Si hay algo que rezuma superstición, hechicería, fetichismo o magia y que hunde sus raíces en los más recónditos ritos  del más recóndito pasado de la humanidad crédula es lo que la Iglesia Católica ha instituido como sacramento, la Eucaristía, con una fiesta anual que lo proclama, el Corpus Christi, este año el domingo 22 de junio, inicio del verano. Era una de las tres fiestas que se celebraban en jueves que, según decían, relucían más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y Ascensión, lógicamente con descanso laboral.

El Corpus es la gran fiesta de la Eucaristía, la fiesta de la Gran Comida, del Gran Manjar, como dicen los cantos de este día. Pero lo que implica es demasiado fuerte, porque el manjar es Dios mismo. Si se dice “Teofagia” suena más civilizado que la vulgaridad de “comer a Dios”. Más que nada porque el término "teofagia" es producto de la cultura para sublimar un hecho que espanta al más pintado. Ninguna persona que se precie de racional y civilizada admitirá tal cosa si no es en un único sentido, el simbólico o metafórico.

Lo expresen como lo expresen, todas las culturas han creado este “mitologema”, aunque  posiblemente la más audaz de todas sea la cultura cristiana, que ha creado todo un corpus  doctrinal de impresionante contenido.  ¡Cómo no ver reminiscencias de culturas primitivas en el rito católico!

Ha sido la teología cristiana, esa que comienza con Pablo de Tarso, la que, en grados cada vez más osados, ha tenido la temeridad de, primero, hacer hombre a todo un Dios; de decir que perdió la vida para salvar la de los hombres, algo de todo punto incomprensible, por no decir irracional;  a continuación,  el summum del desbarajuste mental: lo ha encerrado, sí, encerrado,  en un prensado de harina y agua con forma de “forma” al conjuro de un sortilegio pronunciado por humanos. Tal poder de romper las leyes de la naturaleza se lo han auto concedido a sí mismos determinados personajes sagrados. Así pueden realizar ese cambio de sustancias cuando les peta.

Lo dicho es otra forma de ver las cosas, desde luego, de manera más simple y resumida, pero ésa es la esencia del asunto, el que los hombres pueden comer a Dios. Recubrir todo eso con hojarasca de palabras, miles, millones de palabras, y con gruesos libros de encumbrada y supuesta teología, no hace otra cosa que ocultar lo que con sencillas palabras puede decir el fiel más humilde: los hombres encierran a Dios para comérselo. ¿Mitología? ¿Psicoanálisis? De todo un poco.

Un añadido igual de tremebundo es que han convencido a millones de personas, muchos, muchísimos, para que crean, y así lo creen,  que todo eso es verdad. Creen lo que les dicen, confían en la palabra de supuestamente encumbrados personajes… Mientras, las confesiones protestantes sólo admiten el “haced esto en conmemoración mía” como un recuerdo. Mientras otros rituales mistéricos celebraban la teofagia como un mero símbolo, la Iglesia católica, cuando habla de “consagrar”, está hablando de realidad: el pan y el vino, por lo que llaman transustanciación, se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Mutación radical, “fenómeno”, hecho, suceso, acontecimiento --¿en qué categoría encuadrar la transustanciación? Lo más “probable” es que sea algo inventado, puramente inventado.

¿Se cree esto porque lo afirma “dogmáticamente” una institución honorable, la Iglesia Católica? ¿Cómo una mente normal puede aceptar algo que supera todos los límites de la razón y que, rememorando lo que en los Evangelios se dice, ese fundamento evangélico puede servir para una cosa y su contraria? A quienes tienen capacidad para pensar algo ¿no les dice  nada por qué determinadas ramas del cristianismo dicen otra cosa bien distinta a lo que la Iglesia afirma?

Tampoco se olvide que “eso” de la transustanciación, que es dogma fundamental en la Iglesia, no se admitió o definió como tal hasta muchos siglos después de nacido el cristianismo. Fue en el Concilio de Trento, dieciséis siglos después de Cristo, cuando se definió la doctrina a creer aunque, dicen, tal doctrina ya era creencia admitida en el siglo IV.

No fue fácil su definición en Trento y tuvo sus consecuencias. Necesitó muchas sesiones conciliares; supuso centenares de libros, a favor y en contra; generó herejías, cismas y disensiones en el seno de la Iglesia; supuso, y esto es más grave, la persecución e incluso muerte de muchos miles de personas…

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